Corazón de Melón, juego de amor y de citas


[I] 「LĐИG」 — 【Domando la Locura】 — 「Cap. 69」

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El 21/04/2012 - #1 

 

ESTA OBRA ESTA OFICIALMENTE REGISTRADA RESERVANDOME TODOS LOS DERECHOS
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¡Pues bienvenida seas, de todas a todas! Como se puede percibir, sobre esta historia pesan ya muchos meses, muchas páginas y muchos sucesos en ellas, por no hablar de todo lo acontecido en el exterior del foro, por lo que me dispongo a dejaros algunas pequeñas indicaciones:

➜ Esta historia es mayormente psicológica, y por lo tanto, de desarrollo lento, por lo que encontraréis un avance de los eventos bastante pausado de cuando en cuando.
➜ Más allá del fin de entretener, esta futura saga está creada especialmente para transmitir unos mensajes de fondo a largo plazo. Pongo toda mi alma en ello, por lo que confío en que comprendáis los extremos que pueden alcanzar algunos personajes.
➜ El auténtico auge de la trama no ocurre hasta más avanzado todo, así que puedes considerar las dos primeras temporadas como la antesala a lo bueno de verdad.
➜ Dado que tengo intención de publicar esta historia de forma oficial, hallaréis que los personajes del juego están ligeramente cambiados en algunos aspectos, pero sin dejar de ser ellos en esencia.
➜ Cada temporada tiene un móvil distinto, el cuál vendrá explicado a modo de breve introducción en el propio cajón del spoiler. No obstante, todos están relacionados y buscan desembocar en un punto común que iréis descubriendo por vuestra propia cuenta.
➜ Inicié la escritura de esta historia sin experiencia alguna en el campo, o tan siquiera en la lectura, por lo que no garantizo una gran calidad en los primeros capítulos, los cuales están siendo reescritos en el blog indicado. Podéis pedírmelo si lo deseáis.
➜ Me gusta mucho estar en contacto con mis lectoras de modo informal. Podéis tratarme como una amiga, que yo haré lo mismo, mas por mi condición de moderadora es posible que pierda vuestros MPs, por lo que es enteramente mejor que establezcáis contacto conmigo por mis redes sociales. Amaré que lo hagáis.
➜ Disfrutad, ante todo eso, y compartid conmigo vuestras impresiones. Sois el motor de este barco, y todo lo que avance esta historia os lo deberé a vosotras.


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A continuación, os presento el tablón donde iré colgando los últimos cambios hechos en este fic, para las que no tengáis tiempo de poneros al día a base de comentarios

19/01/14 - Publicado: Capítulo 69
28/12/13 - Actualizaciones: Ofrendas de Navidad
16/12/13 - Publicado: Capítulo 68
01/12/13 - Aviso: Comunicado importante y feliz
01/11/13 - Publicado: Capítulo de Halloween
17/08/13 - Publicado: Capítulo 67
22/07/13 - Publicado: Capítulo Especial 5
13/07/13 - Publicado: Capítulo 66
01/07/13 - Publicado: Capítulo 65
15/06/13 - Publicado: Capítulo 64
15/05/13 - Publicado: Capítulo 63
15/04/13 - Publicado: Capítulo 62
13/03/13 - Publicado: Capítulo 61
01/03/13 - Publicado: Capítulo 60
03/02/13 - Publicado: Capítulo 59
22/01/13 - Comunicado importante
04/01/13 - Publicado: Capítulo 58
31/12/12 - Publicado: Capítulo 57
26/12/12 - Publicado: Capítulo especial de Navidad (Parte I)
21/12/12 - Publicado: Capítulo 56
19/12/12 - Aporte: Progreso de la casa de Nicole (con los Sims 3)
02/12/12 - Publicado: Capítulo 55
18/10/12 - Aviso importante: Nuevo Casting disponible

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✗ Antes de publicar un mensaje:
➜ Elegid un tema correcto
➜ Nada de temas fuera de contexto
➜ Nada de flood
➜ Nada de temas "sensibles"
➜ ¡Nada de publicidad!
➜ Comentad de forma constructiva (4/5 líneas por tema)
➜ Vigilad vuestro comportamiento
➜ Nada de conflictos en los temas. Para ello haced uso de la conversación privada.
➜ Tened en cuenta las observaciones de los moderadores.
➜ Por favor, volved a leer cuidadosamente las reglas generales del foro para mayor precisión.


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Debido a la particular mezcla de característica del personaje principal, os advierto de que seréis propensas a aborrecer a Nicole en un principio, ya que estaba pensado para ello. Puede darse el caso en que no, pero para saber si os gusta la historia, recomiendo una lectura de varios capítulos y no únicamente de uno o dos. Si lo hacéis, os garantizo que os gustará.
Este Fan-Fiction no es ni será en ningún momento orientativo con respecto a los personajes de Corazón de Melón. Puede contener situaciones que resuenen cierta similitud con algunos de los sucesos contenidos en los capítulos del juego pero no tendrán relación alguna los hechos que ocurran en el Fic con lo que os ocurra/ocurrirá en el juego.
En base a respetar las normas referentes a los temas sensibles y así, evitar frases subidas de tono, podréis encontrar expresiones que no vayan al compás del resto de la historia o incluso no os concuerden. Agradeceré que leáis con la mente abierta para comprender correctamente la trama.
El prólogo no tiene relación con el primer capítulo, ya que se trata de un recuerdo perturbador que no conoceréis hasta mucho más adelante


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¿Deseas conocer al elenco actual de personajes que han aparecido (o están por aparecer) de Domando la Locura? A continuación os presento la lista con todos ellos y sus papeles en la historia.
También disponéis de un blog de Tumblr completamente dedicado a rebloggear gifs animados y fotografías interesantes del conjunto de actores que con ayuda de @ClauVanille seleccioné para dar vida a los personajes de la historia. Creedme que en muchos aspectos esto os ayudará a visualizar mejor las escenas que describo con tanto ahínco, y quién sabe, igual os lleváis incluso algún spoiler en alguno de los sets que yo misma monto.

Lo tenéis haciendo click aquí

Retratos del elenco
Conoce la cara más real de los personajes más recurrentes

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El elenco completo
Lista provisinal sujeta a modificaciones

►Integrantes del grupo "Taming the madness"
    »Bajo: Belladona Schwarzesherz
    »Guitarra líder: Suiseki Hiray
    »Guitarra rítmica:  Zuh River
    »Batería: Korax Crow
    »Teclado: Sayuri Yazawa
    »Violín: Roxanne Jensen
    »Piano: Mixy Sorin
    »Letristas:  Neinime Blythe Vasco, Gneo Horvath
    »Bailarinas:  Sophie Leblanc, Carissa Cross
    »Coros: Yoru Kawakami, Murky Argenton; Gabriella Dalía, Roxanne Jensen, Julietta Elizabeth Gebetsroither
    »Representante del grupo: Zuh River
    »Voz principal: Nicole Angela Grey
    »Fotógrafa: Freya Söderström
    »Coreógrafo: Danyel di Rossi Block

►Secundaria:
~ Gabriella Dalía
~ Susan Hurley

►1º de Bachillerato:
~ Nicole Grey (A)
~ Sayuri Yazawa (A)
~ Hailyn Miwa (A)
~ Zuh River (A)
~ Korax Crow (A)
~ Mynae Bishop (A)
~ Gneo Horvath (A)
~ Tom (A)
~ Neinime Blythe Vasco (B)
~ Keránide Romanova (B)
~ Belladona Schwarzesherz (B)
~ Suiseki Hiray (B)
~ Danielle Hills (B) (Club de Deporte)
~ Norma García Leblanc (B) (Club de Deporte)
~ Catherine Valentina Dos Ramos (B) (Club de Deporte)
~ Carissa Cross (C)
~ Sophie Leblanc (C)
~ Faust LeSorciere (C)
~ Charlotte (C)
~ Jane Bennet (C)
~ Mixy Sorin (C)
~ Yoru Kawakami (C)
~ Julietta Elizabeth Gebetsroither (C)
~ Anais Glairy (D)
~ Amber (D)
~ Roxanne Jensen (D)

►2º de Bachillerato:
~ Castiel (A)
~ Nathaniel (A)
~ Armin (A)
~ Alexy (A)
~ Lamiroir Oselle (A)
~ Murky Argenton (A)
~ Nacu Orange Cross (A) (Taller de Arte)
~ Dakota (B) (Club de Deportes)
~ Ken (B)
~ Danyel di Rossi Block (B)
~ Zac Kyriuu (A o C)

►Otros estudiantes:
~ Lysandre
~ Freya Söderström (Taller de Fotografía, Club de Deporte)

►Profesorado:
~ Nicole Leila Stewart (Inglés)
~ Kevin Rowland (Literatura) + (Historia)
~ Geoff Salvatore (Arte)
~ Steven Gold (Música)
~ Alice Reed(Física y Química)
~ Boris (Educación Física)

►Vecinas próximas:
~ Hailyn Miwa
~ Freya Söderström
~ Keránide Romanova
~ Catherine Valentina Dos Ramos



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La historia comienza con la reciente mudanza de Nicole, una estudiante inglesa que vive con sus tíos, actuales tutores legales. Los tres llegan confiando en que un cambio de aires y trasladarse a un lugar donde nadie conociera su singular pasado le sentaría bien a la joven, aún así continuaron preguntándose si alguna vez conseguiría vivir la vida normal de una adolescente de su edad.

Todo apuntaba a que su meta sería alcanzada gracias a una emblemática caterva de estudiantes que acabaría por desatar el caos en su estricta rutina. Sin embargo, algún que otro contratiempo en el instituto nuevo vuelve a sacar la peor esencia de Nicole, y es que, lamentablemente, sus tíos no tuvieron en cuenta que el impedimento de la chica para tener una vida normal y corriente es, sin ir más lejos, la propia joven. Concretamente, ella y su relación con su álter ego, Blackrose.

La verdad que rodea a susodicha relación irá quedando lentamente desentramada y al descubierto para el resto de habitantes de Amoris Ville a raíz del regreso de un ineludible viaje que Nicole hará a su querida Londres para reencontrarse con su psiquiatra, quien deberá entregarle un mensaje muy importante tan pronto como ella acuda a su sesión terapéutica.


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Con el fin de facilitaros la navegación por este tema, pudiendo así encontrar de manera sencilla los capítulos, he insertado el siguiente índice desplegable en el que podréis encontrar todos ellos linkeados directamente a su post correspondiente.

Prólogo
Dando final a algo que nunca comenzó

Jamás me he detenido el tiempo suficiente para sopesar todas y cada una de mis opciones; para plantearme de cualquier otra forma cómo afrontar la sinuosidad con la que acontecían tantos eventos de diversa índole a lo largo de aquello que yo llamaba vida. Mi vida. Tal y como era, tal y como es: un contraste entre el agridulce y ponderado rastro de mis vilezas y los efímeros suspiros que hacían débil gala de mis carentes proezas.

Comencé a trazar mi propia senda sumida en la más absoluta misantropía  bajo el pretexto de que no pensaba someterme al prepotente filtro de aceptación de la sociedad, y fue tarde cuando terminé por darme cuenta de que muy probablemente, todo continuó por un motivo muy diferente y que seguramente habría podido solucionar. Habría podido, si hubiera querido, si me hubiera atrevido a pensar en lugar de dejarme llevar.

De haberlo hecho, quizás podría haberme bautizado como hija predilecta de la suerte, a expensas de que ésta decidiera consignarme un camino más sencillo, o por el contrario, convertirse mi destino en una catástrofe sin precedentes. Quién sabe.

Sin embargo, ya había experimentado lo suficiente para saber que el azar nunca estaba de mi lado.

Es por eso que aquí me hallo, víctima de la indecisión más persistente de todas, atrapada por las brumas de un pasado del que probablemente nunca fui dueña exclusiva y sin un futuro que poder hacer mío. No hasta que empiece a decidir, hasta que empiece a vivir, a tomar las riendas de verdad.

Aunque, claro está, siempre y cuando logre amanecer con vida el tiempo suficiente para llegar a sentir que alguna vez estuve ahí.


Primera Temporada
La Inquietud

La primera temporada da inicio con una fórmula que todos conocemos a la perfección: chica extranjera llega a ciudad nueva con instituto nuevo y costumbres nuevas. Todo es nuevo,  menos ella; Nicole es reservada, calculadora , obstinada, egoísta y manipuladora. No obstante, eso es solo un porcentaje de su persona, y por exigencias de su entorno, todo su ser se verá obligado a afrontar las dichas de la típica vida de una adolescente corriente, pero los mismos que la empujan a ello son conscientes de que eso no es posible, pero, ¿y ella, opina lo mismo? ¿Y aquellos cuya presencia ignora la pelirroja, opinarán o actuarán? Porque, rectificando lo anterior, no, no todo es tan nuevo.


~ Cap. 1 Sin prometedoras expectativas
~ Cap. 2 Infracción y castigo
~ Cap. 3 Lección de vida
~ Cap. 4 Sed de venganza
~ Cap. 5 Escapismo
~ Cap. 6 Juegos infantiles
~ Cap. 7 Pánico justificado
~ Cap. 8 Lluvia
~ Cap. 9 Investigación de un crimen
~ Cap. 10 Destapando malas coartadas
~ Cap. 11 Actitud cotilla
~ Cap. 12 Viernes frenético
~ Cap. 13 Señales más y menos obvias
Cap. 14 Madnessio
Cap. 15 En el objetivo (parte I)
Cap. 16 En el objetivo (parte II)
Cap. 17 Acostumbrada a la rutina
Cap. 18 Demonio
Cap. 19 Malas noticias a tutiplén
Cap. 20 Juegos avanzados
Cap. 21 Tortura anual
Cap. 22 El que busca, halla
Cap. 23 Azúcar glaseado saliendo por los poros
Cap. 24 La lista de asistencia
Cap. 25 Llegado el momento, mirarás por lo tuyo
Cap. 26 Visita inesperada a medianoche
Cap. 27 Recalcando mi papel
Cap. 28 Toda la carne en el asador
Cap. 29 Realmente sorprendente
Cap. 30 La Vampire Epóque: Llegando al baile
Cap. 31 La Vampire Epóque: Ofuscación irremediable
Cap. 32 La Vampire Epóque: Hora de la función
Cap. 33 La Vampire Epóque: Saldando cuentas pendientes
Cap. 34 Siembra vientos y...
Cap. 35 ...cosecharás tempestades
Cap. 35-2 (Especial 1) Tendremos visita
Cap. pre-36 Explicación sobre Blackrose
Cap. 36 Riéndose en mis narices
Cap. 37 Súplica muda, colaboración nula
Cap. 38 Ya es la hora... ¿o no?
Cap. 39 Un problema menos
Cap. 40 Tabúes ocultos
Cap. 41 En blanco: Preguntas desventuradas
Cap. 42 Como siempre debió ser


Segunda Temporada
El Reflejo

La segunda temporada da inicio después de un formateo de sesera por parte de nuestra protagonista, que tras percatarse de que la mencionada vida de adolescente la carcome de sobremanera, decide cambiar de táctica, y en vez de seguir su camino sin pena ni gloria, trata de imponerse como reina soberana del desdén. Su objetivo se verá truncado tras un desafortunado incidente que marcará un antes y un después en su consciente, siendo tal el impacto que comienza a experimentar ciertos cambios que la llevarán por inesperados senderos, sometiéndola a las penurias de carecer del control absoluto de sus emociones, al no ser que haga algo para impedirlo. Rectificarlo. Evadirlo.


Cap. 43 Las sorpresas no siempre resultan satisfactorias
Cap. 44 La Playa: cuestiones
Cap. 45 La Playa: herida sangrante
Cap. 45-2 (Especial 2) Pequeño gran accidente
Cap. 46 Todo es demasiado nuevo
Cap. 47 El camino para convertirse en adolescente
Cap. 48 El cumpleaños de Lysandre: las ataduras del león
Cap. 49 El cumpleaños de Lysandre: rozando algunos límites
Cap. 49-2 (Especial 3) Déjame
Cap. 50 Menos de media hora
Cap. 50-2 (Especial 4) Es mía
Cap. 51 Algunos daños colaterales
Cap. 52 Encuentros y desencuentros
Cap. 53 Evolucionando a la fuerza
Cap. 54 Allanando el camino
Cap. 55 ¡Dale a pausa, por favor!
Cap. 56 Extraviada ante lo insólito
Cap. 57 Inestable: instintos corruptos
Cap. 58 Inestable: técnicas expiatorias
Cap. 59 Aceptación y deseo
Cap. 60 El fin de un año y nada más
Cap. 61 Insustancialidad
Cap. 62 Una vez más, por favor
Cap. 63 Al límite
Cap. 64 Sobreexposición entre cuatro paredes
Cap. 65 Investigación criminal: nulidad absoluta
Cap. 66 Investigación criminal: la culpabilidad para los demás
Cap. 66-2 (Especial 5) Alivio indebido
Cap. 67 La sinfonía de un error intencionado
Cap. Especial de Halloween
Cap. 68 La caza del zorro
Cap. 69 Parásito


Tercera Temporada
La Plaga

Próximamente: a espera de finalización de la anterior...



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¡ALERTA SPOILERS! Esta sección estará dedicada a reunir todos los adelantos importantes que vaya dejando a lo largo del tema con el fin de que no se pierdan con el tiempo.

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Todo el que ha llegado a un determinado capítulo en esta historia está al corriente de que nuestra protagonista, Nicole, guarda con recelo un objeto de inimaginable valor para ella. ¿Por qué? Según cuenta, por su misterioso contenido que podría llegar a levantar horrores en las mentes de aquellos que lo leyeran página a página, aunque hasta la fecha, tan solo uno parece haberlo hecho, y muy a su pesar, no quedó indiferente. Lo que al principio puede asemejarse a una manía obsesiva y neurótica por anotarlo todo no es más que un riguroso control de sus acciones, deseos y secretos más bizarros y oscuros. Conoce los fragmentos del diario haciendo click AQUI


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Con el fin de mejorar la calidad de presentación de los dibujos y fan-arts sobre este fanfic, me complace comunicaros que he creado un post exclusivamente para ello, aunque para acortaros la búsqueda, os comento que en ese post colgaré los fanarts que me dediquéis, amores, y propinaré un link a mi Deviantart, que es donde colgaré los míos.
Podéis llegar al post fácilmente haciendo click AQUI


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Para ver el apartado en el que solía poner las canciones que empleaba para los capítulos de la primera temporada antes de pasar al sistema 1capx1post, haz click AQUI

Ahora bien, si lo que queréis es conocer las canciones que me inspiran en mi día a día y de forma general a imaginar la trama futura de la historia, contemplad la lista que os dejo a continuación, la cual iré renovando según vea conveniente:

Love someone
Mama forgive me
Pretty little psycho
Lies
Haunted
Ich will
Engel
Sonne
Mein Teil
Keine Lust
Ohne Dich
Feuer Frei!
Mutter
Nemo
Schwarzer Sarg
Hades: The bloody rage



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Con el propósito de premiaros por vuestra participación en la historia al comentar, manifestaros y demás, he creado una especie de concurso permanente que consistirá en que cualquiera de vosotras podrá ser condecorada como Madnessica del Mes. Hallaréis varias categorías en las que poder destacar, así que habrá posibilidades a tutiplén para todas y cada una de vosotras en un mes o en otro, porque lamentablemente solo puede haber una ganadora al mes.

Categorías disponibles

- Psicoaplicación Aguda: concedido por variados méritos, como participar de forma activa, comentar frecuentemente largo y tendido, leerse muchos capítulos de una sentada o similares que requieran cierto esfuerzo y voluntad. Premio a la más dedicada.

- Síndrome Clarividépata: concedido al comentario más perspicaz y acertado con respecto a suposiciones sobre la historia o los próximos capítulos, requerido leer con atención y cuidado de no obviar grandes pistas. Premio a la más observadora.

- Trastorno Obsesivo Comentarista:  concedido al comentario más original y desarrollado, ya sea en extensión o en contenido, pero para ello es necesario haber comentado al menos los últimos cinco capítulos. Premio a la más insistente.

-Regalicosis Múltiple: concedido a la persona que ofrezca más de un detallito, como fanarts, stamps o cualquier elemento similar, aunque sea una foto de un garabato en un cuaderno de cuadritos. Premio a la más generosa.


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El premio será una ilustración temática de un chibi basado en la ganadora o en su sucrette (a elegir), y dicho dibujo reflejará la categoría en la que es condecorada la ganadora. Además, tendrá mención honorífica y permanente en este apartado.


2014

ENERO  JadeValentine
Psicoaplicación Aguda


Modificado por Nickinicki (El 22/01/2014)

 

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El 21/04/2012 - #2 

 

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A lo largo de este tiempo he cosechado decenas de preguntas por mensajería privada, en comentarios o en mi cuenta de Ask.fm referentes al fict que, para ser sincera, veía quizás necesarías de plasmar en algún rinconcito para que quede constancia de las respuestas ^^ Con esto también os comento que si tenéis preguntas o dudas sobre el fict o los personajes, ya sabéis que podéis contactarme para resolverlas.

FAQ (Última actualización: 06/06/2013)

¿Te basaste en alguna película o serie para crear Domando la Locura?
Para nada, la protagonista, trama y argumento está completa y absolutamente creado y perfilado por mí, es por ello que me permití registrarlo en su día como propiedad intelectual.

¿Qué es lo que padece Nicole exactamente? ¿Alguna enfermedad o simplemente es yandere?
Todo está relacionado con el mundo de las enfermedades mentales, pero no especificaré aún porque soy una macabra bruja maligna. Y no, ni yandere ni bicho muerto, detesto esas etiquetas D:

¿Con qué géneros etiquetarías la historia de principio a fin?
Costumbrismo realista, psicológica, thriller, drama, romance, humor, acción y rozará de lejos un poco el entorno policíaco.

Respecto al progreso actual de la historia, ¿cada parte o temporada tiene un objetivo independiente? ¿Cómo las etiquetarías?
Sí, la primera y segunda temporada están dedicadas casi por completo a presentar al personaje principal y un poco de su nuevo entorno. Además, diría que la temática principal de esas dos temporadas es el costumbrismo adolescente con bastantes trazas psicológicas y un poco de suspense. La progresión es lenta porque considero necesario que os zampéis sus simples y comunes rarezas para que se aprecie con una perspectiva más clara lo que se avecina a partir de, aproximadamente, el capítulo setenta. Ahí empieza la historia.

¿Por qué estás actualizando los capítulos desde el principio?
Como he comentado muchas veces, nunca he escrito antes de este fict, ni tan siquiera he sido una forofa de la lectura hasta hace relativamente poco, y claro, hay cosas que necesitan un retoque urgente. Además, no tenía mucha expectativa de futuro para la historia, así que pensaba que no duraría demasiado y me dediqué a improvisar algún que otro detalle, pero visto lo visto, vendrá a ser casi una saga de un par de libros o tres, así que va siendo hora también de aclarar ciertas cosillas desde el inicio.

Hay veces que los personajes actúan de una forma muy extraña de buenas a primeras, ¿es por error o intencionado?
Realmente no me lo han preguntado así tal cual, más bien me lo han comentado, pero prefiero aclararlo ya que puedo. Siempre es intencionado, es decir, las personas reales no suelen seguir una línea recta de actitud, y si encima se dan circunstancias especiales que desconocéis, jo jo jo. Como siempre digo, todo quedará claro con el tiempo.

¿Avisas sobre novedades y capítulos nuevos por mensajería privada?
Aclaro esto para que no haga falta que lo preguntéis, tan solo pedidlo y os apuntaré a mi lista de suscriptoras. Además, en mi perfil contáis con el Facebook del fict, donde también doy alertas sobre el progreso, dibujos, adelantos y capítulos nuevos.



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A continuación os dejaré otro tabloncete en el que os enlazaré a algunos de mis comentarios con datos relevantes y curiosos sobre la trama.

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Como toda gran autora que se precie, me propongo crear concursos para mis pequeñas madnessicas y que así, me hagan partícipe de su talento del mismo modo del que yo les hago partícipes de mi historia.

►1er Concurso: El pasado londinense de Nicki (click aquí) (FINALIZADO)


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Gracias a @ClauVanille por su gran sabiduría sobre machos alfa y por aguantar que la spoilee hasta el final de los tiempos. Además, a @Abernathy, @Ashala, @Meridia, @Nacu, @Neinime, @Riruka, @SweetAngel y @Valkyriia por sus grandes idas de olla conmigo y aún así perdonarme siempre por hacerles escucharme tanto tiempo seguido x) ¡Todas ellas son mis consejeras oficiales!
Como todos tenemos nuestra fuente de inspiración, agradezco de corazón a @ClauVanille y @Opheliac por ser mis constantes musas y habituales víctimas de mis ganas por soltar spoilers a punta pala. Hablar con ellas me provoca una lluvia de ideas de manera demencial, incluso con un mero saludo.



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Gracias a @Halimede he decidido iniciar esta sección que irá dedicada a todos los que deseen contribuir a crear elementos para los fans y mostrar su apoyo a la historia colocándolo en perfil o firma. Será de agradecer, lo aseguro.

Gracias a @ClauVanille, @Hannash y @Surilin por contribuir con amor <3

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http://img14.imageshack.us/img14/4826/minidll.jpghttp://img17.imageshack.us/img17/1687/ttm.pnghttp://img442.imageshack.us/img442/6923/tiosdenicki.gifhttp://img543.imageshack.us/img543/667/boton2m.pnghttp://img16.imageshack.us/img16/3066/dll.gifhttp://imageshack.us/a/img254/467/teamcastiel.gifhttp://imageshack.us/a/img35/4760/teamnicki.gifhttp://imageshack.us/a/img339/592/teamlysandre.gifhttp://imageshack.us/a/img842/274/gif21j.gifhttp://imageshack.us/a/img18/1438/w66h.gifhttp://imageshack.us/a/img541/7026/pkym.gifhttps://i.imgur.com/eGakwsG.gifhttps://31.media.tumblr.com/1636b1162cf3f55be25f450af6b69fc4/tumblr_mziyzcYyiE1snu6fso1_100.gif

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Modificado por Nickinicki (El 29/10/2012)

 

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El 21/04/2012 - #3 

 

http://imageshack.us/a/img844/3861/listadecapitulos.png

Cap. 1 Sin prometedoras expectativas *

Haz click AQUÍ. Y disculpa las molestias. (Este sistema tan solo persiste del capítulo 1 al 4)


Cap. 2 Infracción y castigo *

Haz click AQUÍ. Y disculpa las molestias. (Este sistema tan solo persiste del capítulo 1 al 4)


Cap. 3 Lección de vida *

Haz click AQUÍ. Y disculpa las molestias. (Este sistema tan solo persiste del capítulo 1 al 4)


Cap. 4 Sed de venganza *

Haz click AQUÍ. Y disculpa las molestias. (Este sistema tan solo persiste del capítulo 1 al 4)


Cap. 5 Escapismo *

―Una vez más, venga―miré a Nathaniel directamente a los ojos―. Yo no he sido, rubiales.
―A mí no tienes que darme explicaciones. Bueno, sí, pero no me interesan―se puso de morros, haciendo alusión a su infantil rostro.
―Oye, ¡no ha podido darme tiempo!
―Calla, tu fama te precede, Blackrose―se cubrió los ojos con la mano, intentando aliviar su tensión―, no sé cómo pude pensar bien de ti ayer, cuando eres una liante sin remedio.
―¡Oh, dios!... Mira, no pienso quedarme más tiempo aquí contigo, que te niegas a creerme.
―La amenazaste públicamente, ¡es imposible que no hayas sido tú! ―su dulce voz empezó a tornarse a un tono angustiosamente desagradable.
―No sé quién fue, pero me interesa tanto como a ti saber quién ha sido el responsable de esa patética fechoría. Recalco lo de patética, porque mis castigos son más severos, logrando así que la gente se reinserte en la sociedad desde un punto más humilde. Unas arañas no van a cambiar el hecho de que tu hermana sea una bruja.
―¡Más cuidado con lo que dices de ella! Es algo irritante, ¡pero ya está!
―Me volcó una olla de sopa encima, en mi primer día, ¡el primer día, Nathaniel! ―gruñí.
―…―guardó silencio un instante, esperando poder disimular su cara de sorpresa―, bueno, eso no es comparable, Nicole.
―Mírame a los ojos y dime que no te crees ni una sola de mis palabras. Dejaré de insistir en mi inocencia.


Giró su rostro nuevamente hacia mí, tomó asiento, frente a frente, dispuesto a ponerme a prueba. ¿En serio que va a hacerlo? Al ver su disposición me sorprendí gratamente y me propuse convencerle con la mirada. Transcurridos unos minutos ya no sabía ni lo que pretendíamos hacer con todo aquello, ya que, más que convencerle yo a él, me convencía a mí de que sus ojos eran un manantial de oro fundido y, a pesar de su poca disposición a creerme, querría poder nadar en ellos. Cortó el juego de miradas, suspiró y miró a otro lado.

―¿Qué? ¿Me crees? ―pregunté confusa.
―No, es que no sé para qué me da por aceptar tu reto si soy incapaz de mirar a una chica a los ojos sin sonrojarme―a medida que hablaba, sus mejillas empezaron a colorearse de un sutil rosado. Se chocó la palma de la mano contra la frente―. ¡Ay! ―exclamó―. Soy estúpido…
―Genial, estamos como al principio… ¿Cuánto tardarán en analizar mis huellas?
―Un par de horas… mientras tanto debes quedarte aquí, cumpliendo tu aprisionamiento temporal hasta que todo se esclarezca.
―Estar encerrada contigo no me parece algo tan cruel―reí.
―Gracias, supongo―el rubor de sus mejillas se extendió a toda la cara―, pero no estarás a solas conmigo.
―¿Quién más va a venir a procurar mi castigo? ―arqueé las cejas como ademán de intriga.


El pomo rectilíneo de la puerta empezó a girar con un chirrido ensordecedor. La directora era una mujer insoportable, siempre furiosa, criticando a todos los alumnos incluso por las arrugas del jersey del uniforme. No había tenido unos encuentros demasiado favorables con ella, pero en cualquier caso hubiera preferido tener a esa mujer allí conmigo que a eso.
Vanidoso, con cara de pocos amigos e insoportablemente ruin… volvió a cerrar la puerta tras su entrada. Tomó asiento en el otro extremo de la mesa y acomodó sus presuntuosas botas de cuero―realmente similares a las mías, pero varoniles―sobre ella.

―¿Qué pasa, Nath?―dijo burlón.
―Primero, baja los pies de la mesa, por favor―al ver su poca disposición, insistió―¡por favor!―el pelirrojo aceptó de malos modos―. Bien… te he hecho venir porque tienes papeles pendientes que arreglar de tu matrícula.
―¿Sólo eso? No fastidies…
―Esto, y me tienes que firmar los justificantes de ausencia de las horas que has faltado entre ayer y hoy.
―Paso, en otro momento―hizo ademán de levantarse pero Nathaniel se levantó impetuoso y le empujó contra la silla―, ¿¡pero qué haces!?
―No va a pasar como el año pasado, ¡me traías de los nervios con tantas faltas sin justificar, y otras tantas que me traías desordenadas y a medio rellenar! No saldrás de aquí esta vez sin arreglarlo todo.
―Menudo historial, pelirrojo―susurré, pero algo más alto de lo habitual, pretendiendo que lo oyera.
―Tú a callar, niñata―me contestó Castiel.
―¡Ya vale con lo de niñata! No tengo mucho menos que tú, macarra de tres al cuarto―avancé mi cuerpo contra la mesa y entrecerré los ojos―…mis calcetines.
―¡Mira que eres pesada! ¡Dios, no hay quién te aguante, ni-ña-ta!―puso énfasis en cada sílaba.
―Técnicamente tiene razón, Castiel―alardeó Nathaniel. Se dirigió a unas carpetas que tenía desordenadas sobre uno de los asientos.
―¡Ves! ¡Págame los calcetines! ―exclamé.
―No lo digo por eso, aunque tiene su gracia, pero…―abrió una de las carpetas, la que tenía aspecto de ser más nueva―, es mayor que tú―le dijo al macarra.
―¿Qué? ―exclamamos ambos, y Castiel prosiguió―. ¡Está en primero!
―Nació unos meses antes que tú, y de hecho, está repitiendo primero por abandono del curso en Londres. Parece que Blackrose encontró la horma de su zapato y decidió no acudir más, a pesar de sus impecables calificaciones―relató el rubio.
―Creo que voy a vomitar―susurró el pelirrojo. Se cubrió la cara con las manos.
―¿Por qué? ¿Te sienta mal que sea mayor, ni-ña-to? ―pregunté, imitando su voz al articular.
―Se me olvidaba tu numerito de hoy, y que tú eras la psicópata inglesa―se descubrió la cara y me sonrió―. Se me ha caído un mito. Tenía a la psicótica de Blackrose como una sofisticada e inteligente arma humana, y resulta ser una niña fanfarrona―siguió riendo por su cuenta, balanceando la silla sobre las patas traseras.
―¡Uuuuuuuuuuuuuuuuuuuuf!―siseé.


Preferí ignorar los comentarios durante un par de minutos, por lo que, para no tenerle en mi vista, decidí elevar mis calcetines ya caídos. Eché mi melena hacia atrás y me agaché hacia delante.

―¡Castiel, por dios! ―exclamó Nathaniel, sacándome del trance en el que estaba mientras estiraba los calcetines al máximo.
―¿Qué? Es una cría detestable, pero no deja de ser una chica. ¡A ti también se te han ido los ojos! ―dijo Castiel al rubio que, abochornado, se sonrojó y se tapó el rostro.


Muerta de vergüenza, abroché mi chaqueta y la cerré hasta las clavículas. Tan solo deseaba matar al pelirrojo, pues siempre lograba hacerme sentir como una idiota. Aunque era de suponer que la culpa era mía por dejarme doblegar, así que actué.

―¡No pasa nada! ―me levanté cautelosa, acomodando la silla en su posición inicial. La chaqueta se desabrochó unos centímetros, sola por la presión del movimiento. Anduve despacio hasta donde estaban ambos―. Nathaniel, tú no tienes que avergonzarte de nada, entiendo que tengáis ese acto reflejo casi inconsciente.
―Yo no diría tan inconsciente―rió entre dientes el pelirrojo. Nathaniel seguía sin dar crédito a mi tranquilidad.
―¡Claro! ¡Claro! Castiel tiene razón, señor delegado―mi tono de voz se volvió dulce e infantil. Me detuve detrás del oscilante asiento del matón, posé mis manos sobre sus hombros y jugué con la forma de su chaqueta hasta llegar a media altura del torso―. Aquí a todos les encanta disfrutar de las vistas, ¿verdad, Casti? ―procuré que mis palabras se derritieran a su alrededor.
―¿E-eh? ―tartamudeó, nervioso por mi acercamiento por la retaguardia. El movimiento de mis manos a su alrededor parecía darle mala impresión, estaba tenso.


Me aproximé a dónde más o menos calculaba que tenía el oído―entre tanto cabello rojo no podía verlo―, y susurré: “Y para ti, la mejor vista”, noté como tragó saliva de una forma muy exaltada. Al terminar de decir la frase, sin esperar, aparté mi cuerpo de detrás y derribé de espaldas su balanceante silla, dejándolo, por tercera vez en la semana, tirado en el suelo.

―¡La de mis botas, idiota! ―grité.

Abrí la puerta todo lo apresuradamente que pude y salí corriendo, sin darle oportunidad a ninguno de ellos de esperarse mi huída. De lejos aún podía oír los enrabietados insultos de Castiel. No había un alma por los pasillos, pero aún así, decidí dirigirme al hueco de las escaleras del ala norte para esconderme.
Al llegar tropecé con dos chicas, que al principio no me sonaban, hasta que me fije en alguna que otra particularidad. Se asustaron al verme con cara de deportista asfixiada.

―¡Nicki! ―exclamaron a la vez.
―Oh…―respiré hondo―Hola Suiseki, Bells…―intenté aparentar normalidad y pensé en comentar algo que disipara sospechas sobre la razón de mis prisas―. ¡Hola!―bingo prodigio.
―Oye Nicole, no es que me disguste, la verdad, pero ¿no ha sido algo tonto lo de Ámber? ―dijo Suiseki.
―No ha sido ella―interrumpió Belladona.
―¿No? ―preguntó Suiseki, esta vez, a Belladona. Me encontraba gratamente sorprendida.
―He leído la prensa inglesa en unas vacaciones que pasé por allí. Conozco su metódica, y no es tan burda como para usar arañitas.
―Díselo a algún profesor, porque nadie me cree―se levantó, pero la empuje contra el escalón para que se sentara de nuevo―¡Era broma! ―exclamé sorprendida nuevamente.
―No tengo problema alguno en declarar a tu favor con esos patanes.
―Gracias―dije, aunque en el fondo me dio algo de grima lo decisiva que era.
―¿De qué huías entonces?―Suiseki tenía bastante curiosidad por satisfacer.
―De Nathaniel y Castiel, aunque no han llegado ni a correr.
―¿En serio? ―profirió Belladona―. Me consta que Castiel es el más rápido de la clase de gimnasia.
―Es difícil cuando estás tirado en el suelo―apunté.
―¡Y yo me lo he perdido!―exclamó disgustada la chica de mirada dispar―. ¡Repítelo un día de estos, Nicki!
―Ese entusiasmo es innecesario, Sui―señaló Belladona, y se dirigió a mí―,  parece divertido, pero algo infantil por tu parte, ¿no eres ya mayorcita?.
―Sí―sonreí y puse ambas manos con los dedos en “V”. Le arranqué una carcajada a Belladona y a Suiseki.


Conversamos sobre el grupo, y la enorme necesidad de encontrar una batería en condiciones, ya que la percusión era algo crucial para el rock. Debatimos sobre candidatas largo y tendido, pero no llegábamos a la deducción de ningún nombre. De repente, sus caras se congelaron durante un instante.

―¿Chicas? ―dije.
―No vas a necesitar continuar la búsqueda. Te voy a dar tal paliza que no vas a preocuparte por eso en una larga temporada, pelirroja.
―¡Ah! ―exclamé del susto y me giré―¡Castiel!
―¿Tus últimas palabras, niñata? ―dio un par de pasos hacia mí
―¡Soy mayor que tú!
―Meeec… últimas palabras incorrectas.
―¡Quiero mis calcetines!
―¿No piensas pedir clemencia, niñata?―dijo furioso. El fuego estaba a punto de salir de su boca.
―¿Estás de broma? ―sentí un tirón de la chaqueta. Era Belladona que se había apartado para dejarme espacio de huída. Corrí escaleras arriba y ella volvió a sentarse, impidiendo el paso― ¡Gracias Bells!
―¿¡Pero qué haces Bells!? ¿¡De parte de quién estás!?―rugió Castiel.
―Veamos―colocó su mano en la barbilla, fingiendo meditar algo muy profundo―. Ella me ha incluido en su banda y tú ni te dignaste a hacerme audición para la tuya… ¡gana Nicki! ―rió.


Escapé escaleras arriba, hasta la primera planta. No aminoré el ritmo ya que si Castiel me había encontrado una vez, podía hacerlo de nuevo. De tanto mirar atrás me choqué con los ojos azules de Camelia.

―¡Nicki! ¡He estado ensayando algunas notas! ¿Quieres oírlas? ―dijo entusiasmada.
―Después, después. Ahora tengo que esconderme. ¿Dónde dirías que no entran los de segundo?
―¿Esconderte? ―abrió los ojos tanto que parecía que sus diamantes azulinos iban a salirse de las órbitas― ¡Oh! ¡Ehm! ¡Bueno! ¡El aula de música quizás! La de abajo suele servir para todos, y esta de aquí permanece vacía casi siempre.


Salí corriendo en la dirección que me había indicado. De lejos pude ver que las luces del aula estaban apagadas, así que me lance contra la puerta, con la mala suerte de que, a diferencia del aula de abajo, en esta puerta había que tirar, no empujar.  Escuché pasos por el pasillo y dejé de lamentar mi ridículo para esconderme decentemente.
Escuché las botas de Castiel pasar de largo a pasos frenéticos. Aguardé unos minutos y salí.

―¡Nicole! ―dijo una aterciopelada voz.
―¡Ah! ¡Nathaniel! ¡Maldición! ―intenté emprender una nueva huída pero cuando iba a doblar la esquina me choqué con Castiel, que volvía para asegurarse―¡Aaaaah! ¡Maldita sea! ―di marcha atrás, no podía ser peor volver a la custodia del rubio, el cual, se colocó frente a mí.
―Aparta, ésta me debe algo.
―Ni hablar Castiel, admite que tú también te has excedido con ella.
―¡No he hecho nada! ¡Y ella me va a dejar en una silla de ruedas a este paso!
―¿Te parece poco hablar tan impropiamente de ella o de su imagen? Debería darte vergüenza, ¡que no eres un quinceañero!―las palabras del delegado me sentaban como gloria bendita. No sabía que lo que me había molestado de Castiel era su lascivo comentario hasta que Nathaniel lo mencionó.
―Bueno, yo…―se retractó, pero aceleré demasiado mi victoria sacándole la lengua―…¡mírala! ―al girarse Nathaniel, tan solo vio mi cara de afligida. Cuando volvió a mirar a Castiel, volví a sacar la lengua.
―Ya la veo, ya. Y veo que no solo no te arrepientes, sino que sigues arremetiendo contra ella―hice un gran esfuerzo por contener la risa mientras pensaba en las desorbitadas deducciones a las que había llegado Nathaniel por su cuenta.
―Uuuuuuuuuuf… ¡Vale! ¡Lo siento!―siguió farfullando―. Demonios… Esto no va a quedar así, pelirroja ¿me oyes?
―Te oigo―canturreé. Se giró enrabietado y se marchó. A pocos metros estaba la tenebrosa, Korax, mal escondida tras la esquina, esperándolo.
―Uf…―suspiré, Nathaniel se giró hacia mí―. Muchas gracias, te debo una.
―En realidad, yo te lo debía a ti… así que…
―¿Por qué? ―pregunté con interés.
―Ya han terminado las pruebas y, no, no son tus huellas―se frotó sus dorados cabellos hacia delante―. Lo siento.
―Ah―respiré aliviada―. Te lo juré, y nunca lo hago por nada.
―Ya… oye, había pensado que quizás, para compensar, y para que encuentres mejores escondites que este―señaló el aula de música―… podría enseñarte un poco el edificio―se sonrojó.
―Veamos, más horas de las necesarias en este instituto…―fingí pensármelo detenidamente durante un segundo―. No, gracias―cambió la cara, percibiéndose una atisbo de decepción―. Ya me lo compensarás en otra ocasión―me alcé ligeramente hasta tocar su cabeza y revolver sus cabellos rubios―. Buen chico.


Mientras me iba, comprobé que mi broma le había hecho gracia, ya que no paraba de sonreír. Se volvió a peinar con la mano y creí verle irse también de la puerta del aula de música.

Al recoger mi mochila de mi aula, y dirigirme a mi casa, me planteé ciertas cosas que no debería permitirme olvidar para la próxima vez:

- No te detengas cuando hagas enfurecer al pelirrojo.
- No vuelvas a anunciar públicamente que eres una atormentadora reincidente temida en media Europa.
- Alguien me tenía en su punto de vista, y parecía ser que desde antes de que empezara el curso.


Era entonces cuando no tenía ni la más mínima percepción de lo que sucedía en realidad.



Cap. 6 Juegos infantiles *

Desde entonces, las miradas se fueron volviendo más habituales. Me contemplaba con ojos enardecidos a la vez que yo le devolvía un rápido pestañeo y una media sonrisa ligeramente torcida, algo que le irritaba más aún. Bastante. Era una rutina autoimpuesta por ambos que no cesaría hasta que alguno se rindiera.
Solté la bandeja con suficiencia, sin cortar la mirada de odio mutuo que compartíamos. La tenebrosa se exaltaba cada vez que se daba cuenta de este desafío que llevábamos a cabo prácticamente a diario, molesta por desconocer la naturaleza de aquel duelo sin final.

―¡Eh! ―chistó Yoru, chasqueando los dedos, intentando llamar mi atención. El intercambio de odio se detuvo―. ¡Vuelve Nicki! ¡Vuelve al mundo real! ―su rostro tornó a perverso y entrecerró los ojos con una sonrisa diabólica―. ¿Qué te traes con Castiel?
―Estás enferma―zanjé.
―¡Aaaaay! ¡Solo era una pruma! ―todas la miramos fijamente, mientras ella, con la mirada perdida en su sándwich vegetal, rebuscaba dentro de su mente lo que acababa de decir. Me miró nuevamente―. Broma―frunció el ceño―. ¡Me has puesto nerviosa con esa mirada!
―Dirás que me pierdo en el tiempo, pero ¿y ésta? ―estiré de los auriculares de Zuh. Una música estridente salió de uno de ellos―¡Eh! ¡Aterriza!
―No estabais hablando―alegó, me miró de reojo―, tú estabas haciendo ojitos con Castiel―estiré rápidamente del cable una vez más, llevándome su iPod lejos de su alcance―. ¡Ah! ¡No! ¡Dámelo! ¡Lo retiro!
―Me tenéis un poco cansadita con el tema del pelirrojo―confesé.
―No pensaríamos así si no os pasarais el día mirándoos, aunque sea con odio, pero os miráis―dijo Belladona―. Y eso ya es algo a tener en cuenta.
―¡Todas le miráis! ―exclamé entre gruñidos.


No respondieron, se limitaron a mirarme fijamente. Sus ojos desbordaban una tremenda ansia por decir algo que todas sabían que en realidad no debían ni insinuar, pero una de ellas no sujetó su lengua, no pudo contenerse y lo soltó con gracia:

―Los que se pelean…―comenzó a decir Belladona―… ya sabes cómo sigue. Aunque en realidad él se pelea con todo el mundo, así que quizás no quiera decir nada.
―Empiezas a hablar con algo de cordura―musité para mí.
―Siempre lo hago―replicó. Me había oído bien.
―Cambiando de tema―gracias a Dios, alguien iba a hacerlo―. ¿Qué ha pasado con Ámber al final? ―preguntó Yoru.
―Pues, según he oído, todo quedó en un susto que podría haber llegado a más―dije, todas acercaron sus rostros al centro de la mesa con gesto de complicidad.
―¿Sabes ya quién ha intentado truncar tu reputación? ―susurró Suiseki. Al adelantarse, sus finos cabellos plateados resbalaban de su espalda para formar parte del pálido color de la mesa, diferenciándose tan solo por el brillo de éstos.
―Es evidente que no, sino, ya tendríais de qué reíros hoy―dije con recelo―. Tan pronto como vuelva a clases, iré a hablar con ella.
―¿Con Ámber? ―exclamaron en voz baja entre todas, absortas por la sorpresa.
―Sí, con la rubia―aparté la bandeja y me levanté repentinamente de la silla. Todas pegaron un brinco―. Voy a dar un paseo por ahí.
―¿Dónde vas, Nicki? ―gritó Sayuri con voz estridente, oyéndose en media sala.
―¿Creéis que puedo comer con eso? ―estiré el dedo pulgar, señalando al pelirrojo. No era él, sino Korax la que me tenía histérica clavándome la mirada en el costado.
―Realmente delicada nos ha salido―murmuró Belladona.
―¡Te he oído!
―Es lo que quería―sonrió. Le observé de reojo y refunfuñé por lo bajini mientras me alejaba.


Prácticamente llevaba una semana en el instituto y ya me había recorrido todos y cada uno de sus pasillos. Siempre he sido una persona inquieta, no podía permanecer parada durante demasiado tiempo si no tenía algo que me mantuviera ocupada, y no es que las chicas me aburriesen en exceso―solo un poco―, pero tenía demasiado en la cabeza todavía: primeros exámenes, una bandada de cuervos mirándome durante todo el día, alguien que trataba de arruinar mi reputación de mente maquiavélica… lo habitual en cualquier lugar al que vaya.
Una vez me puse a pensar con la cabeza fría, caí en la cuenta de que debería haber aceptado el ofrecimiento del delegado de enseñarme todos los rincones más ocultos del instituto, así, no tendría que seguir escondiéndome en el aula de música de los de segundo y podría elegir entre ambientes más variopintos que una sala que olía a cerrado.
Ni siquiera sabía por qué necesitaba esconderme de la vista pública, realmente, eso solo podría traerme más problemas. Las pequeñas ausencias podían significar grandes y maquiavélicos planes tratándose de Blackrose, y ahora que todo el mundo lo sabía podía estar más que segura de que la responsabilidad de cualquier acto vandálico que sucediera en el Sweet Amoris recaería sobre mí, la cabeza de turco desde mi declaración pública, aunque no es que me llegase a preocupar de verdad.
Solo buscaba intimidad, silencio, y no creía que hubiera mejor lugar que un aula de música casi abandonada, con sus revestimientos insonorizados, algunos instrumentos olvidados y sobre todo, mucho polvo. Estar en aquella sala, a oscuras, era una mezcla entre salvación y muerte. Aislado de los sentidos de la vista y el oído, impedida de lo que acostumbraba a fustigar y complacer a mi mente a partes iguales.
Poco a poco mi visión, acostumbrada a todo, se fue aclimatando a la nula iluminación y pude comenzar a reconocer los objetos que había en aquel sitio. Tenía el aspecto de un aula normal, solo que con menos de diez pupitres, y éstos bastante antiguos, apenas podía distinguir un tono verdoso en las placas de madera superiores de las mesas. La pizarra era oscura, por lo que pude deducir fácilmente que era de las que precisaban de tiza. Unos segundos más tarde logré percatarme del fondo del aula, que por cierto, resultaba ser bastante estrecha, más de lo que imaginaba en un principio.

Comencé a recorrerme el aula haciendo zigzag de mesa en mesa, caminando despacio y tratando de buscar la tranquilidad necesaria para poder pensar con claridad, pero toda mi paz se esfumó cuando escuché perfectamente el craqueo del pomo y el chirrido de las bisagras de la puerta. Todos los elementos girando lentamente. Yo no debía estar ahí, nadie debía estar ahí, excepto algún ladrón, y no podía permitirme que pensaran eso en mi séptimo día, ¿algo más por sucederme? No me atropella un camión porque estoy dentro del edificio que si no… bueno, paciencia que incluso puede aterrizarme un avión encima, pensé. Corrí a esconderme detrás de unos archivadores de metal que decoraban la pared en la que también se encontraba la puerta. Sentada a los pies de éste, me tuve que contener las ganas de salir corriendo por culpa del insoportable olor a óxido y mugre, pero aguardé en silencio, esperando que no me viera ningún profesor.

Encendieron las luces. Solo se oían los pasos de dos personas.

―No hacía falta esto, directora, le estaré eternamente agradecido―dijo una serena voz, tan sosegada como una laguna, sin brisa que atormentara su apaciguada forma cristalina.
―¡Tonterías! Usted ha sido un alumno sobradamente aventajado, además de ejemplar. Le cedería todas y cada una de las estancias vacías de este edificio, pero dada sus específicas necesidades, quédese con el aula de música. Nadie la echará en falta―dijo la directora con su inconfundible y áspera voz. Se marchó, o al menos, eso pude deducir al escuchar unos toscos tacones alejarse por el pasillo.


Quien fuese aquel chico de voz exquisita, no le había conocido aún. La voz de Nathaniel inspiraba siempre dulzura, la del pelirrojo era mordaz y desafiante, pero la de este desconocido sonaba tan pausada, tan arrebatadoramente madura. Sentí tanta curiosidad que no pude evitar mi reacción. Me asomé ligeramente por los archivadores, para mi suerte, estaba mirando unos papeles sobre el escritorio, ordenándolos supuse.
Llevaba una chaqueta larga, de cortes rectos, diplomáticos bordados en blanco, un cuello alto que me recordaba a una época ciertamente lejana. Desde mi posición tan solo podía apreciar su altura y, ligeramente, su vestuario. Me apoyé fugazmente sobre los archivadores, con tal mala suerte de que el metal crujió al entrar en contacto con el peso de mis manos. Volví a esconderme por completo, deseando que ojalá mi curiosidad no me hubiera traicionado en aquel preciso momento.
Los pasos avanzaron, sin prisa, lentamente por la habitación, y por desgracia, en mi dirección. Tuve un desmedido temor a que me viera, e inconscientemente, me cubrí los ojos con las manos. Los pasos dejaron de oírse, y acto seguido, el sonido de una sonrisa.

―Interesante, pero que dejes de verme tú a mí, no hace que yo no te vea a ti―señaló la voz. Me los destapé. Tal y como imaginé, parecía un viajero del tiempo, pero inconfesablemente refinado. Reparé tiempo en su transgresor estilo de peinado: tenía un lado más largo que el otro, blanco, diría que plateado, con las puntas fundiéndose en un negror intenso. Me tendió la mano con caballerosidad.
―Gracias―contesté al agarrarme, sonrojada por mi estúpida reacción.


Al elevarme por completo, me di cuenta que había algo que había dejado escapar. No era simplemente alto, me sacaba una cabeza y media―algo más que el pelirrojo―, y al contemplarle tan de cerca, no pude evitar pensar en Persia, mi gato, que compartía singularidad con aquel gentil aristócrata venido del pasado, un ojo dorado y otro verde con pinceladas azuladas. No era la primera vez que veía a alguien de ojos dispares, sin ir más lejos, la guitarrista de mi banda los tenía más particulares aún, pero en esta ocasión, sustituí el rostro del chico por el de mi gato. Bigotes, orejas y sonrisa felina incluidos. Aquella imagen me dejó turbada y divertida durante los instantes que precedieron a que volviera a abrir la boca para dirigirse a mí.

―¿Puedo saber el nombre de la sonriente dama?―musitó con lentitud, con una simulada sonrisa y aún sosteniendo mi mano.
―¡Niiiiiiiiicole! ―no podía decirlo normal, no. Era yo, tenía que parecer idiota en los primeros encuentros.
―¡Ah! Ya he oído hablar de la señorita en cuestión, ¿la nueva alumna? ―asentí. Al sonreír, estrechó ligeramente sus ojos―. Encantado, mi nombre es Lysandre―cerró los ojos y arrimó mi mano a su rostro, alzándola como un antiguo gesto de educación. La aparté de repente antes de que llegara ni a rozarla.
―¿Qué haces? ―grité, y demasiado alto.
―Es un simple gesto de cortesía―regañó ligeramente. Sonrojada por mi exagerado respingo, volví a tenderle la mano―… no funciona así―añadió.
―Lo siento―me sonrojé tanto que el ardor de las mejillas llegó hasta mis orejas―, me he puesto nerviosa.
―¿Por qué?―preguntó con algo de reparo.
―No lo sé―contesté. Seguí mirando intermitentemente sus ojos, izquierdo-derecho, derecho-izquierdo. Cautivadores a la par que extraños.
―Empecemos con algo más sencillo, ¿de acuerdo? ―rió―. ¿Qué haces aquí? Se supone que este aula está alejada de la mano de Dios y de los alumnos.
―Exacto―rematé.
―Entiendo… ¿y no debería decir nada a nadie, no es así, Nicole? ―preguntó como si supiera la respuesta, y es que era obvia.
―Por favor…―respondí―. No te molestaré más, solo buscaba intimidad―al decir esta última palabra abrió los ojos con inmensurable desagrado.
―Intimidad, ya… ¿No habrás traído a nadie aquí, no? ―empezó a mirar alrededor de los demás muebles que nos rodeaban. Tardé unos segundos en comprender lo que él había entendido.
―¡Eh! ―exclamé enojada, se giró a mirarme, dispuesto a juzgar algo que no había hecho, y le di lo que me pareció correcto.


Sonoro, mordaz, rápido, pero con eco. Me dolía tanto la palma de la mano que se me podrían haber saltado las lágrimas en ese mismo instante, pero no iba a ceder a sus pretensiones. Su serio semblante se enfureció ligeramente con un movimiento de cejas, tocó su colorada mejilla y me miró nuevamente, pero añadiendo un ligero matiz de confusión imperceptible, imperceptible para cualquiera menos para mí. Volví a ponerme nerviosa.

―¡Antes de nada! ¡Te has pasado insinuando eso! ¡Me has ofendido! ―grité, colorada―. Intimidad, ¡intimidad! Quería estar sola con mis pensamientos, ¡cretino! Desde luego que este barrio es bastante anticuado pero aquí tenéis todos unas mentes de lo más retorcidas, ¡enfermos! ―seguí murmurando un rato, pero dando pasos hacia atrás, evitando un enfrentamiento como los acontecidos con Castiel.

Para mi sorpresa, volvió a apaciguar su mirada, relajando el gesto general. Al verle tan tranquilo me puse exageradamente nerviosa.

―Tienes razón―dijo. En ese momento mi cara no tenía precio. Ese chico era particularmente raro―, me he obcecado en que pretendías algo perverso, pero se me olvidaba que eres inglesa, ahora no te imagino así.
―¿Cómo sabes que soy inglesa? ―además, no sabía que tendría que ver.
―Ah, querida, las noticias vuelan en este instituto, pero no te preocupes, no dicen nada malo―suspiró y continuó―, pero te debo una disculpa―estuvo a punto de inclinar su torso ligeramente, pero volví a estropear uno de sus momentos victorianos.
―¡No hagas eso! ―sorprendido, me miro con gesto curioso, le respondí a su pregunta mental―. Me da vergüenza. No sé, es extraño… eres extraño.
―De acuerdo, menos caballerosidad. Te abruma.
―¡Eso es! ―caminé de espaldas hacia la puerta― ¡y nunca más vuelvas a pensar esas cosas de una chica! ―asintió con la cabeza. Giré el pomo para marcharme.
―Nicole―me giré para atenderle―, espero verte pronto.


Me sonrojé excesivamente, tanto que casi perdí el sentido, olvidando que había dejado de sujetar el pomo, girando con la muñeca un objeto invisible. Me limité a empujar la puerta con fuerza al no reencontrar el manillar.
Caminé mirando al suelo y con mis pensamientos más aturdidos que nunca. Odiaba aquel instituto, odiaba lo que producía en mí tanta gente extraña. Al principio pensaba que todos eran snobs de alta burguesía, quizás lo único que compartirían en común conmigo, pero a medida que pasaban los días me daba cuenta de que sencillamente eran unos trastornados. Andando, choqué con una sombra que me heló la sangre al entrar en contacto con ella.

―¡Nyaaa! ―gruñó Korax.
―Ah, perdona, estaba a mis cosas―me dispuse a rodearla pero me puso el brazo por delante para detenerme―¿qué? ―me contemplaba con cara de enfado.
―¡Tengo que hablar contigo!―gritó. Esperé ansiosa su comunicado, pero no hacía más que gesticular. Fruncía el ceño, meneaba las cejas sin una posición clara, abría la boca y de repente, enseñaba los dientes. Empezó a respirar tan rápido, y a sudar… me asusté. ¿Estaba poseída?
―¿Te pasa algo? ―pregunté con curiosidad.


Respondió haciendo ruiditos raros y propinándome un empujón hacia las taquillas. Salió corriendo sin tener una dirección clara, haciendo eses, cosa que me llevó a pensar que definitivamente, la gente de aquel instituto estaba preocupantemente desequilibrada, más aún después del espectáculo de mímica que acababa de presenciar. Jamás me consideré un ejemplo definitorio de lo que era el término "cordura", pero desde luego tenía conciencia completa de la razón de mis actos.

Regresé a la cafetería, dónde todos estaban a punto de recoger, y apenas entré por la puerta, las chicas se arrojaron como leones sobre mí.

―¿¡Dónde has estado!? ¡Estábamos preocupadas! ―exclamó Sayuri, tirándose sobre mí como una ardilla, pero sin hacerme caer.
―Un paseo, he dicho que iba a dar un paseo―gruñí algo inquieta por su abrazo.
―¡Lami nos acaba de decir que tú nunca das paseos por amor al arte! ¡Mentirosa! ―respondió la roedora voladora. Miré a Lamiroir con odio en ese momento.
―Solo fui sincera…―confesó la culpable.


De repente, volvieron a silenciarse las fieras pardas, pero mirando a mi retaguardia. Odiaba esa sensación de no saber qué había a mis espaldas y ellas, sí. Me giré con ímpetu y encaré a quien tenía detrás.

―Te dejaste esto―Lysandre alzó mi adorada pulsera de perlas negras, recuerdo de un viaje que tenía mucho valor sentimental para mí―. Cuando quitaste tu mano de la mía, seguramente, la dejaste caer.
―¡Gracias! ―grité extrañamente emocionada y me la coloqué. Noté que las chicas murmuraban a mis espaldas las frases de Lysandre, intentando sacar deducciones precipitadas. Me giré para mirarlas, intentando acallarlas, pero no paraban de reír.
―Además, pensándolo bien, creo que quizás deberías disculparte por la bofetada que me has dado. Sigue ardiéndome el rostro. Soy consciente de que me excedí contigo, pero pienso que merezco algo mejor que eso―sonrió con una mirada divertida.


Si las chicas ya estaban bastante alteradas, en esta ocasión, estaban revolucionadas. Oí la débil vocecilla de Sayuri susurrar “¿Me excedí contigo?” asaltada por la duda. Se desmayó de lo vergonzoso que sonaba, e incluso Lamiroir tuvo que agarrarla para evitar que se despeñara contra el suelo.

―¿Qué quieres? ―pregunté. El viajero del tiempo se señaló la mejilla, agachándose ligeramente hasta mi altura―. ¡Ah, no! ¡Ni hablar!
―Si no lo haces tú, lo haremos cualquiera de nosotras―murmuró Zuh, empujándome.
―Madre del amor hermoso…―me choqué la palma de la mano contra la frente.


Me alcé sobre los dedos de mis pies y presioné mis labios sobre su mejilla. Me llegó un dulce aroma bastante reconocible pero que nunca había notado en ninguna otra persona, aunque tampoco es que soliera ir por la vida arrimándome a las personas. Él siguió riendo mientras yo me alejaba.

―No ha sido tan duro―respondió Lysandre. Las chicas estaban tan coloradas como yo.

Fui a responder, pero no era capaz de articular palabra. Intenté alzar mis manos en gesto de queja y enfado por su ridícula petición, pero el ardor de mis mejillas se extendió a mi cabeza y cerré los ojos, adormilada. Lo último que escuché fueron distintas voces de soprano gritar mi nombre con preocupación.

Dejé que la oscuridad me tragara, con mejillas febriles inclusive.



Cap. 7 Pánico justificado *

Mis ojos intentaron resistirse, pero un fino halo de luz los forzaba a abrirse, aunque no sin dificultad. El sonido se iba esclareciendo paulatinamente, empezando a distinguir entre los timbres femeninos de las asistentes a mi funeral―corrijo, que no había muerto, solo eran alucinaciones mías―. Me sentí como un león en un coliseo romano con semejante agrupación en forma circular alrededor de la camilla que me contemplaba sin pestañear. Era similar además a cuando era un bebé y la gente, gigante y monstruosa, me miraba desde la altura.
Abrí los ojos de par en par, y empecé a repasar los trazos artísticos del techo antes de dirigirme a mi atento público.

―¿Qué? ―dije, alzando la cabeza suavemente. Tan solo distinguí un par de rostros.
―¡Bien! ¡Ya se ha despertado! Todo el mundo a clase―ordenó Totori a las chicas con las que compartía aula.
―¿Qué demonios pasa aquí? ―pregunté, algo alterada.
―¡Te has desmayado Nicki! ―exclamó Sayuri, compungida.
―Tú también―le señalé con el dedo. Se sonrojó.
―Pero los míos son habituales, y pasan rápido…―se sonrojó, más aún.
―Grrr…―gruñí en voz baja―. Echadme un cable para sentarme―inconscientemente, cerré los ojos para hacer un esfuerzo con el cuerpo, hasta que noté la mano de una de mis compañeras. La cogí y finalmente me puse erguida. Abrí los ojos después de la ayuda―. ¡No, tú no! ―grité a Lysandre, que sostenía mi mano. No le había visto, y el tacto de su piel era tan suave que no me pareció masculina―. ¡No me toques!

Tiré de mi mano con tanta fuerza que la camilla empezó a tambalearse, pero Lysandre puso el peso de sus brazos en los extremos para que no ocurriera una tragedia. Aparté mis pies de su dirección. Me levanté rápidamente por el lado opuesto y me precipité hacia la puerta de enfermería, pero tuve que sostenerme sobre otra de las camillas y detener la huída. Me había levantado demasiado rápido y era algo que mi tensión no se podía permitir muy a menudo.

―No puedes irte―murmuró el albino. Las chicas vivían con intensidad todas y cada una de sus palabras―, lo siento, pero son órdenes de la directora.
―¿Qué diablos le pasa a esa mujer ahora? ―escupí, más que gritar…
―He mantenido una amena discusión con ella, y me ha comentado que tienes un castigo pendiente―continuó hablando dando recios pasos hacia mi posición mientras yo los daba hacia atrás―, y resulta ser que necesito una ayudante, mi lady―se detuvo y estrechó su barbilla entre sus dedos, pensativo―. Y me han dicho por ahí que estás formando una banda, y tú eres la vocalista ¿No es así?.
―¿¡Quién te ha dicho eso!? ―miré hacia las chicas, aunque no hacía falta ser muy listo para saberlo. Levantaron todas las manos, sonrojadas―. ¡Vaya!... ―di una vuelta de ojos feroz y volví a mirar al gatuno―. Sí, ¿y qué? ―le contemplé con odio para comprobar si generaba algún temor en él. No, no funcionó.
―Necesito que alguien me ayude con algunas de mis letras y su composición, y quién mejor que otra vocalista para darme su sincera opinión y servirme de bello ejemplo sonoro―prosiguió su camino hacia mí.
―Pero bueno, ¿tu cabeza funciona bien o tanto oxigenante te ha dejado patidifuso?―topé de espaldas contra la puerta cerrada. Se detuvo a medio metro de mí.
―No hagas que empiece a desagradarme la idea―dijo algo más serio―. No te queda otra opción, es un castigo al fin y al cabo―volvió a sonreír, pero con un ápice de malicia.


Con un juego de manos inconcebible, conseguí encontrar el tirador de la puerta que además, me estaba clavando en la espalda. Disfruté del instante antes de la huída para decirle una última frase. Debía ser épica, legendaria, muy bien maquinada, algo que dejase a todos boquiabiertos al marcharme de la enfermería.

―Pues…―empecé a hablar, pero alguien se adelantó a mis planes y abrió la puerta desde fuera, provocando que cayera de espaldas contra el suelo.
―Mira por dónde, ya te he devuelto una, me quedan dos…―dijo con hastío una voz burlona―¡te estaba buscando, Lysandre! ―se dirigió al gatuno.
―Fuuuuuuuuuu… Castiel…―murmuré irritada, apretando las mandíbulas con desesperación.
―Castiel, deberías recoger a la dama del suelo, no es de buena educación no atender a alguien en apuros.
―Recógela tú, no te fastidia…―gruñó Castiel con media sonrisa.
―¿Eh?―vi a Lysandre agachándose para cogerme, por lo que me puse de rodillas y empecé a gatear, cruzando por medio de las piernas de Castiel, que se estremeció al tocarle―. ¡No necesito que nadie me recoja!


A gatas quizás, pero era una huída a final de cuentas, la intención era escapar, como casi siempre solía hacer de ese tipo de situaciones en las que me encontraba entre la espada y la pared. Me escondería en el sótano, o quizás en un aula que no tenía identificación… pero mis propósitos se vieron arruinados cuando, a un metro de distancia del enemigo, resbalé y perdí mi postura infantil para adoptar una sumamente ridícula.

―¿La suelto? ―murmuró Castiel, supuse que a Lysandre.
―Sí, no es apropiado que vaya en esa pose tan poco ortodoxa.


Me giré y percibí que el motivo de mi caída era que Castiel, muy gentilmente, había pisado mis botas, impidiéndome seguir gateando y destinándome a caer de bruces. Decidí ponerme de pie para recuperar al menos la dignidad que me quedaba después de haber intentado escapar a gatas.

―¿Qué tengo que hacer? ―pregunté al gatuno, que me contemplaba sereno con un nimbo de satisfacción reflejado en sus ojos.
―Hablamos luego Castiel, esta señorita debe hacerme algunos favores―al terminar la frase, escuché gritos dentro de la enfermería diciendo “Sayuri” “Sayuri”… Otra vez se había desmayado.
―¡Pero, oye Lysandre! ―gritó el pelirrojo. Le saqué la lengua. Enrojeció de furia y se dio media vuelta a malhumorados pasos.


De nuevo en el aula de música, Lysandre cerró la puerta, se dirigió a uno de los cajones del escritorio y empezó a ordenar algunos papeles que no alcancé a identificar. Lo cerró de un golpe seco y dirigió su atención hacia mí.

―Así que cantas
―Sí, algo…
―¿Cuál es tu registro habitual? ―parecía interesado.
―¿Mi… qué? ¿A qué te refieres exactamente?
―Tu voz, qué tipo de voz tienes al cantar―rió sutilmente.
―Mezzosoprano, creo… eso me decían mis profesores de música, aunque no suele ser el habitual. Me gusta romper esquemas―fanfarroneé.
―Adorable―señaló.
―¿Y tú que registro vocal tienes? ―dije, imitando su forma de hablar tan reposada.
―Ya lo conocerás un día―alardeó mofándose de mi forma de jactarme.
―¿Qué quieres decir con eso?
―Nada en particular, van a ser unos días muy largos, así que ya sabrás a lo que me refiero―se rascó la nariz, guiñando un ojo. Me recordó a un conejo frunciéndola―. Contéstame a una cosa, ¿sueles vestir así a menudo? ―alzó las cejas con intriga.


Cuando me miré, recordé súbitamente lo primero que cogí del armario: una blusa gris encorsetada en rosa pálido y detalles negros con unas mayas de un gris ligeramente más oscuro. Inspeccioné en busca de algún fallo a la hora de conjuntar colores, o quizás alguna mancha que no había notado por la mañana, pero cesé en la búsqueda al no encontrar nada anormal.

―Depende―dije―¿por qué?
―Me gusta―contestó sin modificar su expresión indescriptiblemente serena.
―No tiene que gustarle a nadie que no sea yo misma―refunfuñé.
―Si fueras menos desagradable igual hasta resultabas más encantadora―zanjó. Rebatió todos mis argumentos―. Nicole, vamos a pasar juntos más tiempo del que soportaremos ambos si no cambias tu actitud, así que te recomiendo que te acerques, colabores y me ayudes a  pensar en cómo podría entonar esta canción, pues no le encuentro el punto y algo me dice que tú gozas de algo más de experiencia que yo a pesar de los años que te llevo de ventaja. ¿Me concederías el honor de oír tu dulce voz?


Definitivamente, yo era la que no le encontraba el punto a aquel chico perdido en el tiempo; podía enfurecerse y rectificar en el mismo minuto, podía halagarme e insultarme en la misma frase sin contemplaciones. No era capaz de comprender qué clase de distorsionada realidad se dibujaba dentro de su cabeza cada vez que se disponía a actuar, pero era digno de estudio en cualquier caso.
Tras incontables rectificaciones y  estúpidas insinuaciones pude escabullirme de sus continuas escusas para mantenerme en cautiverio. Estaba extenuada de tanta lectura dramática de letras de canciones que hablaban de indiferencia, desamor y lasciva pasión. Demasiada desolación y temas desconocidos y poco interesantes para mí. Tan hastiada me hallaba que ni siquiera me dejé ver por la planta baja, únicamente el tiempo justo para coger mis pertenencias y marcharme a toda prisa del instituto.

Al llegar a casa comenzaron los interrogatorios de siempre. Las resplandecientes miradas de mis tíos esperando una noticia que celebrar: una amistad nueva, una buena nota, o un chico por el que se me fueran los ojos. Las respuestas siempre eran las mismas: no, no, mucho menos… Los hábitos eran siempre los mismos también, llegar, soltar la mochila en la mesa del recibidor para evitar que Noir se montase encima y la llenase de babas y algún que otro mechón de pelo kilométrico. Su recibimiento era el primero, antes que Sara y Albert incluso. Llegaba esa enorme bola de pelo ártica que era casi tan alta de pie como yo y me saludaba comedidamente pero con mucha efusividad. A continuación, subía las escaleras con garbo y abría la puerta del dormitorio para ser recibida nuevamente, esta vez, por mi versión privada de Lysandre en miniatura: Persia, mi gato común, gris y con rayas como las de un tigre. Pero al contrario que con mi alaskan malamute, yo tenía que acudir a arrullarle, ¡esa condenada bola de pelo perezosa!…
Era al recuperar mi sillón de la posesión del malévolo felino cuando finalmente aprovechaba para relajarme y bajar la guardia durante un tiempo que en ocasiones me parecía incalculable. Los gélidos colores de mi dormitorio me llevaban en la misma templanza en la que te sume flotar en las olas del mar: pierdes la noción del tiempo. El tono morado intenso era el principal protagonista de la vista general de la habitación, seguido del oscuro tono wengué de los muebles y por último, las ligeras chispas de tonos anaranjados que decoraban contadas áreas del dormitorio. Relajante y revitalizante por igual, sumamente espléndido.

Pasado un tiempo desconocido, bajé de nuevo y comprobé los deberes que no pensaba hacer―era nueva, aún podía escaquearme― y los volví a guardar dentro de la mochila, pero esta vez, llevándomela a mi dormitorio. Navegué por alguna que otra página de internet, buscando novedades sobre mis cantantes favoritos. Estaba perdida en un interesante artículo sobre la próxima gira de Lady Gaga y demás detalles cuando Noir me sacó del trance lamiéndome el codo, ya que sus lloriqueos no solían ser suficientes para que despertara de mi mundo paralelo. Le supliqué con la mirada que esperara, pero pensándolo bien, no me apetecía que acabara orinando en mi moqueta. Al levantarme, el despiadado gato de ojos dispares se apoderó de mi sillón.

―Disfruta mientras puedas―le dije. Respondió poniéndose boca arriba con su tripa blanquecina al aire. Me ganó de nuevo, sus respuestas eran contundentes.

Era la clásica hora a la que todo el mundo solía estar en su casa, navegando por internet, viendo la televisión, durmiendo tal y como era costumbre en el país… o incluso aún almorzando. Gracias a todo aquello las calles estaban repletas de silencio, excepto por algún que otro niño que salía de su casa para jugar con su vecino, pero éstos solo se me acercaban a ver a la enorme bestia de lengua colgante, ni siquiera lo tocaban.

Cinco calles exactamente, cinco calles tardó en concentrarse, lástima que perdió la intención al olfatear algo en el aire. Sin duda, el parque que veíamos a unos metros de nosotros. No me esforcé en llevarle la contraria, era complicado obligar a un perro de trineo a volver marcha atrás si él quería ir hacia delante, así que no hubiera importado si fuera yo o un equipo de futbol el que tirara de él, era un despilfarro de energía inútil.
En nuestro se camino se cruzó algún que otro perro, pero ninguno me angustió tanto como aquel beauceron oscuro que me prestó más atención a mí que a Noir y se aproximó a trote bárbaro. Intenté tirar de mi mascota ártica a otra dirección, pero no parecía dispuesta a irse de aquel parque sin conocer también a esa máquina arrolladora de matar―y romper calcetines―. No me costó demasiado reconocerle, ya que el collar de pinchos no es que fuera un accesorio muy distante del aspecto habitual de su odioso dueño.

―Sí, sí, hola hola, soy yo, sí―contestaba a la fiera que me rondaba.

Se detuvo a mi lado de repente y empezó a ladrar al aire, hacia atrás, y de nuevo al aire. Una desagradable voz provino de mi retaguardia.

―¡Demonio! ¡Tú siempre igual!―riñó al perro―. Vaya, interesante animalejo tienes ―añadió.
―¿No me digas? ―me giré con la peor de mis caras. Dio un respingo.
―¿Tú otra vez? ¡Estoy harto de tener que verte en el instituto, más aún en la calle!
―¡Aleja esa máquina arrolladora de mí, antes de que me destroce las mayas también!


La bestia no parecía estar dispuesta a apartarse de mí. Parecía King-Kong y yo la damisela en apuros. Cada vez que Castiel se intentaba acercar a su perro para atarlo, Noir le gruñía y aullaba.

―¿Máquina arrolladora dices de Demonio? ¿Has visto el tuyo? ¡Está loco!―Noir le volvió a gruñir, pero con algo de colmillos.
―Loca, loca―corregí―y en todo caso, loca―me agaché junto a mi perro y le hice carantoñas―. Mi cosita loca, mi cosita loca―Noir me dio unos cuantos lametazos. Miré al pelirrojo de reojo―. Ella sabe quién no me conviene cerca―señalé.
―Paso absolutamente de pelear contigo hoy, ¿me devuelves a mi perro? ―dijo. Tendí la mano para que me diera la correa.


No fue difícil encadenar a un perro que sentía delirio por mí, no se resistió en absoluto. Le di la correa a Castiel con un gesto de desdén añadido.

―Vámonos, Demonio―se giró y anduvo unos pasos hasta detenerse nuevamente―, por cierto, muy cursi tu mascota pensándolo mejor. La tienes tan repeinada que parece de cera.

Noir empezó a tirar de la correa, dispuesta a aniquilar a Castiel, pero hice un poco de esfuerzo en detenerla, aunque realmente me hubiera gustado ver al pelirrojo correr. Acaricié a mi monstruo peludo y le incité a adentrarnos en el parque para dejar atrás el altercado con el matón de poca monta.

Una vez de vuelta en casa al anochecer y con mi mascota dándome lametones agradeciendo el tremendo paseo mientras yo reposaba agotada en el sillón de mi dormitorio, me percaté de un trozo de papel que tenía enredado Noir en el collar, y lo arranqué pensando que era de haberse revolcado por el césped, pero al tirar, se partió en dos. En su bailarín descenso me fijé en que tenía algo escrito. Mi piel se heló cuando el pedazo que sostenía en mis manos decía en una preciosa caligrafía “¿No te gustan las”, le impedí a Noir comerse el otro trozo de papel que había caído al suelo y completé el mensaje con un “arañas?”.
Alguien había tenido la sangre fría de recordarme el incidente de Ámber, y ni siquiera sabía quién podría haberse acercado tanto a Noir como para engancharle una nota escrita, y en mis narices nada menos.

Los insistentes lametones de Noir en mi mano izquierda no lograron sacarme del trance en el que me había sumergido buscándole sentido a toda aquella locura, ritual que me persiguió el resto de la noche.

Modificado por Nickinicki (El 29/10/2012)

 

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El 21/04/2012 - #4 

 

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Cap. 8 Lluvia *

Menos mal que Nana me había pasado las respuestas de las últimas seis actividades de Física, sino, la profesora habría añadido un nuevo negativo a mi amplia lista de defectos en clase, como no atender, por ejemplo. Cuando dejó de mirarme con aire tan condescendiente, me giré hacia mi compañera.

―Gracias de nuevo―sonreí.
―¡De nada, Nicole! Seguro que tú también habrías hecho lo mismo―se sonrojó ligeramente.
―No confíes en ello―bromeé, y le guiñé un ojo para que captara el tono sarcástico, aunque en el fondo hablaba en serio.
―Eres de lo que no hay…―añadió―. ¿Qué es lo que te tiene tan perdida?
―Estoy loca por salir de aquí y buscar a Ámber―confesé.
―¡Pero Nicole! ¡No deberías! Aunque te hayan exculpado, seguro que ella no opina lo mismo.
―¿Crees que me importa ella o lo que piense? ―miré a Nana fijamente a los ojos, ella negó con la cabeza―. Efectivamente, no me interesa, pero sí quiero saber qué demonios está pasando y por qué la están cargando contra mí sin siquiera haber tenido tiempo de reaccionar―apreté los puños inconscientemente, desquebrajando la superficie del bolígrafo.
―¡Tranquilízate! ―exclamó Nana asustada por el inminente incidente.
―¿En serio debería tranquilizarme con las actividades, señorita Sheep? ―preguntó la profesora.
―¡No, no! ¡Perdone! ―Nana me miró de reojo, mientras yo intentaba aguantar las carcajadas.
―¿Puedo continuar entonces, señorita? Solo si usted lo ve bien, por supuesto―señaló.
―Sí, claro, perdone…


Continué haciendo mi papel de alumna trabajadora, aunque algunas de mis compañeras se quedaban bastante desconcertadas al verme zarandear el bolígrafo en alto como si estuviera escribiendo fórmulas de física en el aire. El repiqueo de un bolígrafo sobre una mesa logró ponerme de los nervios; me giré y busqué la atención de Korax.

―Detente ya, me tienes histérica―regañé.
―¿Y si no quiero? ―respondió.


Saltar de mi silla hacia su cuello, partirle todas mis libretas en la cabeza y sacarle los ojos con un lápiz HB. Eso hubiera hecho de no haber tenido a la profesora mirándome con lupa. Procuré mantener la calma, eso sí, la calma y quitarle el bolígrafo de las narices de un presto tirón.

―¿Qué haces? ¡Devuélvemelo! ―protestó la tenebrosa.
―Si cesas ya en tu intento de volverme loca a golpecitos.
―Me importas un pimiento, ¿para qué iba a querer volverte loca?
―No lo sé… ¿Por qué entre tú y el pelirrojo queréis matarme quizás? ―musité.
―Eres una paranoica, ¿lo sabías, zanahoria? ―se me cortó la respiración cuando dijo esto.
―Ni se te ocurra volver a llamarme eso―respondí.
―¿Zanahoria? ―sonrió con malicia―. Zanahoria. ¿Eso?
―Por tu bien, estúpida greñuda, cierra la boca―tartamudeé ligeramente en algunas palabras.
―No quiero, zanahoria.


Definitivamente tenía que hacerlo―no lo del lápiz HB, pero sí algo―.  Cogí sus apuntes y mi único bolígrafo de gel líquido; lo estallé sobre el cuaderno. No pareció inmutarse lo más mínimo a pesar del charco negruzco que se formó sobre su libreta. Debí suponerlo teniendo en cuenta que ella misma era una mancha oscura.

―No vuelvas a llamarme zanahoria, en tu vida, jamás―me giré hacia la pizarra.
―Zanahoria―murmuró.


La adrenalina siguió su recorrido natural, no lo pude resistir. Arrojé la silla contra la pobre Nana, saliendo de mi sitio original a zancadas y precipitándome sobre mi víctima. Korax no se esperaba mi desbocada reacción, y se levantó dejando caer la silla a mis pies para impedirme el paso hacia ella, pero salté por encima de la silla, posicionándome a unos centímetros de ella. Era toda una acróbata gracias a las intensivas clases de ballet a las que me había sometido desde temprana edad.

―Boo―dije. La clase entera, atónita, nos miraba a nosotras dos, inclusive la profesora, que no hacía nada por detenernos, o en cualquier caso, detenerme a mí, la única energúmena en ese momento.

Korax salió corriendo por la puerta del aula, y yo la seguí. Nunca he sido especialmente rápida, pero sí bastante ágil a la hora de perseguir a alguien. El calor de la sangre recorriendo mis venas en conjunto al frenesí de la adrenalina que se removía en mi interior me incitaba al prehistórico hábito de la caza. No tardaba en darle alcance, pero siempre optaba por doblar una esquina al verme de reojo a punto de hincarle el diente. Conseguí detenerla mientras ella bajaba las escaleras, ya que yo opté por saltarlas―sí, de una planta a la siguiente. Otras de mis jornadas deportivas intensivas, esta vez de kárate, me enseñaron a cómo se debe aterrizar desde ciertas alturas sin dañarse hueso o músculo alguno.

―¿Cuándo piensas parar? ―dije con frialdad. Volvió a subir las escaleras.

Subir ya no era tan fácil, pero seguía tan motivada que no consiguió alejarse mucho más de mí en su intento de escapar.  Mientras terminaba de subir, mirando fijamente los escalones para no caerme de boca, dobló la esquina y la escuché hablar con alguien.

―¿Qué haces? ―dijo su acompañante, todavía desconocido para mí.
―¡Me sigue, me sigue! ―gritó Korax.
―¿Quién? ¡Yo le daré una lección!


Al doblar la esquina descubrí a Korax agarrada al brazo de Castiel, que estaba en pose defensiva, esperando el ataque del matón que atormentaba a su amiga. Cuando me vio aparecer, esquizofrénica perdida, rechinando los dientes y con la mirada clavada en mi objetivo, se quedó perplejo.

―No sé qué has hecho, pero no puedo implicarme―dijo a la tenebrosa.
―¿Por qué? ―gritó Korax.
―Es una chica, no puedo atacarla aquí, ¡podrían expulsarme!―dio un paso atrás―. Arréglatelas.
―¡Castiel, maldito seas! ―exclamó la enmarañada morena, que emprendió de nuevo su huída.

Caminé lentamente mientras seguía cerca de Castiel, le miré de reojo para seguir marcando mis feroces distancias con él y proseguí la caza. Esta vez, Korax se me escapó, y aunque podía presentir su siniestra aura merodeando a mi alrededor, escondida, decidí darle cancha y dejar de atormentarla un poco, y ya que me encontraba próxima, fui hasta la sala de delegados a buscar a Nathaniel. Esperaba encontrarlo como siempre, removiendo papeles sin ton ni son, archivando carpetas misteriosamente revueltas… pero estaba estático, mirando a través de los empañados cristales de la ventana cómo el patio se convertía en una laguna de color arenoso. Aguardé unos instantes a que él saliera del trance por su cuenta, pero al ver que no sucedía, decidí entrar dando un ligero portazo.

―Nathaniel―dije con un tono suave.
―¡Oh! ¡Hola Nicole! ―sonrió con sutileza.
―Hola―le devolví la sonrisa―, ¿sabes dónde está tu hermana?
―Supongo que en clase―frunció el ceño con humor―, donde creo que tú deberías estar ahora mismo. ¿No?―añadió.
―Debería, tú lo has dicho… pero han decidido sacarme de mis casillas para variar.
―¿Castiel?
―No, su amiguita la sombra espantosa―hizo un gesto pensativo y cayó en cuenta de a quién me refería.
―Ya, te refieres a Crow―no pudo evitar soltar una pequeña risa―. Es algo tenebrosa la chica, sí, tienes razón.
―¿Qué me vas a contar? ―me uní en su fascinación por la lluvia.


Una de mis aficiones―si es que se le puede considerar afición―era observar la lluvia caer… una actividad sumamente relajante a la vez que escalofriante. Cuando caía con fuerza imperiosa sentía la necesidad de estar debajo de ella y dejar que arrancara de mi piel todo lo que no necesitara: mis dudas, mis problemas, mis angustias, mis pesadillas. Un romance perfecto entre ambas: yo me entregaba por completo aislando todos mis sentidos para estar con ella y a cambio, me libraba de todo lo malo que me atormentaba cada noche, todo lo que había hecho, lo que había deseado hacer… Tan típico de novela rosa que me sentía hasta ridícula al soñar con vivir eternamente bajo un cielo nuboso y saltando de charco en charco. La actividad más insulsa, la más estúpida, y me apasionaba como a una niña pequeña. Solo el suelo empapado en el que apoyaba mis pies, la lluvia y yo.
Cuando quise darme cuenta, ya estaba en la puerta del patio, aún bajo el techo del porche principal. No recordaba ni haberme despedido de Nathaniel, ni haber cruzado el pasillo. Magia quizás. No importaba.

―Hola―susurré antes de salir de la protección del techo del porche.

Todo lo descrito se quedaba en débiles palabras, comparado con el instante crucial, era absurdo. A medida que mi ropa se iba oscureciendo por la humedad, iba entrando en sintonía con la fuerza de las gotas. Antes de perder la razón, pude ver a Nathaniel pasmado, mirándome desde la sala de delegados dar vueltas sobre mí.
Al igual que en las películas―a veces me pasaba de teatral―, abrí los brazos y alcé la mirada al cielo. La gélida humedad me calaba hasta los huesos, y gracias a aquella sensación sentía mi querida, gris y fría ciudad de Londres muy cerca de mí.

Después de un tiempo inmensurable, volví a la vida real. El ritmo se había debilitado, al igual que mi entrega en ese momento. Me percaté de que tenía a todos los estudiantes estupefactos en el porche, mirando mi estado de trance. Caminé hacia el porche, sonriente y con la mirada ligeramente adormecida. Apenas deseaba fijarme en quiénes estaban allí, solo caminé, caminé hasta el pasillo y en dirección al aula de música, donde había acordado encontrarme cada día con Lysandre para cumplir mi castigo. Allí le encontré, de pie frente a la puerta y distraído hasta el instante en que me arrimé a él. Era fielmente puntual, y en parte, me agradaba que lo fuera.

―¡Ho…! ¡Dios santo Nicole! ¿Te ha sorprendido la lluvia? ―dijo con un dulce ronroneo.
―No, la he buscado―confesé, feliz como hace tiempo que no lo estaba, y todo gracias al masajeo constante de las gotas arrojadizas.
―Es una pena que te hayas empapado de pies a cabeza. No tienes muy buen aspecto así―murmuró desolado.


Empezó a sacar los brazos de su chaqueta victoriana, quedándose únicamente con su blusa y el chalequillo de corte clásico y sorprendentemente, la cogí sin reparos y me la puse. Desprendía un agradable perfume que seguía resultándome familiar y desconocido a la vez.

―No es muy femenina que digamos, pero al menos, te resguardará un poco.
―Gracias―sonreí. No se esperaba mi gratitud tan cercana.


Entramos al aula, dispuestos a seguir corrigiendo sus temas e ideas. Lysandre realmente tenía muy buenas ideas, y las letras no estaban del todo mal, pero no eran mi estilo. No podía reprocharle nada al menos.
Mayoritariamente, él solía indicarme qué buscaba en una canción determinada, y entonces, era mi turno; yo debía cantar y darle la entonación que me parecía adecuada, probando varias hasta que él oyera lo que deseaba oír, y acto seguido, tomaba notas sobre la letra original. De vez en cuando me permitía el lujo de cambiarle algunas líneas, pero muy de cuando en cuando.

―Esto ya es otra cosa, ¿ves? ―comenté, señalando mi corrección en la letra de una de las últimas canciones.
―No me extraña que pienses dedicarte a esto, tienes mucho talento y haces muy buenas directrices, Nicole―dijo el gatuno, sonriente.
―Supongo―reí. Me estremecí ligeramente por el frío.
―¿Tienes frío? ―observó.
―Ya estoy prácticamente seca, pero algo sí que tengo…―me tembliqueó la mandíbula un instante―. Vale, bastante―confesé.
―¿Por qué no lo has dicho antes? Suelen subir la calefacción en todo el edificio cuando llueve, pero parece que hoy es la excepción―se levantó y me pidió amablemente la chaqueta. La colocó sobre el sillón que estaba frente al escritorio y aferró su brazo a la forma de mi espalda, pegándome a él. El calor no tardó en ser notorio―¿Mejorando?―musitó.
―Sí―respondí ruborizada.
―Pues sigamos con esto―con su mano izquierda, cogió la letra de la canción en la que teníamos que trabajar y con su brazo derecho, recorría mi espalda de cintura a hombros y vuelta a empezar, frotando con la palma de su mano. Su alta figura me imponía más cuando estaba de pie.

Consiguió aplacar el frío, pero también logró aturdirme más, sobre todo cuando pensó que era suficiente paseo el que le había dado a su mano y decidió descansarla sobre mis hombros, obligándome a permanecer aferrada a su cuerpo. Intenté no ser grosera cuando estimé que ya era hora de dejarme algo de espacio, ya que aunque estaba ligeramente agradecida, seguía estando el problema de la cercanía innecesaria.

―Oye, Lysandre―dije.
―¿Si? ―murmuró.
―Ya no tengo frío―intenté que comprendiera a qué me refería.
―Estupendo―volvió a mirar la letra de la canción, ignorando mi insinuación.


Afortunadamente, llamaron a la puerta y probablemente pensó que no era adecuado que nos encontraran en esa tesitura estando a solas. Se distanció unos centímetros y recuperó su pose altiva habitual.

―Está abierto―afirmó.
―Tengo que hablar contigo, Lys―dijo Castiel asomado por la puerta, me dedicó una mirada de reojo algo desconcertante.
―¿Ahora? ―preguntó el gatuno con cierta irritación.
―Llevas dos días esquivándome, ya va siendo hora ¿no crees? ―insistió el pelirrojo.
―De acuerdo―y se dirigió a mí―, espero que no te importe, Nicole.
―¡Por supuesto que no! ―respondí.
―Excelente―cogió mi mano y me besó en la parte superior, gesto que en otra ocasión hubiera rechazado por completo, pero no con el metomentodo de Castiel delante―, un placer haber trabajado contigo de nuevo―añadió.
―El gusto es mío―dije poco convencida. Al salir, el pelirrojo y yo compartimos miradas cargadas de hostilidad.


Al volver al pasillo principal, había una multitud de estudiantes convocados frente a la sala de delegados, dónde se encontraba la directora dirigiéndose a todos muy disgustada.

―…además de revolver los expedientes, han desaparecido informes privados de muchos de los alumnos del centro, datos que tan solo son de propiedad de los centros docentes en los que hayáis estado en toda vuestra vida. Documentos médicos, solicitudes, amonestaciones… Mañana a primera hora se procederá a un registro de taquillas hasta que demos con el―hizo un inciso mirándome fijamente, aunque estaba bastante lejos―o la responsable de tan vergonzoso acto de delincuencia juvenil.  Menos mal que Nathaniel me lo ha comunicado, sino, solo Dios sabe lo que hubiéramos tardado en enterarnos de esto―parecía avergonzada en parte.

Me acerqué a una de mis amigas, la única que permanecía más ajena a todo el embrollo, comprobé si tenía los auriculares puestos y al ver que no, me dirigí a ella.

―Zuh―dio un respingo―. ¿Qué es todo esto? ¿Han robado expedientes?
―Así es―contestó, aún sobresaltada―. Mañana darán la lista de nombres de los alumnos que han sufrido el robo en sus documentos privados.


Toda la paz que me había transmitido la lluvia se marchó de inmediato. Inevitablemente, mi cerebro hizo un pequeño flashback de los últimos acontecimientos sucedidos desde mi llegada. Eran unos movimientos muy extraños. Saboteo a la chica más popular del instituto―aunque no culpaba a nadie de desear hacerlo―, inculparme en ello, la nota en el collar de Noir, y ahora un robo de documentos… 
Al otro lado del pasillo estaba Ámber, con el rostro algo compungido aún. No pude alcanzarla por culpa de la masa de gente que había por allí en medio, paralizada por la noticia. Cuando conseguí atravesar toda aquella muchedumbre, la perdí de vista. Tendría que dejarlo para otro día.


Al hacer el intercambio de materiales en mi mochila y la taquilla, me di cuenta de que me faltaba un cuaderno, pero no un cuaderno cualquiera. Era más que un diario, un confesionario de papel. Era lo único que necesitaba para terminar de perder la calma, era una libreta especial, algo que sobrepasaba los límites de la privacidad con su contenido, era casi una confesión incriminatoria en muchos aspectos para cualquiera que viviera acomodado en la norma social. ¿En qué mal momento se me había ocurrido llevármelo al instituto? Debía haberme esforzado más en encontrarle un buen escondite en mi habitación en lugar de cargar con él, pero pequé de imprudente.
Me dirigí a la salida, sin paraguas y al igual que vine, sin él. La lluvia había recobrado intensidad. Me quedé contemplando las puertas correderas unos minutos antes de salir.

―¿Piensas montar otro numerito al aire como a la hora del recreo? ¿Bailando bajo la lluvia? ―se jactó el pelirrojo.
―No―respondí con un débil hilo de voz―. Simplemente voy a caminar―guardó silencio durante unos segundos.
―Mira... vale, de acuerdo, puedo dejarte algo para que te cubras―dijo con cierto recelo.
―No, Castiel―le miré, en medio de un inminente trance―. Lo necesito.


Salí andando, lentamente.  Apenas sentía el agua azotar en mi cabello, ni en mi piel… No era momento de relajarse. Aunque no quería dejar salir por completo a ese plano oscuro de mi pasado, no me quedaba otra opción.
Vuelve a mí, Blackrose, te necesito ahora mismo.



Cap. 9 Investigación de un crimen *

Permanecí junto a mi taquilla, tal y como nos indicó la directora. Eran las ocho y cuarto de la mañana y apenas podía mantenerme en pie, aunque la ocasión requería de toda mi concentración. Debía de estar atenta al registro imparcial de taquillas. Cada mirada, expresión o gesto de cualquiera de mis compañeros podía delatar más acerca de mi némesis en el instituto.
Desgraciadamente, exceptuando alguna sustancia ilegal y más de una muestra de acoso escolar, no fueron encontrando nada destacable en el primer sector de taquillas, las de secundaria.
A medida que iban avanzando por aquellas pertenecientes a los estudiantes de bachiller iba estremeciéndome, estaba terminantemente prohibido que nosotros abriéramos nuestras taquillas al llegar―a riesgo de que ocultáramos pruebas―, y, aunque yo sabía que no había hecho nada, cualquiera podría haber colocado algo en mi taquilla, y además, teniendo en cuenta que yo era el objetivo número uno de la directora, me resultaba casi obvio que harían algo a parte de robar mi adorado cuaderno, cuya privacidad solo quedaba a salvo gracias a la protección que tenía, bastante exagerada para cualquiera, pero eficaz.

Pude ver perfectamente cómo la directora le susurraba al oído algo a uno de los encargados de registrar las taquillas y éste, en seguida, me miraba indiscretamente. Resultaba demasiado evidente que hablaban de mí. Por lo visto, decidieron saltarse la mitad de las taquillas de bachiller para ir directamente a la mía. Antes de que terminaran de acercarse a mí, me adelanté dando un feroz puñetazo a la puerta de mi taquilla y así, dejándola abierta antes de que nadie pudiera tomarse su tiempo para ver cuál era mi clave. La decepción se reflejó en la arrugada cara de la directora, que se sintió frustrada al adelantarse a todos para jactarse con gesto victorioso de cómo yo había sido la responsable y en cambio, contemplar mi taquilla vacía, con tan solo un par de fotos pegadas con celo y dos libros que se molestaron en registrar página a página.

Tomé la deliberada decisión de seguir a los encargados del registro y a la molesta anciana por todas las taquillas, alegando que pretendía reconocer mi cuaderno en alguna, aunque no parecían nada interesados en él, y era normal, pues no alcanzaban a comprender la magnitud de su importancia.
Finalmente, terminaron el trabajo de registro en la planta de los de primero sin éxito, ni para ellos, ni para mí. Algunos de los de segundo se quedaron boquiabiertos al ver que una estudiante de primero―aunque de su misma edad―se sumaba a los del registro y miraba con lupa después de ellos. Seguía sin rastro de mi cuaderno, mis anotaciones de travesuras, mis satíricas escrituras. Perdí la esperanza y dejé de prestar demasiada atención al resto del registro, no fui tan meticulosa al mirar como los encargados.

Permanecí un poco al margen cuando prácticamente era el turno de registrar la del pelirrojo, que parecía molesto por la idea―y por tener que asistir desde primera hora, parecía cansado―. Pero no di crédito a lo que vi. Los registradores encontraron un par de documentos de subjetiva información privada―subjetiva porque no contenían nada revelador, pero sin duda, eran de los archivos privados del instituto―. Yo no los vi. A lo que no di crédito fue a la expresión de Castiel. Su acostumbrado gesto soberbio se tornó a una confusión infinita. Perplejidad era lo que llenaban sus estremecidos ojos. Por primera vez noté el miedo recorrerle la piel y, durante un instante, dejamos a un lado nuestras rencillas y compartimos una mirada de desconcierto entre los dos, aunque la pregunta que quedaba en el aire era: ¿y mi cuaderno?


Después del suceso, todos tuvimos que volver a nuestras clases con aparente normalidad. Cada profesor narró la lista de nombres afectados por el robo en su clase correspondiente. No hacía falta aclarar que mi nombre figuraba en la ya mencionada lista.

―¿Castiel? ―preguntó Nana.
―Sí, teóricamente ha sido él, aunque en la práctica…―contesté.
―No me extrañaría nada, la verdad―confesó.
―Yo no estoy tan segura, Nana…
―¿No? ¡Pero si os lleváis fatal!
―Lo sé. Le aborrezco todos y cada uno de sus macabros cabellos rojizos.
―¿Entonces? ¿Por qué lo defiendes? ―inquirió.
―No lo defiendo, simplemente me intriga quién ha sido el auténtico autor del crimen. Si no ha sido él, debo saber quién ha sido―contesté. Me giré sobre el respaldo de mi asiento―Korax, ¿tú que opinas? ―parecía decaída.
―Grrrr…―gruñó―. Pues yo no creo que haya sido él, es muy bueno―me reí ante su última palabra―, pero como tampoco suele contarme absolutamente todo, no sé qué decirte.
―Comprendo―contemplé una estúpida idea, y la acepté de inmediato―. Pienso investigar más a fondo todo esto.
―¿Por qué tiendes a meterte en lo que no te llaman? ―dijo Korax, desafiante.
―Esto si me incumbe pequeña greñuda pretenciosa, ha desaparecido algo de mi propiedad privada, y recalco lo de privada―contesté.
―Habría que ver qué escondes―respondió.
―Chicas… bajad el tono―susurró Nana.
―Nada que te concierna, manchurrón―aclaré.
―¡Señoritas! ¡Queréis prestar atención de una vez! ―gritó el profesor Rowland.


Al salir de clase me dirigí inmediatamente al cuarto de baño femenino, esperando a que volviera a sonar la campana y que los pasillos estuvieran vacíos nuevamente, pero me sorprendieron en pleno intento.

―¡Nicki! ―exclamó Lamiroir―. Sal ya, está a punto de sonar y me consta que tu siguiente hora es de nuevo con el de literatura. No tiene muy buen carácter.
―No, Lamiroir, pienso quedarme aquí.
―¡Deja de saltarte clases!
―No es por eso, es por lo del registro de hoy―dije.
―¿Qué pasa con eso?
―Tengo que ir a investigar por mi cuenta―bajé un poco la voz y le susurré al oído―. Me han robado el cuaderno ―su cara sobrepasaba el pánico.
―¡No puede ser! ¿Cómo que te lo has traído? ―preguntó histérica.
―Tenía mucho que apuntar Lamiroir, han sido unos días extraños, además, no he encontrado dónde ocultarlo de mis tíos.
―Dios mío, Nicki… entiendo entonces tus motivaciones, pero si sigues faltando acabarán sancionándote.
―Eso no importa, ya sabes la vital importancia que tiene ese cuaderno Lamiroir, nadie puede verlo…
―¿Sigue teniendo candado?
―Sí, pero es cuestión de tiempo que el responsable logre abrirlo de una forma u otra―dije aterrorizada.
―De acuerdo… haré como si no te hubiera visto aquí. Te mandaré un SMS al móvil cuando estén los pasillos vacíos.
―Gracias Lami…


Diez minutos fue el tiempo exacto―aproximado en realidad―que tardaron los pasillos en quedar silenciosos y ausentes de cualquier tipo de vida, salvo ácaros. Salí disparada, directa hacia la taquilla del pelirrojo, y empleé la misma metódica de apertura que con la mía: puñetazo limpio. Era increíblemente inestable la seguridad de las malditas taquillas. Me río yo de la privacidad.
Esperaba poder encontrar una pista, algún fragmento de papel que se hubieran dejado los registradores. Una sola señal era lo que necesitaba, y nada fue lo que encontré. Solo cosas personales de Castiel que no me interesaban lo más mínimo y basura, era un chico al fin y al cabo. Cerré la taquilla de un portazo seco y sonoro.
Me dirigí a marcha rápida hacia la sala de delegados, pero no había nadie dentro. Quisiera haber encontrado a Nathaniel, pero me percaté de algo más valioso para ese momento: un mapa del edificio, y en él, reflejado el camino hacia el aula de castigos, donde seguramente tendrían a Castiel en esos momentos.

Corrí por los pasillos, escondiéndome ante sombras que creía que pertenecían a personas, pero eran simples juegos de luz. Una vez llegué a mi destino, me asomé por la rendija abierta del aula que buscaba, y dentro estaban Castiel y un hombre interrogándole. Éste último se dirigió a la puerta tras dar un golpe muy violento sobre la mesa que le separaba del pelirrojo. Me escondí tras la puerta, y entré cuando se marchó. Cerré con el pestillo que el malhumorado interrogador vio innecesario emplear anteriormente. Nuevamente, el pelirrojo estaba sorprendido.

―¿Eres parte de mi castigo? ―refunfuñó.
―Demonios, no. Solo vengo a cerciorarme de unas dudas que tengo respecto a todo este embrollo.
―¿Cómo qué? ―preguntó sin ganas.
―No creo que hayas sido tú.
―Bingo…―puso los ojos en blanco.
―Lo digo en serio, Castiel―quedó asombrado por mi convicción.
―¿Por qué me crees?
―Porque tu cara lo dijo todo en el momento en el que te enseñaron esos papeles.
―¿Qué entiendes tú de expresión facial?
―Mucho―me senté en la silla que tenía en frente―. Estuve dos años aislada en un internado femenino, me dediqué a investigar la sencilla psicología humana, además de los movimientos y reacciones de todos, tanto vigilantes como internadas, al igual que yo.
―Ah… Vaya―se removió el flequillo, sin saber exactamente que debería responder.
―Mira, además de mi expediente, han robado un cuaderno de vital importancia para mí.
―¿Escribías tus poesías en él? ―se burló.
―No precisamente, Castiel. Necesito investigar todo lo que pueda y encontrar ese cuaderno.
―¿Y para eso vienes? ¿A contarme tus planes?
―Vine porque quería que tuvieras una pequeña llama de fe en que alguien sabe que no has sido tú, aunque se trate de mí―le mantuve fija la mirada―. Además, quizás necesite tu colaboración para todo esto.
―Pues no sé para qué.


Empezaron a oírse unos pasos en el trasfondo del pasillo.

―Quizás ahora―me escondí debajo de su silla y de la mesa, quedando mi cara entre sus tobillos
―¿Pero qué haces? ―preguntó.
―Esconderme, si me pillan y me expulsan no tendré oportunidad de ayudarte.
―Arg―gruñó―¡Pero si está echado el pestillo!


El ruido pasó de largo del aula de castigo, esperé unos minutos como medida cautelar y salí del escondrijo.

―Deberías darle algo de brillo a tus botas, están hechas un desastre.
―Haré lo que me dé la gana.
―Bueno, no quiero pelear contigo por el momento―me sacudí el polvo de las mayas y me incorporé―. ¿Dónde crees que se pueden guardar los documentos requisados?
―¿Y a mí que me cuentas? ¿Qué voy a saber yo?
―¡Arg! De acuerdo, actuaré por mi cuenta, gracias por nada, idiota―me marché dejándole con la palabra en la boca.


Definitivamente tendría que actuar sola, ese estúpido jamás sería mínimamente educado ni aunque su vida pendiera de ello.
Me recorrí malhumorada los pasillos, buscando la sala de profesores, donde seguramente tendrían que estar los informes, y, afortunadamente, estaba vacía. Volví a echar el pestillo a la puerta para evitar sustos―aunque igualmente, me escondería si escuchaba algún ruido―. Registré un poco por los muebles y algunas carpetas que estaban mal organizadas sobre la enorme mesa principal de la sala. Estuve a punto de cesar mis intentos cuando me fijé en un brillo que llamó mi atención sobre los archivadores. Era una pequeña perla de color turquesa. Mis ojos captaron otro brillo, en el suelo esta vez. Otra perla turquesa. Recogí ambas y me agaché en busca de más, pero no encontré nada a parte de pelusas mal escondidas.

Salí con cautela de la sala de profesores, y me dirigí a la planta baja, en busca del delegado de 2ºA, Nathaniel. No pensaba revelarle mi hallazgo ya que, hasta que se demuestre lo contrario, todos eran culpables de incriminar al pelirrojo―hasta yo misma―. Lo encontré sentado en la silla, rellenando unos papeles.

―Hey, Nathaniel―murmuré desde la puerta.
―¿Nicole? Te gusta hacerme visitas ¿no? ―dijo sonriente.
―Esta vez vengo a preguntarte algo.
―¿No será sobre el caso de Castiel, no?
―Sí, así es.
―No te preocupes, seguramente lo expulsarán, o incluso puede que le denuncien, puedes regodearte un poco―rió.
―Puede que te sorprendas rubiales, pero creo que no ha sido él―se quedó atónito.
―¿Y quién si no? ―preguntó curioso.
―No tengo la menor idea, Nathaniel, pero por eso necesito que me eches una mano.
―¿Con qué?
―Necesito algunos de los documentos que encontraron en su taquilla
―Imposible, no puedo dártelos. Ni siquiera están completos, tiene que confesar dónde está el resto.
―Por favor, no quiero leerlos, solo echarles un vistazo.
―Ni hablar Nicole―se levantó, furioso―. No puedo saltarme las normas a la torera.


Me acerqué a él y empleé mi mejor mirada de súplica. No parecía receptivo, así que le cogí de las manos y procuré que me mirara a los ojos mientras seguía hablando.

―Por favor… no te lo rogaría si no fuera necesario.
―Nicole… yo…―tartamudeó, sonrojado.
―¡Nathaniel! ―exclamé. Me dejé caer de rodillas en el suelo, provocando un fuerte ruido por el impacto. Di unos suaves gemidos lastimeros. Se agachó precipitadamente para socorrerme―. Me han robado un cuaderno que tiene cosas muy personales mías. Sería tan vergonzoso que alguien lo viera…
―¿P-por qué?
―Porque hay cosas muy personales escritas y dibujadas en él―me sonrojé a propósito, no sin esfuerzo, y le miré fijamente con los ojos humedecidos―. Sería tan vergonzoso Nathaniel, yo te admiro y sería humillante que pudieras llegar a verlo―su rostro completo se puso de color rojo.


Se levantó raudo, se dirigió a un cajón con cerradura e introdujo una llave que tenía guardada en el bolsillo. Sacó una fina carpeta y me la puso delante, todo sin mirarme directamente a la cara, ruborizado aún.
Rebusqué con la misma femineidad de la que presumía en mis falsas declaraciones, pero tan solo pude apreciar que las páginas tenían sutiles manchas marrones sobre los extremos, pero no podía identificar de qué eran. Por mera curiosidad me acerqué las páginas a la nariz y las olisqueé discretamente. Les rondaba un aroma que me era familiar, pero ligeramente desagradable en el recuerdo, el cual no logré traer a la mente.

Le devolví la carpeta con delicadeza al delegado.

―No sé en que habrá podido ayudarte esto, pero espero que lo suficiente―volvió a guardarla bajo llave.
―Bastante, no sabes cuánto Nathaniel, no sabes cuánto―dije.
―Oye―volvió a dirigirme la mirada, menos vergonzoso―. ¿Tan… es lo que hay en ese cuaderno?
―Eso nunca se le puede preguntar a una chica, Nathaniel―sonreí tímidamente. Volvió a ruborizarse.


Decidí volver a buscar a Castiel, pero el aula de castigo estaba cerrada, así que pegué la oreja, pero no se oían ni respiraciones ni movimientos. Quizás ya habían expulsado a Castiel, pero no podría averiguarlo, por lo que decidí detener la incesante investigación que me había mantenido más entretenida de lo habitual y me fui al baño más cercano ante un ataque repentino de visitar el escusado―fruto de los nervios―. Estaba casi terminando cuando de repente escuché la puerta del baño abrirse y unas sonantes pisadas pasar adentro. Por instinto, me subí encima de la tapa y eché un vistazo sobre la puerta.

Fui testigo de la revelación del caso.



Cap. 10 Destapando malas coartadas *

Salí del baño cuando lo vi conveniente, pero decidí esperar a la hora del almuerzo para actuar.

Fui en busca de Lamiroir a la puerta de su clase, aunque no tuve que esperar demasiado ya que el timbre estaba a punto de sonar. En el camino hacia el patio oí la melodiosa voz de Lysandre pronunciar mi nombre.

―¡Nicole!
―Ahora no puedo detenerme a hablar Lysandre, entiéndelo.
―Pero…―empezó a decir.
―He dicho que no. Después, ¿de acuerdo? ―agarré la mano de Lamiroir y tiré de ella rápidamente sin dejar a ésta mediar ni un saludo.


Al llegar al patio me abordaron mis amigas, y entre ellas, se precipitó la energúmena de Korax.

―¿Dónde diablos te has metido? ¿Dónde está Castiel? ¿No ibas a hacer algo? ―la tenebrosa me atosigó a preguntas.
―¡Eh eh! ¡Deja a Nicki que ella no tiene por qué hacer nada!―rugió Rinalia.
―Un poco de respeto, Korax. No te diriges a ella en todo el día y utilizas esta ocasión para gritarle―dijo Belladona algo mosqueada.
―Chicas…―dije, pero no me hicieron caso.
―Acércate y te exterminamos―gruñó Suiseki.
―¡Eeeeeeeeeeeeeeeeh! ―grité―. ¡Ganado, venid a mí! ―me miraron con cara de pocos amigos―. Perdonad la expresión, pero es que no me hacíais ningún caso―empecé a explicarme―. A ver, yo le insinué a Korax que posiblemente me pondría a investigar todo esto.
―¿Qué?―dijeron entre todas.
―Sí, sé perfectamente que os desconcierta, ya que no congenio nada bien con Castiel, pero os aseguro que no ha sido por hacerle un favor a ese cafre pelirrojo―Korax gruñó con mi última expresión.
―¿Entonces? ¿Has estado jugando a Sherlock Holmes sin nosotras?―dijo Belladona algo decepcionada.
―Lo siento Bells, pero ha tenido que ser así.
―Aguafiestas―murmuró Zuh. No sabía que se estaba enterando de algo, siempre con sus auriculares…
―¿Has averiguado algo? ―preguntó Suiseki entusiasmada.
―Más o menos…
―¿Qué significa eso exactamente? ―dijo Rinalia.
―Ya lo sabréis después, todo a su debido tiempo.


Korax se marchó a pasos agigantados, furiosa de no obtener respuesta, pero no podía―ni quería―hacer nada por complacerla, ya que debía de elegir el momento apropiado o no tendría resultado la unión de pistas y la verdad quedaría únicamente revelada para mí y nadie más. Decidí darme una vuelta a solas por el patio, sin siquiera Lamiroir a mi lado. Necesitaba estar a solas con mis pensamientos y sospechas. Debía ser capaz de contemplar a todos los estudiantes pastando a gusto, como si nada hubiera ocurrido, verles en su salsa. Le di un par de sorbos a mi refresco―la cola me ayudaba a pensar fríamente―y proseguí mis rastreo con la mirada.

Antes de que sonara el timbre de nuevo, me dirigí al pasillo y subí a la segunda planta, con la suerte de encontrarme con quien quería.

―¡Ah! Castiel, menos mal que estás aquí―dije sin aliento.
―¿Tan desesperada estabas por verme? ―bromeó.
―Muy ingenioso, sí―contesté de mala gana―. Ya sé quién ha sido.
―¿Qué? ―no dio crédito a mi declaración.
―Lo que oyes, he conseguido hurgar entre los documentos robados que encontraron en tu taquilla y una serie de pistas me han ayudado a ver con claridad que mi sospecha inicial era la acertada.
―¿Cómo diablos conseguiste…? Bueno, no importa. Lo importante es que ahora correrás a decirlo, ¿no?
―Mas o menos.
―¿Cómo que más o menos? ¡No me vaciles, niñata!
―No empecemos que si no, me callo y dejo que te denuncien―balbucí.
―Pues no me toques las narices―gruñó.
―Créeme, no quiero tocarte nada―le miré con hastío de pies a cabeza―. Mi plan es muy básico, pero necesito ser la única que lo sepa.
―Por Dios―se llevó las manos a la cabeza―, mi expulsión depende de una flipada que se desvive al estilo Detective Conan.
―Soy tu única opción, confía en mí, o búscate las habichuelas por tu cuenta―le tendí la mano.
―No me queda de otra―la estrechó rápidamente.


Volví a mi aula, nerviosa porque pasaran las horas y finalmente decir públicamente quién había sido el culpable de toda esta farándula inútil, ya que ni siquiera tuvo la cortesía de dejar algún rastro que señalase directamente hacia mí, como un cabello en la escena del crimen y en su lugar, dejar parte de sus pertenencias. Era alguien torpe, pero mínimamente calculador ya que al menos, había dejado rastro del delito en la taquilla de alguien del que no dudarían jamás que pudiera ser culpable de algo, alguien con la mala reputación de Castiel, a pesar de que su objetivo principal era mi persona. Entre las cosas que me hacían pensar eso, estaban hechos como que no apareció ni un solo documento de mi expediente robado, a diferencia de los demás, y había desaparecido mi cuaderno diabólico. Solo deseaba que no hubiera sido capaz de abrirlo.

La particularidad de mi cuaderno, era que se trataba de una libreta de tapa metálica, forrada en terciopelo violeta, bordado plateado con la inscripción “Blackrose” y con una cerradura de extrema seguridad. El contenido era tan abusivamente peligroso, tan depravado, tan perturbador, que cualquier ser humano corriente podría tener pesadillas durante el resto de su vida, eso sí, con mi cara en ellas. Nadie lo suficientemente cuerdo podría permitirse el lujo de cotillear en él sin perder el juicio.

Era más fácil destruirlo que lograr leerlo.

Tenía a todas las chicas de clase más cercanas a mí pendientes de mis movimientos, mi expresión facial, atentas por si articulaba palabra alguna. La profesora se enfadaba cada vez que se daba cuenta de todo el numerito y se apresuraba a regañar a todas, incluso a mí, que no había hecho ni el intento de distraerlas, pero no podía culparla, ni a ella, ni a las chicas, ya que por un lado podía entender su frustración al ser ignorada. Era algo que detestaba, pero que afortunadamente rara vez me pasaba, y esa ocasión era prueba de ello, ya que siempre solía ser la indiscutible protagonista.
Milagrosamente y casi sin darme cuenta, las horas pasaron rápidamente: ya era la hora de almuerzo. La hora de servir la presa sobre los depredadores sociales.

La gente parecía estar enterada de que algo épico estaba a punto de suceder allí, y permanecían sentados, expectantes, sin almuerzo ni bandeja por delante de ellos sobre las mesas. Era halagador que incluso los profesores habían oído el rumor de que la nueva iba a liarla parda, por lo cual, también estaban atentos a cualquier locura que yo pudiera hacer, pero me limité a proseguir el plan. Me arrojé sobre la persona culpable, que estaba tan campante, ajena a todo lo que le rodeaba en ese momento, le toqué el hombro y le hablé en voz alta, aunque gracias a la buena acústica de la cafetería se oiría todo perfectamente.

―¿Qué quieres, calditos?―dijo soberbia.
―Tu cabeza en la bandeja, junto a una confesión de culpa―le respondí a Ámber. Se estremeció.
―No tengo ni idea de qué hablas―intentó proseguir su rutina, pero la detuve apenas se apartó unos pasos de mi vera.
―Sé perfectamente que tú has robado los informes desaparecidos.
―¿Para qué iba a querer yo los datos de tanta gente? ―rió.
―Para disimular, porque en realidad querías los míos―anduve hacia ella lentamente. Ámber respondió dando pasos hacia atrás.
―Estás histérica. Te crees que eres el centro del universo.
―Para creída ya te tenemos a ti―le agarré la muñeca con fuerza. Gimió de dolor. Alcé la mano ante todos―Mira, que bonita pulsera de perlas, pero…―se la arranqué de la muñeca―. Mira por donde, tiene un nudo hecho, parece que le falta algo ¿no crees, rubia? ―saqué de mi escote las perlas que encontré en la sala de profesores. Se quedó perpleja. Vi de reojo cómo los profesores se levantaron de los asientos con interés.
―¿Y qué? Has podido ser tú para inculparme―tragó saliva y siguió andando hacia atrás.
―Lo sé, me encantaría haberlo hecho… pero no he sido yo―sonreí con dulzura―. Otra cosa que me hace suponer que has sido tú fue una repugnante pestilencia―me giré hacia el público―, que notaréis cuando acudáis a ver los papeles―me dirigí de nuevo a la rubia―, que desprenden. Burberry.
―¿Qué? ―tartamudeó.
―Y no solo eso… además, como extra, hoy he estado en los aseos, escondida, y he visto como nuestra querida Ámber se maquillaba con polvos bronceadores frente al espejo, petulante para ella sola―me giré nuevamente al público―. Como sabrán, soy británica, por lo cual, el más mínimo intento de color sobre mi piel sería inútil y lerdo por mi parte―me giré de nuevo a mi presa―. ¿Te da vergüenza reconocer que no eres tan mona al natural?
―¿Y eso a qué viene? ―miró inquieta hacia los ojos que la contemplaban con malicia.
―Viene a que esos informes tienen algunas manchas marrones, muy similares a tu tono de piel actual―me lamí el dedo y lo froté en su mejilla―. ¿Qué es esto? ¡Polvos bronceadores, y bastante oscuros querida! ―señalé―. Dudo de que un desecho como Castiel acostumbre a maquillarse―reí.


Ámber quedó aprisionada contra la pared y mi mirada ferviente. Me acerqué y le susurré al oído.

―Ahora sí, puedes temerme. No pensaba hacer nada después de lo que sufriste con las arañas, pero no me dejas otra opción, pequeña. Cuando menos te lo esperes, caerás, llorarás y suplicarás por salir viva de una de las mías―musité con dulzura.

La rubia salió corriendo, hecha un mar de lágrimas. Todos los profesores corrieron detrás de ella, excepto una profesora―la más joven―, la que impartía las clases de inglés, que se acercó y en mitad del silencio me dijo:

―Ha molado Grey, ha molado―y se marchó llena de energía a seguir a los demás profesores.

Las chicas de la banda vinieron en avalancha hacia mí, nerviosas y entusiastas por mi actuación, apenas podía distinguir entre todas sus voces de soprano.

―¡Dios dios! ¡Ha sido genial, tía!
―¡Eres increíble!
―¡Menuda lección le has dado!
―¡Cásate conmigo, Nicki!


La alegría que removía mi cuerpo por dentro me duró muy poco cuando caí en cuenta de que aún me faltaba lo más importante. Mi cuaderno, la piza clave que me había hecho movilizarme para resolver el caso.

Esperé a que dejaran salir a Ámber del aula de castigos. Rogué a mis amigas acudir sola, ya que era algo más privado, y finalmente, después de casi treinta minutos, salió una chica irreconocible: el rímel negro recorriendo sus mejillas, rastro de lágrimas que se habían comido el color del maquillaje facial… pero no dudé en abordarla unos metros más adelante cruzándome en su camino y cortándole el paso. Me miró asustada cuando opté por arrinconarla contra las taquillas. Sí, me sentía bastante desbocada, enardecida de impaciencia por recuperar el objeto más valioso de mi vida.

―Mi cuaderno.
―No lo sé―rumió, aún llorando.
―¿Piensas dejar de jugar de una vez?
―No jugaría contigo ni en sueños, estúpida.
―Se me está acabando la paciencia, y los modales ya de paso. Dame mi cuaderno.
―Jamás haría eso―vaciló.
―Bien…―sonreí. Le agarré de la chaqueta vaquera y la alcé en el aire a unos centímetros de altura, agazapada contra una de las taquillas―. Por las malas entonces. Dámelo, ¡ahora! ―grité.
―¡Socorro! ―le cubrí la boca, sosteniéndola aún.
―Dame… mi… cuaderno…―esputé.


Empezó a lagrimear por la impotencia de no poder hacer nada. Cuando mi cuerpo se dejaba llevar por la ira, todo lo demás era incontrolable. Su respiración empezó a hacerse irregular y notaba cómo su pánico alimentaba mi ego. Cada minuto que pasó ahí arriba me pareció maravilloso. El terror en los ojos de alguien de corazón sucio era mi mejor combustible.
El gozo se interrumpió cuando alguien gritó mi nombre con tanta fuerza que ni siquiera pude adivinar quién era. Tiraron de mis brazos y me agarraron por la cintura, alejándome de Ámber.
―¡Suéltame! ―ordené al desconocido―. ¡No quiere devolverme mi cuaderno!
―¡Tranquilízate, pelirroja! ―gritó Castiel a mi espalda.
―¡Pienso matarla como no me lo dé!―rugí entre dientes.
―¡Eres patética! ―gritó la rubia, tirada en el suelo.


Castiel me agarró de los hombros, tirándome sobre las taquillas de la pared opuesta a dónde yo había aprisionado a Ámber. Apretó mi espalda contra ellas y giró la mirada hacia la rubia.

―Tú vete, y no caldees el ambiente, soy capaz de soltarla ahora mismo y no tienes más que mirar cómo está―Ámber empezó a levantarse pero el pelirrojo le siseó―. Por cierto, yo aún tengo que charlar contigo sobre tu intento de inculparme, así que, espabila y aléjate.

Ámber salió corriendo con los zapatos en la mano, pero yo solo veía como esa maldita engreída se escapaba del castigo que merecía.

―¡Suéltame Castiel! ¡Pienso cogerla y destrozarla! ―grité rabiosa, pero él me mantuvo aprisionada con sus brazos a ambos lados.

Escapé por debajo de éstos y corrí en la dirección en la que ella había escapado, pero no tardó ni tres pasos en darme alcance y volver a cogerme de los brazos. Esta vez me aprisionó contra la pared, agarrándome de los brazos y tapándome la boca con una de sus grandes manos.

―¡Dios! ¡Deja de gritar, suena diabólico! ―dijo algo mosqueado―Cálmate y quitaré la mano.

Me negué a cesar mis intentos por elevar la voz, por lo que abrí un poco más la boca y le mordí tan fuerte como pude.

―¡Maldita sea, enana! ―agitó la mano en el aire y acto seguido la empleó para mantenerme contra la pared.
―¡Suéltame! ¡Pienso ir a por ella y arrancarle los cabellos de mechón en mechón hasta recuperar mi cuaderno!
―¡Si me escucharas! ¡Pero no, tú nunca escuchas! ¡Pareces un jodido puma rabioso! ―antes de que pudiera responderle, sacó un objeto que me era más que familiar de dentro de su chaqueta. Mi cuaderno. Dejé de patalear.
―¿Cómo que lo tienes tú? ―protesté con ira.
―No lo tenía yo. Lysandre se lo quitó a Ámber cuando la vio esconder muchos documentos en una taquilla supuestamente sin dueño, cuando vio Blackrose escrito encima, supo que sería tuyo y forcejeó con ella hasta arrebatárselo―suspiró―. Me dijo que quiso dártelo pero no le diste oportunidad ni de saludarte.
―Ah… era eso―musité―. Ya puedes soltarme.
―¿No correrás a sacarle los ojos a Ámber? ―bromeó.
―No…―dije―. No por hoy―reí sin ganas.


Abracé el cuaderno y perdí la estabilidad, cayendo de rodillas por segunda vez en el día―pero esta vez, de verdad―. Castiel imitó el gesto que ya hizo Nathaniel en su momento.

―¡Eh! ¡Qué no vaya a darte una pájara ahora!
―No, no… es solo el efecto de haber sufrido una sobredosis de adrenalina natural. Se me baja la tensión de golpe―confesé.
―Así que ahora eres una Nicki indefensa ¿no? ―vaciló.
―¿Cómo me has llamado? ―pregunté estupefacta.
―Nada―dijo al darse cuenta de que había dicho mi nombre por primera vez, o segunda.
―Bueno, no importa―me levanté con mis propias fuerzas―. Deberías darme las gracias al menos.
―¿Por qué?
―Eres increíble… ¡por haber demostrado que eras inocente!
―Ah, eso… No te lo pedí, lo hiciste porque quisiste―señaló.
―¡Uuuuuuuuuuuuuuuuf!―rugí.
―A mí no me gruñas o te las verás conmigo, y no quisiera pegarle a una chica―hizo un inciso―bueno, sin contar con que debo castigar un poco a esa―señaló en la dirección a la que se fue Ámber.


Castiel empezó a caminar en su desgarbada y despreocupada postura de siempre. Ignoré todo lo relacionado con él y sus tonterías y me centré en mi tesoro, olvidando por completo el tema que aún estaba pendiente, el de las arañas y la notita. Apoyé la espalda contra la pared y miré al techo, abrazando mi cuaderno de nuevo. Suspiré con fuerza.

Libre, libre para seguir mi camino normal, mi banda, mis planes… Una oscura voz susurró en mi fuero interno.

―Y libre para castigar a Ámber.

Asentí para mis adentros esbozando una sonrisa.



Cap. 11 Actitud cotilla *

Ese día en el que hiciera frío o lloviese, aunque cayeran rayos o nevase, no podría ser más perfecto. Cuando sientes que nada es comparable a la sensación de levantarte con la mentalización del día en el que te encuentras. Palabra de siete letras. Viernes.

No solía ser una estudiante más, tampoco normal, ni corriente, pero me permitía el lujo de fingir serlo en alguna que otra ocasión, al igual que me cedía sonreír o bromear. A final de cuentas, era parte del propósito principal de aceptar el traslado a una nueva ciudad, un amago de reinicio personal.
Era el primer día que tenía clase de arte con el profesor Salvatore, un joven emprendedor y con ciertos atisbos de petulancia en torno a su trabajo. Aunque lo único que me incomodaba realmente era como se alborotaban mis compañeras cuando entraba por la puerta. Junto a la profesora de inglés, la señorita Stewart, era el más joven―y atractivo―de los profesores. Su aniñada expresión hacía creer que se trataba de un alumno repetidor o algo por el estilo, pero apenas pasabas a su vera unos minutos de más lograbas darte cuenta de la diferencia de edad, sobre todo cuando le veías ponerse estricto con los trabajos. Ningún alumno se toma tan en serio algo hasta entonces.
En ocasiones se excedía de simpático, dedicando ratos de su clase a conversar amenamente sobre lo que le propusieran―sin darse cuenta que no era más que una estratagema de los alumnos para perder tiempo―. Yo ni tan siquiera había dedicado tiempo a mostrarle los avances de cualquiera de mis trabajos artísticos, pero tampoco formaba parte de mi forma de ser el “lucirme” por algo que no fuera cantar.

En mitad de la hora de clase, alguien llamó a la puerta con suaves golpes, a un ritmo constante pero no molesto. Acto seguido, se abrió la puerta del aula y unos sedosos cabellos blancos con puntas oscuras se asomaron por el umbral.

―Señor Salvatore, vengo a llevarme a Nicole. La directora lo sabe.

El profesor me dedicó una mirada mordaz durante una milésima de segundo, y volvió a contemplar a Lysandre. En cambio, todas mis compañeras se giraron a mirarme con curiosidad. Me retorcí entre risotadas.

―¡Vamos a ver! ¡Que no he hecho nada chicas! ¡Es el castigo que me impusieron!―desvelé.
―Que suerte tienes, bandida―murmuró Zuh―, la primera vez que te castigan en tu vida y es condenada a pasar tiempo con él.
―Déjalo―gruñí.


Me levanté rápidamente, tropezando con mi mesa y arrastrándola unos centímetros. Seguí como si no hubiera pasado nada, pero el profesor me llamó la atención con una mirada notablemente hostil.

―Grey, para la semana que viene tendrás que tener tu trabajo hecho, por salir hoy antes.
―Lo tendrá, señor Salvatore―contestó Lysandre, empujándome hacia fuera de aula sin darme lugar a responder o despedirme.


A diferencia de los días que cumplí mi castigo, el gatuno me dirigió a otra dirección que no era el aula de música, y en lugar de ello, me hallaba saliendo al patio, que permanecía inmaculado, limpio y sin rastro de haber sido visitado aún―normal, eran las diez de la mañana.

―¿Por qué hemos venido aquí? ¿Y a esta hora? ―pregunté curiosa, me soltó de la mano y se detuvo en los bancos del patio que, normalmente, siempre suelen estar ocupados.
―En realidad no tengo letras que corregir contigo―admitió. Se sentó en el asiento de metal plateado sobre el que descansaban los primeros rayos de sol de la mañana. El destello luminoso relucía sobre su cabello de tal manera que estos parecían tener fulgor propio. Se echó completamente sobre el espaldar y me invitó a su lado.
―¿Entonces para qué me has sacado de clase? ―pregunté. Procedí a sentarme, pero menos acomodada que él, y con la mala suerte de que me daba el sol de cara.
―Ayer no te vi en todo el día.
―Ehm… respecto a eso, supongo que debo de darte las gracias, Lysandre, si no hubiera sido por ti, mi cuaderno…
―Descuida, sabía que tenía que devolvérselo a su dueña, pero no quiero tu gratitud―seguía mirando al frente, a un punto desconocido y con su ya acostumbrada tez seria.
―Ah, bueno, tenía que agradecértelo de todos modos. ¿Qué te pasa entonces? ―pregunté con interés.
―Solo quería disfrutar de tu compañía un rato, y sé no está bien que te haya sacado de tu clase, aunque yo también debería de estar en alguna―dirigió su mirada hacia algún otro punto―. Me agradas, pareces casi tan reservada como yo, y eso me hace sentir... cómodo.
―Bueno, supongo que me alegro de parecer reservada, es como soy a final de cuentas.
―Tu castigo acaba hoy―parecía no prestar atención a lo que yo dijera, por lo que decidí dejarle continuar―. Y después volveré a ser el único partícipe de mis propias conversaciones internas.
―¿Eh? Pero si tú te hablas con mucha gente―afirmé.
―Les dejo hablarme, pero no les dedico mayor importancia que la que le doy a una hoja mientras cae―pensó unos instantes y prosiguió―. Hoy solo quería pasar el rato en tu compañía, para tener un recuerdo reciente que no fuera trabajar en mis canciones.


Por algún motivo, sentí algo de compasión por aquella torturada alma que descansaba sentada frente a mí.

―Puedes venirte conmigo y con las chicas―me miró dudoso y se mostró receloso con un mero movimiento de cejas regañón―. No es necesario que vengas siempre, pero son agradables para pasar el rato, y seguro que no ponen reparos en que estés allí. A final de cuentas, ya prácticamente somos amigos―sonreí burlona y le puse mi mano con la palma hacia arriba, esperando a que la chocara como gesto cómplice.
―¿Somos amigos? ―dijo sobrecogido, como si no entendiera la expresión. Asentí con la cabeza.


Esperando a que chocara la palma de su mano con la mía, me sorprendí cuando tiro de mí y me aplastó directa contra su pecho, estrujándome entre sus brazos. Lejos de enternecerme por el gesto, me estremecí, nerviosa, angustiada y ligeramente incómoda, pero me resultó imposible escapar de esa postura. Era bastante fuerte.

―¡Lys! ¡Suéltame! ¡No puedo respirar! ―conseguí decir.
―¡Oh! ―exclamó, y me soltó―. He exagerado y eso no es propio en mí. Mis disculpas―me desvió la mirada, ruborizado.
―A veces resultas demasiado melodramático―contesté sin aliento―. Casi me matas.
―No, me temo que lo que te va a matar es eso―dijo en el mismo tono de voz serio de siempre, señalando a algún punto que se situaba en nuestro frente.


Quedé petrificada cuando miré en la dirección que él me indicó. Todas las ventanas, de todas las aulas, de toda la fachada principal del instituto estaban abarrotadas de alumnos curiosos con mentes enfermizamente morbosas. Parecía ser, que allá donde fuera, Lysandre era la expectación de todos, chicos y chicas, profesores y alumnos.

Tomé de la mano al viajero del tiempo y me lo llevé a rastras de allí, no tenía ganas de ser el espectáculo de todos, y menos para darles de qué hablar. Le convencí para que me enseñara alguna canción―era imposible que no tuviera ninguna para corregir―, y admitió que sí que tenía algún que otro borrador, y tras una regañina que otra por mi parte, continuamos el trabajo del que había sido encomendada en mi castigo hasta que sonó el timbre, y fue cuando le invité a acompañarme a mis paseos rutinarios por el patio con mis grupo de amigas. Accedió tras insistirle un par de veces, algo que no solía hacer, pero en cierto modo sentí que la situación lo requería y que, a final de cuentas le debía una.

Me adelanté un par de metros por delante de él y saludé apresuradamente a mis chicas, que estaban en el lugar de siempre, la única parte de las escaleras del porche a dónde llegaba sol. Me agaché en cuclillas junto a ellas.

―¡Hola hola! ―canturreé.
―¡Nicki! ―respondieron todas a la vez.
―¿Así que te has escapado de clase, eh? ―dijo Mixy con burla.
―Sí, y no se fue sola la señorita―murmuró Sayuri.
―Dejaros de murmullos―gruñí―. Escuchadme, hoy tendremos compañía―me giré e hice señas a la oscuridad de la puerta principal―. Ven, Lys.
―¿L.. Ly… Lysandre? ―tartamudearon Suiseki y Alicia.
―Sí―dije―¿No tendréis inconveniente, no? ―pregunté, aunque sin interés por la respuesta.
―Buenos días―musitó Lysandre, que permaneció de pie junto a mí.
―Siéntate―le ordené.
―No, gracias, así estoy bien, Nicole―contestó.
―Insisto―refunfuñé, pero no me hizo caso.


Como cada día, seguimos sopesando la posibilidad de repetir audición para poder encontrar una batería en condiciones, y quizás incluir una guitarrista más. Suiseki se sintió ofendida cuando planteé esa cuestión, pero reiteré en que no era que ella no me bastara, simplemente lo veía preciso para facilitarle la tarea y darle más ingenio a las canciones. Un único guitarrista puede acabar extasiado y con alguna lesión de muñeca si no controlaba el frenesí de un tema muy ajetreado. Lysandre no parecía estar dispuesto a incorporarse a la discusión, ni siquiera parecía prestar atención alguna a cualquiera de las allí presentes, salvo a mí. Fuera lo que fuera que dijera, de repente, me miraba y dejaba de estar en la inopia.

Pasados un rato, me levanté, invité al gatuno a quedarse allí con ellas, y nuevamente, e igual que en cada recreo, me dispuse a dar un paseo en solitario por todo el perímetro. Tiempo para pensar en algunas de las múltiples tretas que le debía a Ámber, aunque no logré avistarla por ninguna parte―probablemente se habría quedado en casa, asustada―. A quién sí vi de casualidad fue a la tenebrosa y al pelirrojo, como de costumbre, en su pandilla, junto a alguna que otra de mis compañeras de clase. Lo único destacable fue el instante en el que Korax, distraída con su mp4, le pasó un auricular al pelirrojo y éste, le levantó un pulgar como seña de aprobación, e incluso de disfrute.

Repito que era de esos días en los que me metía en el papel de alumna normal, y como a toda estudiante―y toda hija de vecino―, me devoraba la curiosidad en el estómago. ¿Qué tipo de música oiría un manchurrón de niebla negro como Korax?

En ese instante, mis preferencias a la hora de maquinar cambiaron radicalmente.

Antes de que se percataran demasiado de mi ausencia, y con intriga de saber cómo le había ido a Lysandre con ellas, corrí en su búsqueda, pero tan solo me encontré con todas socorriendo a Suiseki que estaba convaleciente en las escaleras, pero no vi rastro alguno de él.

―¿Qué ha pasado aquí? No os puedo dejar solas, ¡ya le habéis echado! ―siseé.
―Gra… gra… gra… gra…―murmuraba Suiseki sin sentido alguno.
―Lysandre nos dijo que tenía que irse, pero unos instantes antes se acercó a Sui y le dijo que le gustaba su pelo―contó Rinalia. Suiseki seguía murmurando lo mismo.
―Y a la muy tonta le ha dado un ataque―añadió Belladona.
―Gra… gra… gra… gra…―siguió murmurando.
―Creemos, después de diez minutos, que intenta decir “gracias”―inquirió Mixy.
―Se ha quedado pillada―se sumó Yoru a la conversación.
―Esto lo arreglo yo―sugerí. Me acerqué a la susodicha y le di una sonora colleja.
―¡Gracias Lysandre, a mí también me gusta tu pelo y tus ojos! ¡Son originales! ―terminó de decir finalmente―. ¿Dónde está? ―preguntó al regresar.
―Bienvenida al 2012, nena―bromeé―. Es un año con muchos avances tecnológicos, como el móvil con internet y pantalla táctil.
―¿Eh?
―¡Que te has quedado dormida en vida! ―rió Sayuri―. Fue tocarte el pelo y caíste en coma.
―¿En serio? ¿Lo ha notado? ―preguntó alterada. Sus ojos dispares se estremecieron.
―No creo, se fue sin mirar atrás―contestó Belladona.
―Menos mal―dijo aliviada.
―Anda anda… que estás fatal Sui―bromeé.


No dio tiempo a que se generase un nuevo tema de conversación cuando decidí adelantarme al timbre,  siendo acompañada únicamente por Sayuri y Zuh, pertenecientes también a mi clase, a la cual entramos a escondidas.

―¿Qué vamos a hacer exactamente? ―preguntó Sayuri.
―Buscar una cosa―dije. Había visto a Korax subir minutos antes, y deduje que a dejar su artefacto electrónico.
―Dinos el qué, Nicki―rogó Zuh.
―No insistáis, ahora lo sabréis.


Fui directa a la mochila de la tenebrosa y hurgué en los bolsillos hasta que di con el aparato en cuestión, el mismo que mostró en el patio. Lo cogí y lo encendí, empecé a toquetear de carpeta en carpeta buscando algo significativo.

―Nicki… si querías un reproductor, yo podría haberte dado uno, tengo cientos de ellos en mi casa que voy sustituyendo cada año por modelos nuevos―dijo Zuh.
―No seas mema―me coloqué los auriculares―, quiero saber qué hay aquí dentro―siguieron sin entenderme.


Entré a una subcarpeta del dispositivo llamada “Ensayos”, y casi todos se titulaban con un “Yo” por delante y alguna pobre descripción en dos palabras. Seleccioné uno cualquiera, al azar, que además, estaba en la lista de “reproducidos recientemente”.

Descubrí que una de las personas más tenazmente repelentes que me había cruzado en la vida tocaba un instrumento muy solicitado en mi banda en esos momentos; era una batería amateur bastante prometedora. Les di auriculares a las chicas y ambas me miraron, compartiendo con la mirada el mismo pensamiento.

Evidentemente, salimos del aula para volver a entrar al mismo tiempo que el resto de compañeros, aunque sin prisas ya que tocaba hora libre porque el profesor Rowland había faltado por motivos personales. Transcurridos unos minutos, Zuh y Sayuri vinieron hasta mi sitio y juntas nos giramos hacia Korax, la cual, cuando se percató, se quedó confusa. Nana, mi compañera de asiento, tampoco entendía gran cosa.

―Korax, sé algo de ti, y tú algo de mí―dije.
―¿De qué hablas?―murmuró.
―Yo tengo una banda, y necesito una batería―solté.
―…―guardó silencio.
―Y sé que tú tocas la batería y no demasiado mal, te diría que incluso bien.
―¿Cómo lo sabes? ―preguntó algo extrañada.
―Por esto―saqué el  mp4 del bolsillo de mi chaqueta y lo arrojé sobre su libreta.
―¡Eh! ¿Qué hacías con eso? ―lo recogió inmediatamente.
―Escuchar a mi futura batería. Como líder del grupo tengo derecho, ¿no crees? ―contesté.
―¿Quién ha dicho que vaya a formar parte?
―Yo, porque sé que quieres, admítelo―le dije con mirada desafiante.


Korax, sin contemplaciones, se levantó con sus cosas bajo el brazo y la mochila colgando del otro hombro. Realmente no entendía a cuento de qué siempre acababa huyendo de mí, y menos en esa ocasión en la que, prácticamente, estaba ofreciéndole el puesto de batería en mi banda.

Hastiada, decidí ignorar el último acontecimiento y concentrarme en lo que iba llegando ya. La hora de salir, la hora de escapar. En breves empezaría mi fin de semana.

Incalculables horas compartidas únicamente conmigo misma.

Modificado por Nickinicki (El 29/10/2012)

 

Parlanchina Mensajes: 1109
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El 21/04/2012 - #5 

 

Wooo
Me ha gustado mucho!
Me gusta como narras =D
Pobres calcetines jajaja

Espero el siguiente con ganas wink


 

Parlanchina Mensajes: 872
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El 21/04/2012 - #6 

 

Enganchada desde el primer momento. Con ganas de rocanrolear XD. Nicki, espero pronto que reclutes soldados wink Hasta entonces, felicidades por el primer capítulo, me ha parecido efervescente, casi onírico, hacía tiempo que quería disfrutar de una lectura así.

PD: ten cuidado, actualiza pronto que tengo a mis francotiradores puestos en el tejado de tu vecina XD Atentamente tuya, tu loca fan y batera, El cuervo vodoo XD


 

Tímida Mensajes: 161
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El 21/04/2012 - #7 

 

Ya quiero saber como sige ;v; es muy intrigante


 

Habladora Mensajes: 758
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El 21/04/2012 - #8 

 

¡Está genial! Tiene pinta de ser muy interesante y larga (esto último no es ningún problema) smile
A ver como le va en el primer día de insti


 

Parlanchina Mensajes: 1449
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El 21/04/2012 - #9 

 

Me gusta muchiiisiimoo big_smile aver como continua jeje tongue


 

ModeraDoces Mensajes: 3167
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El 21/04/2012 - #10 

 

http://imageshack.us/a/img844/3861/listadecapitulos.png

Cap. 1 Sin prometedoras expectativas*

Definitivamente, no quedaba ni una polvorienta caja que vaciar en el desván. Mi colección de libros de Anne Rice quedaba finalmente exiliada del imperio de la humedad―a pesar del clima cálido, era indiscutible que el ambiente en el barrio era acuoso, más o casi tanto que mi antiguo hogar―. Coloqué los libros en la estantería que tenía prevista para ello, sobre la cama, ahora que por fin Albert había apretado los tornillos y los espiches contra la pared, evitando así un futuro y trágico accidente doméstico que como mínimo me dejaría un buen chichón en la cabeza. Preferible prescindir de él en cualquier caso.

Recogí los restos roídos de cartón que antaño guardaban todos los accesorios de mi habitación y, con la mano que me quedaba libre, me colgué mi vieja mochila―quizás incluso más carcomida que el propio cartón― y bajé las escaleras tan lentamente como pude, ya que dada mi naturaleza abrumadoramente torpe, podía estar segura de que la muerte me acechaba en cada rincón puntiagudo de esa casa.

―Salgo―grité con la vaga esperanza de que no necesitara dar explicaciones.

Menos mal que fueron eso, vagas, ya que fue en vano.

― ¿A dónde vas, cielo? ―preguntó Sara con los ojos llenos de ilusión, apretando el plato que estaba fregando con un ansia intimidante. Yo no solía salir nunca y eso le suponía una maravillosa novedad.
―A dejar esto por ahí…
― ¿Y tu bolso? ¿Por qué lo llevas? ¿Vas a dar un paseo? ―al final, no sabía si se trataba de una pregunta o una orden.
―Sí… quiero conocer este sitio―mentí. Se me daba excepcionalmente bien con ellos, aunque no siempre.
― ¡Oh! ¡Cuánto me alegro cariño! ―se acercó, y demasiado―. Ten cuidado, y vuelve cuando quieras, pero procura avisarme si no vas a venir a cenar.

Asentí y salí por la puerta con una sonrisa de suficiencia, la cual mantuve hasta que estaba lo bastante lejos como para dejar de forzarla.
No tenía nada en contra de ese barrio de nombre cautivador a la vez que empalagoso, pero no era Londres. Ni en mil años hubiera cambiado las nubes grises por las casi inexistentes de Emerald View, el humo de la ciudad, las presencias bohemias en cada callejón, y sobre todo, mi pequeña banda de rock. Tenía que admitirlo, echaba de menos a mis detestables "amigas", por llamarlas de alguna forma, o al menos extrañaba las atenciones que me brindaban por temor a que desatara mi ira con cualquiera de ellas. Aunque el concepto de amistad es puramente subjetivo según la situación, en mi caso se comprendía que alguien formaba parte de mi círculo si se limitaba a seguirme y permitirme―como si tuvieran otra opción―ignorarles, y así era como pasaba los días en mi antiguo instituto, recorriendo los pasillos seguida de un séquito imponente. ¡Ah! ¡Qué tiempos!

Todo por la calle era monocromático: rosa pastel, azul pastel, verde pastel, y muchos más pasteles, pero ninguno que abriera el apetito de mi curiosidad precisamente. Ningún color que resaltara a través de mis Ray-ban’s negras. Enfermizamente normal. Seguí caminando hasta que me topé con, probablemente, la única tienda de ropa de allí, cuya fachada principal no llamaba especialmente la atención, pero puestos a perder el tiempo, no me suponía un problema inspeccionarla.

Al entrar y mirar las prendas no me sorprendí demasiado; la ropa, igual que el barrio, era empalagosa hasta doler, e incluso sin gafas de sol resultaba chocantemente monótona. Unos cuantos pares de calcetines negros fueron los únicos que llamaron mi atención, pero ya tenía como veinte decenas de pares. Lo único destacable quizás, la excéntrica ropa que llevaba el dependiente de la tienda. ¿No pensaba vender algo así en este país del caramelo y la gelatina? Iba ataviado de prendas que destacaban a simple vista por ser, indudablemente, de materiales de máxima calidad, de esos que no se podían encontrar en una costurera de barrio, es decir, de exportación. Dejando a un lado lo ostentoso de la ropa, el diseño era cuanto menos, impresionante: ambientado en la época victoriana y sin alteración ninguna de los que eran los típicos complementos, nada que te hiciera pensar que esa persona era del presente y no un estrafalario viajero del tiempo. Era imposible no detenerse a echarle una ojeada rápida, algo de lo que tampoco se privó él, ya que sus ojos me revisaron de pies a cabeza con una mirada devastadora. Salí de la tienda siseándole, un gesto muy habitual en mi gato cuando lo llevábamos a la bañera, y de hecho, si hubiera tenido rabo, también se hubiera erizado, pero me conformé con devolverle la mirada de reojo.

Por desgracia para mí y los calcetines negros que llevaba puestos en ese momento, estaba a punto de hacer exhibición pública de mi gran habilidad para ser el hazmerreír.
Al estar entretenida mirando al tejado rojizo de cada casa por la que pasaba, no divisé la enorme bestia que me arrolló, dejándome casi sin sentido del equilibrio, pero gracias a Dios pude contener la caída. Una vez de vuelta en el mundo terrenal, me fijé en que era un precioso―y gigantesco―perro negro de hocicos castaños, posiblemente de presa. Agitaba su cola sin control mientras olfateaba mis zapatillas. Intenté hacerle carantoñas―los perros, al igual que los gatos, eran mi debilidad. Lo único que me hacían ser más humana―, pero el susodicho no paraba de dar vueltas y ladrar con una extraña sonrisa en su hocico.

― ¡Vale! ¡Dame vueltas! ―sonreí, hablando sola. Sabía que el perro no me entendería, pero se me hacía ameno imaginar que sí.

Finalmente esa máquina de músculos dio por buena opción clavarme sus patas delanteras en el costado―si quería abrazarme, ese no era el modo más viable―, y acabé haciendo gala de los estrepitosos espectáculos de caída libre que se producían con un simple empujón.
Dolor no era suficiente para lo que sentí al aterrizar. La máquina―desde ahora, de matar―canina se marchó unos metros y le oí volver corriendo―¿querría acabar conmigo?

―¡Vaya! No esperaba que mi perro dejara caer a alguien―dijo una voz grave, ligeramente armoniosa, pero con un sonido intercalado entre cada palabra. ¿Estaba riéndose?

No sé cuál habría sido mi cara en ese instante, pero no debía de ser la más adorable que habría puesto hasta el momento. Cortó su risa de inmediato, y mi cólera se hizo tangible, más aún cuando al fin le podía poner cara al propietario de la máquina de matar. De primeras, el susodicho me supuso un contraste con todo lo que había observado en el vecindario hasta el momento. Tenía el cabello decolorado a rojo incendiario, semi largo y con un corte de pelo bastante dudoso, ya que algunos de los mechones quedaban de formas puntiagudas y desordenadas alzándose sobre sus mejillas mientras otros tantos se le deslizaban sutilmente por el cuello. Su vestuario tampoco es que tuviera mucho que ver con Amoris Ville; llevaba una camiseta negra ajustada, unos pantalones, chaqueta y botas del mismo color, junto a alguna que otra pulsera de pinchos. ¿De dónde se habría escapado? Y lo más importante, ¿habría comprado la ropa muy lejos del barrio? ¡No te descentres!

―¡Tú! ―exclamé con ira―. Vas a pagarme los calcetines, sí, o sí. ¿De acuerdo? ―me levanté y señalé los agujeros que se habían formado por la fricción contra la acera. Clavé mi dedo índice sobre su chaqueta, su detestablemente fabulosa chaqueta. La rabia también relampagueó en su cara en ese preciso instante.
―Mira… si eres torpe no es mi problema. Debes de desprender un olor raro para que mi perro se haya descontrolado a tu alrededor―me echó un vistazo rápido―. Además, tienen pinta de viejos―observó señalando a mis rodillas―. Cómprate otros y santas pascuas.
―Eso es lo que vas a hacer tú―sonreí con sátira y tono inquisidor.
―Ni en el mejor de tus sueños haría tal cosa por una insufrible y ridícula pija toca narices.

Se giró sin contemplaciones y se dispuso a marcharse. Se dispuso, porque no le dejé. Perdí las formas y mis finos modales ingleses para arrojarme encima de él como si fuera un águila cazando una ardilla―o bueno, dados los movimientos, yo parecía una ardilla―. Conseguí hacerle caer, y se giró tras el impacto, modo gracias al cual pude comprobar cómo su cara tornaba a un caos emotivo peor que el de la mía.

―Oooooh… Se está sorteando una paliza, y no querría que se llevase todas las papeletas una chica. ¿Estás loca o qué, enana?
―Para tu información, no debo de ser mucho menor que tú―recuperé mi postura de señorita y continué―. ¡Quiero mis calcetines, rufián! ―como otras tantas veces cuando perdía los nervios, noté como florecía mi acento británico cada pocas palabras. Maldición.
―Gracioso acento, estúpida idea. ¡Ahora vete, antes de que te achuche al perro! ¡No le gustan los guiris!―dijo entre carcajadas, pero con una vislumbre de enfado en sus palabras.

Se levantó de inmediato, pero no sin sacarme antes la lengua, y entonces sí, echó a correr. La bestia arrolladora le siguió a grandes pasos, mayores que los de él.

―¡Me los debes! ―grité, como si acaso fuera a oírme, o como si estuviera en el escenario de un teatro e interpretando mi papel en solitario. Escena sobrada en cualquier caso.

Volví caminando, tambaleándome llena de frustración. Mi estancia en ese sitio no apuntaba nada bien, y mucho menos con engreídos como el objeto de mi total odio desde que me había mudado―siempre tenía una víctima que despedazar mentalmente allá donde fuera―. Volví a la tienda de ropa de la que había salido tan amuermada, y con cara de resignación, le pagué al dependiente, dedicándole la más malévola de mis miradas. Tú ganas esta vez, pensé, mientras que él se limitó a esbozar una insípida sonrisa que no decía nada en absoluto.

Cuando salí, reparé en que al principio tenía intención de fisgonear aquel vecindario, y no fue hasta que miré el reloj de mi bolsillo cuando caí en la cuenta de que había tardado menos de una hora en odiar un pequeño porcentaje del lugar, por lo que me resistí a la idea de continuar la expedición, que con la suerte que solía tener, de seguro me encontraba con otro centenar de ejemplares humanos dignos de estudio, y no me sentía muy investigadora como para eso. Me limité a dar media vuelta por donde había venido y regresar a mi nuevo, flamante y pasteloso hogar.

Al llegar a casa y alcanzar mi cueva―también conocida como habitación―necesitaba algo de optimismo, emoción que habitualmente no era muy propia en mí. Y sabía perfectamente a quién debería llamar para tener una buena ración. Descolgué el teléfono y empecé a marcar, aunque presa del nerviosismo, tuve que repetir la maniobra varias veces hasta acertar correctamente con los números.

―¿Dígame? ―contestó la señora Oselle, fácilmente reconocible por su timbre agonioso.
―¿Está Lamiroir en casa?
― ¡Oh! Nicole, eres tú. Sara me dijo que llamarías en algún momento―se apartó del teléfono y tapó el micrófono―. ¡Lamiroir! ¡Te llaman! ―gritó. La oí igual de bien que sin tapar―. Enseguida se pone.

No tardé mucho en oír la tintineante voz de Lamiroir, la única conocida que tenía allí. Se había mudado a Amoris Ville mucho tiempo antes que yo, de ahí que cortáramos el contacto durante unos años, y también de ahí que no me encadenase a la verja de mi antigua casa para impedir la mudanza.

―¡Nicki! ―respondió efusiva―¡Creía que ibas a venir a mi casa! Había preparado las pastas que tanto te gustan. Ahora se echarán a perder―dijo en tono lastimero.
―No te preocupes por eso. Te juro que iba a ir, pero he tenido un pequeño percance… ya te daré más detalles, no quisiera pensar en eso ahora mismo. ¡Necesito emoción!
―Espero que no haya sido nada grave… ¡bueno! ¡Mañana instituto! ¿No estás entusiasmada? ―emoción incorrecta. Más bien, desolada.
―Algo, quizás. En realidad sí, tengo ganas―mentí.
―Preferirías tirarte de un puente―musitó desanimada. Qué bien reconocía mis estados, con suma y preocupante facilidad, de hecho.
―Para qué negarlo. Menos mal que también estás allí, bueno, ¿cómo no ibas a estarlo? Es el único centro educativo… Al menos, estaremos juntas.
―¡Ajá! ¡Juntas de nuevo! ―el frenesí se desbordó a través de mi auricular―. Oh, te tengo que dejar, he de preparar las cosas para mañana. ¡Ya verás, haré que te olvides de todo ese mal rollo tuyo! Un beso enorme, Nicki.

Me quedé con la despedida en la boca; colgó el teléfono rápidamente. No había cambiado un ápice, igual de alocada y alegre que siempre, y en parte, me alegraba ver que no había dejado de ser aquella encantadora niña de rizos dorados de cándida sonrisa, infantiles pecas y aceleración frenética a la hora de cortar una conversación.

Al anochecer, con una manta de recuerdos de mi niñez y la persiana echada del todo, arrullé mi almohada, rezando a la oscuridad del dormitorio no ser el centro de atención en el Sweet Amoris. La nueva, iba a ser carne fresca.

Dejé que mis temores y débiles ilusiones se apropiaran de mi sueño para así volver a convertirme en la dueña absoluta de mi vida, la que no parecía que fuera a recuperar fácilmente.



Cap 2. Infracción y castigo*

No tenía arreglo; por mucho anti-ojeras que decidiera utilizar jamás podría deshacerme de las sombras que enmarcaban mi mirada. Planteándolo por el lado positivo, mi aspecto espantaría tanto que nadie se atrevería a presentarse a una nueva estudiante zombi, y además, hacía juego con mi delineado negro. Todo eran ventajas por doquier.

Un breve paseo de cinco minutos y ya era capaz de ver la afluencia de gente entrando al instituto, y destacando entre la muchedumbre, grácil cual bailarina, estaba saludándome Lamiroir. Llevaba un uniforme del que yo no tenía conocimiento alguno―¿es qué acaso no se podía venir de cualquier forma? ―, aunque el suyo no era igual al de ninguna otra chica. La falda de tablas estaba perfectamente planchada, su jersey impecable y con los puños de la camisa intachablemente doblados hacía atrás. Me acerqué cautelosa e imité su gesto de abrazo, ya que puestos a ser sinceros, le había echado de menos, aunque eso del contacto no fuera lo mío, pero en fin, por una vez...

―¡Debes darte prisa! Me he quedado esperándote, pero la verdad es que ya llegas tarde a tu primera clase―confesó avergonzada―. Se me olvidó darte el horario.
―Oh, bueno, no importa―me encogí de hombros y le guiñé un ojo con complicidad―, soy la nueva.
―Espero que esa actitud tan positiva te dure hasta el final del día―dijo con cierto deseo.
―Confórmate con que llegue al recreo sin hacer rodar cabezas―roté los ojos y resoplé.
―Que poco ha durado―murmuró.
―Vámonos, anda.


Si ya me resultaba horripilante la idea de volver a empezar como nueva alumna en un instituto, peor me sentaba saber que no tendría a la única cara conocida del lugar en mi clase, por lo que crucé el pasillo con desgana. Una vez hechas las despedidas en el cruce, me dejé arrastrar hasta la puerta del aula y me asomé como si fuera un conejo intentando avistar enemigos que me pretendieran cazar, y la peor amenaza me había visto. El profesor de literatura me hizo repetidos gestos para que entrara, y el silencio se hizo perenne cuando crucé la puerta, pero para mi sorpresa, mi clase no era tan regular como un cartón de huevos; muchos llevaban uniforme, y otros, simplemente no, o incluso a medias. El profesor empezó a hablar como iniciación para mi presentación, pero me adelanté a él interrumpiéndole:
―¿Puedo sentarme? ―solicité.
―Bueno, de acuerdo, señorita Grey―dijo malhumorado―, en la cuarta y quinta fila hay varios sitios libres, siéntese con alguna de sus compañeras.


Caminé hasta el fondo; quería el asiento más privado posible, lejos de las miradas curiosas de mis compañeros. Sopesé durante un minuto sentarme junto a una chica con un aspecto mucho más siniestro que el mío, pero el segundo que se cruzaron nuestras miradas fue más que suficiente para descartar esa opción. Aquel suspiro que dio, junto a su vuelta de ojos… me pareció una actitud demasiado descortés como para siquiera planteármelo. Me senté una fila por delante suya, sin pararme mirar a mi compañera de pupitre antes de hacerlo.  Giré ligeramente mi rostro y la observé de reojo, y una centella de bochorno le estremeció al darse cuenta. Llevaba su oscuro cabello recogido en un maltrecho moño, fruto de las prisas por, seguramente, haber dormido más de la cuenta, y era otra de las muchas que llevaban el uniforme a medias. Cuando abrí la boca una milésima para saludarla, tembló de nuevo. Eso me hizo reír por primera vez en la mañana.

―Nicole.
―¿Eh? ¿Cómo? ―titubeó, nerviosa.
―Me llamo Nicole Grey.
―¡Ah! Yo me llamo Nana―se ruborizó más aún―Nana Sheep. ¡Encantada! ―el tono de su voz se descontroló por una milésima de segundo, subiéndolo demasiado en su última palabra.


¿Tanto miedo daba mi cara de recién levantada? Estaba más acostumbrada a que ese fenómeno se diera al pronunciar mi nombre, no al mirarme.

―Encantada Nana, dime algo, ¿todas las clases son aquí, en el mismo aula?
―S-sí―respondió entrecortada―. Bueno, a veces en clase de arte, el profesor Salvatore nos saca al patio para que captemos sus enseñanzas de manera más apropiada.
―Arte… bueno, algo es algo. Gracias―me giré nuevamente, mirando al frente.
―¡Ah!―parecía haberse acordado de repente de algo importante. Se sonrojó de nuevo―. La clase de música y de educación física, nunca son aquí.
―¿Música?―por fin algo que me sonaba suculento―. ¿Dais música? ¿Práctica o solo teoría?
―Más práctica que teoría―abrió los ojos con sorpresa al notar la alegría de mis palabras―¿te gusta?
―Ya lo verás en su momento―respondí con media sonrisa.


La clase fue… bueno, no sabría decir de qué hablaba el profesor Rowland, pero sí sabía el nombre de algunas de mis compañeras finalmente, gracias al plano que le pedí a Nana con la posición de los asientos. La tenebrosa se llamaba Korax Crow, un nombre seguramente ideal para ir tachando de mi lista de personas a las que hablar―tengo listas para todo―, en la pareja de asientos que estaba frente a mí tenía a Zuh River y a Melody Blue, la delegada de clase. No había levantado la cabeza del plano ni había logrado ver todos los nombres cuando al fin sonó la campana. Bendito timbre.

La siguiente hora cundió para aprenderme el resto de nombres y, empezar a vislumbrar por sus comentarios, quiénes eran las más aplicadas, las más torpes, o las más alocadas… No reparé mucho interés en ellas por el momento, ya que era mi primer día y podía ser presa de cualquier novatada si no me andaba con ojo. No es que me sintiera con demasiadas ganas de volver a las andadas que intentaba dejar atrás.

La hora contigua, y anterior al recreo, fue la más perfecta de todas: hora libre. El profesor de arte había faltado y no teníamos que dar su clase. Me pasé la hora dibujando y rezando porque acabara pronto el insufrible jaleo de charlatanas de mi alrededor que me dedicaban algunas miradas de cuando en cuando, interrumpiendo sus cuchicheos cuando lo veían necesario para asegurarse de la confidencialidad de sus chismorreos de colegialas. Lo extraño era no ver sonrisas malintencionadas en sus caras, tan solo ojos curiosos.

Salí lanzada por la puerta nada más terminó la clase en busca de Lamiroir como una obsesa, empujando a toda aquella masa de clones uniformados. Me habían dedicado algún que otro insulto, pero hice caso omiso y me relajé cuando me encontré con mi ansiada amiga de tirabuzones rubios.

―¡Ah! ¡Yo también me alegro de verte Nicki! ¿Cómo te fue? ―le devolví una respuesta con un leve gruñido.

No pudo aguantar demasiado la risa conforme le iba narrando mis aventuras en el país de las pesadillas, 1ºA de Bachillerato. Su respuesta a todo era un dulce ”que melodramática eres”, a lo que yo hinchaba mis mejillas y le soplaba en los rizos, ávida de verlos bailar.
Apenas había comenzado a entrar en detalles de mi gran encontronazo de la tarde anterior cuando, de repente, la feroz crueldad en la voz de aquel truhán aún seguía tamborileando en mi cabeza, su macabra risa era aún partícipe de mis pensamientos. Ah, no, no lo estoy imaginando.

En un grupo más bien reducido de personas, alguna creo que incluso de mi propia clase, estaba ahí, él. Su macarra estilo de pelo, despeinado y teñido de rojo escarlata, sus botas de cuero negro con tachuelas, sus pulseras de pinchos… eran inconfundibles señales de que el destino me brindaba otra oportunidad. Salí corriendo ante la sorpresa de mi amiga, y la de todos, y es que sinceramente, ni yo misma me esperaba volver a repetir la hazaña de saltar sobre él.

―¡Calcetines! ―grité furiosa, postrándolo bocabajo, tumbado sobre el suelo con parte de mi melena sumiendo su rostro entre gravilla y cabellos cobrizos. Mis rodillas aguantaban la resistencia sobre su espalda, pero me tiró sin dificultad. Su mirada, nuevamente, era arrolladoramente letal, de un gris metálico tan frío como cortante.
―¿Tú? Joder... ¡Al final te la vas a llevar!―rugió. Aún sentado en el suelo, alzó el puño como gesto de amenaza, a lo que respondí encarándole a pocos centímetros de distancia.
―¡Cal-ce-ti-nes! ―escupí cada sílaba de mis queridas prendas de vestir, destrozadas por el bárbaro de su can. Enfureció más, apretando el puño para contenerse.


Antes de que pudiéramos profundizar en una batalla épica solo comparable a una explosión nuclear, tiraron de mí fuerzas por las que me dejé llevar para al menos, levantarme, con la intención de arrojarme sobre mi objetivo nuevamente, pero no me permitieron avanzar. Reconocí los bucles dorados de Lamiroir y el aura de tinieblas de mi compañera de clase non grata.

―¡Aguantad a Castiel! Yo me llevo a esta a otro lado―mi amiga no le dedicó una buena mirada a Korax a pesar de la infinita paciencia que tenía con todo el mundo, pero yo era intocable para ella. Me llevaron a rastras hasta el baño femenino, del cual salieron repelidas las chicas que estaban aseándose; mis rugidos parecían endemoniados.
―¡Soltadme! ¡Lo voy a triturar y escupir como un trozo de papel!
―¡Nicole Angela Grey! ¡Contrólate ahora mismo o no respondo! ―gritó, no sin esfuerzo, la rubia. Enseguida se sonrojó, avergonzada por alzar la voz, pero su amenaza funcionó.
―¿Se puede saber por qué has intentado agredir a mi amigo? ¿Quién te crees que eres?―soltó Korax con desafío.
―¡Su víctima! ¡Me debe un par de calcetines! ―su cara no daba crédito al objeto de mi exigencia.
―¿Unos roídos y pestilentes calcetines? ¿Por eso has atacado a Castiel?―luchó por contener la risa.
―¡Cómo-se-llame me debe un par nuevo!―repetí. Lamiroir lucía avergonzada de mis gritos.
―Escúchame, Nicole―hizo burla de mi nombre completo―, yo lo hablaré con él, ¿de acuerdo? Pero tú mantente lejos de mi vista y de la suya, lo que le hagas a él, me lo haces a mí, y no te conviene caerme del todo mal.

Afirmé con la cabeza, y la mata de pelos negros se marchó entre risotadas. Lamiroir tuvo que dedicarme una mirada de reprimenda otra vez para que controlara mi genio. Cuando me relajé, salí del baño agarrada del brazo de mi amiga. De lejos, el grupo de macarras del rufián se tronchaba a mi costa, todos, menos él, que seguía mirándome de lejos con un profundo resentimiento. Nuestras miradas se unieron en lo que fue un tiempo inmensurable, incluso con dagas volando entre ambos. Me cortó el campo de visión una señora de gruesas formas y canos cabellos a la que no dediqué muy buen gesto en consecuencia.

―Señorita, he visto el acto de violencia que ha hecho contra otro alumno, ¡y le informo de que no quedará impune! Espéreme en la sala de delegados―miró a Lamiroir y prosiguió dirigiéndose a ella―, señorita Oselle, lleve a la atrevida de su amiga a donde le he indicado. Espero que usted no tenga nada que ver en esto.
―No―me burlé, imitando su ronca voz. Lamiroir se turbó.
―Insolente―murmuró la mujer mientras se alejaba echando chispas.


Mi amiga me acompañó, y permaneció conmigo hasta que sonó el timbre de clase. Le ordené que se marchara, y se fue con mucha pena en el rostro, preocupada por mí.
No permanecí demasiado tiempo sola, enseguida reconocí la voz de alguna chica de mi clase y la de otro chico. Éste no me era familiar. Aguardé sin girarme una fracción de segundo, pero los protagonistas de la conversación se colocaron dentro de mi campo de visión.

―Como tú lo veas mejor, Melody, pero los de segundo vamos a salir por las escaleras de atrás. Organizaros como podáis―continuó el chico.
―De acuerdo Nathaniel, entonces, le diré al resto de clases de primero que para el simulacro de incendios salgamos por el ala norte. ¡Gracias! ―se marchó, saltarina y satisfecha del trabajo bien hecho.


El chico era de cabello dorado, correctamente perfilado por detrás y los laterales, pero ligeramente más largo conforme ascendías la mirada, sutiles formas faciales que recordaban a las de un niño, y una sonrisa deslumbrante, casi tanto como el color de sus hebras doradas.

Me miró y sonrió nuevamente con candidez, fijando sus ojos color miel sobre mí.

¿Cuánto hace que no me hierven las mejillas como ahora?.



Cap. 3 Lección de vida*

Si hubiera pretendido parecer más amable no lo hubiera logrado ni ofreciéndome una bandeja de galletas con tropezones de chocolate. El suculento dulce era un insípido alimento en comparación a la candidez que refulgía en su mirada. Hipnótico, a la vez que irónico, ya que era amargamente encantador. Excesivo.

―No me suena de haberte visto por aquí. ¿Primer castigo? ―el fulgor volvió a desesperarme.
―Primer día―respondí con aflicción.
―¡Vaya! ¡Primer día! ―echó una ojeada a la carpeta que sostenía entre sus manos, la cerró y la soltó sobre la mesa. Acarició la textura lisa de la superficie y volvió a dirigirse a mí con cautela―. ¿Qué has hecho? ―frunció el ceño, extrañado.
―Atacar a una mala persona―alegué. Abrió los ojos, extrañado por mi apaciguada voz al mencionar el incidente.
―¿A quién has atacado? ―preguntó alterado.
―No sé cómo se llama, ni quiero―intenté recordar el nombre que la chica tenebrosa había mencionado, pero me fue imposible―. Tiene el pelo rojo, como un rubí brillante, despeinado y fuera de control―agité mis manos alrededor de la cabeza, simulando un caos―, más o menos… o quizás peor. Largo, más o menos por aquí―agité la palma de la mano a la altura de la base de mi cuello.
―No sigas―rió. Todo el mundo se reía desde mi llegada, menos yo―, ya sé a quién te refieres. Sorprendente.
―¿El qué? ―exigí saber.
―Mucha gente se lleva mal con Castiel―ahí el nombre de mi amargo deudor de calcetines―, pero nadie, ni siquiera los chicos se habrían atrevido a atacarle. ¿Puedo saber, exactamente, qué le hiciste?―ladeó la cabeza, con curiosidad.
―Saltar sobre él. Le ataqué por la espalda, no pude controlarme. Acabó mordiendo el polvo―dije con orgullo.
―No deberías presumir de agredir a la gente, no está bien―su rostro, ligeramente gruñón, tardó un instante en tornarse una pizca más alegre, casi con mejor humor―, pero he de confesar que llevaba tiempo deseando que alguien intentara ponerle en su sitio. Aunque  haya sido una chica. Tiene los humos muy subidos―posó las manos sobre la mesa, acercándose a mí para revelar algo con más privacidad―, personalmente, gracias.


Entonces mis mejillas se tornaron a un tono rojizo que nada tenía que envidiar al más intenso de los rubís. Su cercanía me estremecía, en mayor o menor medida, pero intensificaba mis nervios, que ya de por sí, vivían a flor de piel. No llevaba bien estar a tal proximidad de un chico, me desagradaba. Arrastré la silla unos centímetros hacia atrás. Notó mi nerviosismo y se sonrojó casi tanto como yo. Se enderezó de nuevo, recuperó la carpeta y empezó a remover papeles con un frenesí inexplicable.

La señora de pelo marfileño―seguramente algún alto cargo directivo en el instituto―, me dio una intensa charla acerca de la actitud de las damas, de controlar el carácter y… no sé más, me pasé el resto de su regañina observando los ágiles y delicados movimientos de Nathaniel por la sala. Era imposible prestarle atención a ninguna otra cosa en el mundo, así cayera un meteorito en el patio, yo seguiría gozando de aquel divino y sofisticado espectáculo de sincronización entre mente y cuerpo. Un "ahora, váyase" me devolvió al mundo real, y con cara adormecida, salí corriendo, dirección a la cafetería. Estaba realmente hambrienta.

Llegó la que quizás era mi hora favorita. No, definitivamente, lo era: la hora de comer. No encontré a Lamiroir por ninguna parte, así que me lancé a hacer cola antes de que ésta se hiciera demasiado larga como para poder soportar las amenazas de mi estómago. Casi dejé caer un plato al darme cuenta de que la chica que comenzó a hacer cola detrás de mí tenía un ojo de cada color. Eso no era curioso, conocía a mucha gente así, pero no con uno rojo escarlata y otro dorado. Pensé inmediatamente en mis novelas vampíricas, ya que con el reluciente blanco de su piel, sería candidata perfecta a sospechosa del día de amenaza de vampiros―pero no estaba dentro de una novela, así que di por descartada la opción―. No estaba segura de si lo había notado, pero yo continué a lo mío.

Me sorprendió una vez llegada al final de la barra observar que nadie había cogido los últimos tres cupcakes que quedaban, perfectamente detallados de abalorios comestibles y deliciosa crema de cacao. Al llegar mi turno, los cogí sin dudar un instante, sintiéndolo quizás por quien viniera después de mí con la esperanza de encontrar alguno. La cocinera puso cara de sorpresa tras el mostrador al ver mi decisión. No entendí muy bien cuál era el problema, hasta que empecé a olerlo a distancia, y apestando a Burberry, por cierto.
La fila que había a mi lado se dispersó en pocos segundos,  no me interesé ni en saber por qué, ¡solo quería comer! Un ligero pero presuntuoso toque en el hombro me sacó de mi mundo de magdalenas imaginario. La chica que tenía tras de mí era alta y rubia, juraría que incluso gozaba de cierto mimetismo con el rostro aniñado de Nathaniel, pero ésta, en cambio, no tenía cara de niña buena. Más bien, cara de algún tipo de cuervo rubio.
―¿Sabes quién soy? ―me miró por completo, sonrió y se respondió a sí misma―, no, no lo sabes―mi cara resaltaba una sarcástica expectación―. Soy Ámber, y aquí, lo que llevas en la bandeja, tiene mi nombre escrito.
―¿Dónde? ―pregunté con falsa inocencia en mi voz. Señaló el borde trasero del pastelito, y evidentemente ponía "A". La miré y aclaré mi voz―. ¡Aaaah! ¿Es tuya por la "A"? ―asintió con la cabeza, mirándome con asco―. Eso tiene solución―añadí.


Agarré el cupcake en concreto, lo alcé arqueando mis cejas y le propiné un buen lametón sobre la susodicha letra. Arrasé con parte de la crema y, por supuesto, con toda la letra, sin dejar rastro alguno de susodicha propiedad.

―Arreglado―dije―. ¿La sigues queriendo, rubia? ―le vacilé.

La arpía se enfureció, pero recuperó la compostura de megalómana y dio un chasquido de dedos al aire. Las dos sombras que la acompañaban se aproximaron, dejando a la rubia en un segundo plano. Cuando quise darme cuenta, tenía la Sopa Especial Jardinera volcándose sobre mí, llenándome de manchurrones y surcos de humedad en la ropa, dejando mi sedosa melena hecha una calamidad. Me froté los ojos, respiré con calma y, aunque en realidad no quería ver a la gente de mi alrededor en ese momento, los abrí.
Todos los rostros de los allí presentes eran una mezcla entre confusión, anonadamiento, regocijo y algo de temor. Alcé la vista contra las urracas que reían como si no hubiera un mañana. Agité mis manos librándome de los últimos restos de fideos de entre mis dedos y abrí la boca para empezar a hablar, pero en lugar de eso, permanecí muda. No sabía qué decir, en ese instante era un chiste andante, había sido humillada de una manera tan ridícula que merecía ser épica. Bromas, azotainas, pero nunca una destrucción de mi dignidad en público de esa estrepitosa magnitud y con tan poco esfuerzo. Por muy sorprendente que me pareciera, fruncí los labios, el ceño y salí corriendo, huyendo de las posibles risas.

Se habían quedado con mi frustración, pero no se quedarían con el recuerdo de verme llorar, no ellas.

Me encerré en el baño, milagrosamente vacío. Empecé a dar vueltas de una esquina a la otra, delirante y ligeramente psicótica. Paré en frente del espejo para mirar el fruto de mi primer día de instituto; aún sin una compensación por mis calcetines, castigada, humillada… El día había ido decayendo de mal en peor. Si alguna vez hubiera buscado un momento ideal para volver a llorar, no sabría hasta entonces que era aquel.
Pequeñas gotas de cristal negro iban resbalando por mis mejillas, sin pausa, sin espera. Emergían como si fuera una presa a punto de estallar. Paulatinamente, las lágrimas empezaron a ser cada vez más claras, hasta ser totalmente transparentes―el rímel había terminado de disolverse―. Alcé la vista, intentando calmar mi sofocada respiración, pero no pude retener aquel maremoto que estaba a punto de arrasar con el resto del maquillaje.

Si había alguna duda, sí, lloré, lloré, y seguí llorando cerca de cinco minutos, aunque no me cabía duda de que no eran causadas por lo sucedido, no, no era por eso. Era por algo que en ese entonces ignoraba por completo.

Me froté los ojos cuando oí la puerta del baño abrirse. Fijé mi vista en el lavabo, sin prestar atención. Quien entró quedó perpleja al ver un fantasma errante llorar. Aprecié de reojo que una delicada mano me ofreció un pañuelo de seda para mis lágrimas, pero sería una pena estropearlo con maquillaje―supuestamente, waterproof―, agité la mano de forma negativa, y cuando se giró para irse, inspeccioné un poco más su aspecto. No era de mi clase. Era una chica atlética, alta, con cabellos cortos y claros, y si mis ojos habían visto bien, eran verdosos, pero un verde tan sutil que a primera vista me pareció sencillamente rubia. Alocados, no parecían estar peinados en armonía, más bien como si cada uno tuviera su propio carácter. Desapareció antes de que me atreviera a dar las gracias.

Asomé el rostro una vez mi pelo estaba medianamente seco, esperando no ver a nadie cruzar el pasillo. El grupo de macarras de Castiel ya se divisaba a lo lejos, alejándose de donde yo estaba. Casi incrédula, Korax me miró durante un instante; la chica de frondosa melena negra. No vi en su cara lo que esperaba, no era regocijo; más bien, indiferencia, pero no sincera del todo. De repente, me abordó Lamiroir por la rendija de la puerta. Me asusté tanto que caí de espaldas sobre el suelo del baño. Ésta se inclinó a mi lado, lamentando lo que estaba viendo, como si acaso fuera la delincuente.

―No te puse de sobre aviso. Es mi culpa.
―Sabes perfectamente que esto no habría pasado jamás en Londres―esputé convencida―. No a mí―siseé a regañadientes.
―Sí―retomó un hilo de pensamientos desconocido para mí y prosiguió―, pero has de reconocer que hay una diferencia crucial…
―¿Eh?
―La Nicole que yo conozco no se hubiera ido sin articular palabra alguna. En Londres recuerdo que eras algo así como la reina del instituto. Una reina que no precisaba de ovaciones―señaló con algo de humor.
―No era la reina, simplemente, todos sabían lo que les convenía―apreté el puño y endurecí la mirada contemplando los azulejos del suelo.
―Fuese como fuese, Nicki, ¿dónde está eso?
―¿El qué exactamente? ―pregunté dudosa.
―Esa parte de ti que me hacía en ocasiones desear no ser tu amiga―se sinceró―, pero que tanto veo que necesitas ser ahora―guardé silencio―. ¿Qué ha pasado? ―preguntó en tono serio.
―Nada―murmuré sin prestarle atención.
―¿Dónde quedó aquella rosa negra de espinas letales? ―canturreó tratando de animarme.


He ahí la traducción literal de la palabra más susurrada por las calles de mi antigua ciudad, mi añorada Londres: Blackrose. Un término compuesto que desde su primera sílaba ya provocaba pavor en aquellos que se encontrasen considerablemente cerca. Un alias autoimpuesto, preferible a cualquiera de aquellos excéntricos apodos que me habían dedicado en numerosas publicaciones de la prensa amarilla.

―Muy cerca Lamiroir, muy cerca. De hecho, creo que va siendo hora de darle una cálida bienvenida y forzarla a un despertar―sonreí―. No sé en qué diablos estaba pensando―murmuré para mí.
―¡Eso es lo que esperaba oírte decir!―me apretó la mejilla―. ¡Ah! Pero, intenta ser más sutil aquí. Esto no es una gran ciudad, y la gente no está tan acostumbrada a los sádicos―bromeó.
―No te preocupes, siempre he sabido lo que me hago.
―Quizás eso sea lo que más me preocupe―sacó la lengua para amortiguar el impacto de su comentario.


De buenas a primeras, sonó el timbre. Invité a Lamiroir a salir antes que yo, alegando que tenía que refrescar los ojos con un poco de agua. Al cerrar la puerta, volví de nuevo al lavabo, mirando intensamente a aquella desconocida que tenía frente a mí.

―Sonríe, mañana habrá un espectáculo digno de ver―musité a mi reflejo.

Demostrémosles quién es la hija legítima de la noche respondió un eco dentro de mi mente.

Una gran sonrisa se dibujó en mi maquiavélica faz angelical.

Salí a paso ligero del baño, dedicando un guiño de ojo a todos los que permanecían contra sus taquillas observándome trotar con orgullo, a pesar de lucir un aspecto demacrado y cubierta de grumos de verduras.
Y finalmente, soplé un beso a mis admiradores, los cuervecillos que revoloteaban alrededor del chico de pelo escarlata, el cual tampoco daba crédito a mi gesto y entusiasmo.

Así, el sucedáneo de Nicole Angela Grey se despedía del Sweet Amoris tal y como la había conocido ese día, decidida a volver como lo que realmente siempre había amado ser, como se había identificado durante la mitad de su existencia. Mi existencia.



Cap 4. Sed de venganza *

SMS enviado. Prefería que Lamiroir se adelantara, ya que yo llegaría con algo de retraso al instituto. ¿Qué sucedería con mis notas? A quién le importaba eso entonces… pensé que mi intelecto podía permitirse un día de descanso, un día en el que la actuación que debía ofrecer era mucho más crucial que cualquier otra cosa.
La noche anterior me había bebido mis lágrimas, pero esa vez los demás iban a tragarse sus palabras, de una en una, igual que yo me tragaría lo que iba a ser mi nuevo papel para volver a mi propia naturaleza.

Eran las once de la mañana, la gente estaba a punto de salir al patio y, por lo general, irían a sus taquillas para guardar sus libros y demás materiales. Era la única oportunidad que tendría en todo el día, único momento en el que pedía a los cielos no hacer presunción de mi habilidad para caerme.
Una noche entera rebuscando en mi armario desordenado, un tiempo sin mesura para arreglarme por la mañana y, mucho valor para salir siendo yo en una barrio residencial donde el mayor exponente de la oscuridad era el cielo nocturno, justo cuando se refugiaban a la luz de sus hogares para evadir la penumbra de la noche.

“Espérame en el centro del patio”, SMS enviado. Confiaba ciegamente en que Lamiroir seguiría mis instrucciones sin preguntar.

Los pasillos estaban a medio abarrotar, la gente de primero terminaba de compartir sus quejas y cotilleos frente a la escasa intimidad de sus taquillas cuando un mismo movimiento se hizo simultáneo, convirtiéndome en la indiscutible protagonista de sus ojos. Casi pude escuchar chasquidos de cuellos al unísono. A cada paso que daba encontraba todo tipo de miradas, todas con un significado muy contundente. Miradas de sorpresa, Espera, ¿esa no es la nueva?, miradas de envidia, ¿Dónde ha comprado eso?, miradas de enfermiza lascivia que prefería ignorar… A decir verdad, esas últimas me horrorizaban. Incluso llegué a vislumbrar alguna que otra sonrisa de admiración, pero no podía prestar demasiada atención ya que eso no estaba dentro del papel.
Mis cabellos cobrizos revoloteaban con otra energía cuando iba con mis botas de tacón de cuero negro, decoradas con pequeñas tachuelas metálicas. Casi podría afirmar que era un movimiento petulante y fatuo.
A lo que sí que presté atención fue a la bajada de escaleras para dirigirme al patio, que estaba más lleno que el día anterior. El escenario perfecto.
Y allí, en el centro, con relucientes hilos de oro al sol, me esperaba Lamiroir mirando a su alrededor, buscándome con la mirada. Antes de llegar pude pasar por la vera del grupo de cuervos y macarras del matón escarlata, a los que dediqué un pestañeo incesante y abrumador para acto seguido saludarles de forma ridícula con mis deditos enfundados en mis mitones favoritos.

Mi mirada favorita del día, la del líder pelirrojo: esa mezcla de furia descontrolada, confusión y expectación tenía un precio incalculable. La cara de Lamiroir tampoco daba crédito a lo que estaba viendo cuando finalmente me identificó. Le sonreí burlona.

―¿Nicki? ¡Madre mía, hacía tiempo que no te veía de esta guisa!―dijo alterada, pero gratamente sorprendida.
―Es el consejo que me diste―mantuve la sonrisa torcida que tantos sofocos había provocado en Londres, y seguí contemplando mi alrededor―, echabas de menos a la transgresora. Aquí estoy.
―¿No habrás hecho nada, no? ―preguntó expectante.
―No, aún no―mi media sonrisa se hizo completa y clavé mis afilados ojos a todo el público que me observaba sin aliento. Devolví la mirada a Lamiroir, que inspeccionada pieza a pieza mi vestuario.
―¿Cuánto hace que te regalé ese corsé negro? ―cambió de tema para preguntar por la pieza de coleccionista.
―Tres años. Sigue estando impoluto.
―Negro y azul eléctrico, sólo a ti se te ocurre ir así llamativa y discreta. ¡Menudo contraste, chica! ―no me esperaba tanta aceptación por parte de mi amiga.
―Oye―cambié de tema―, ¿tienes hambre? Porque yo sí―le guiñé un ojo, y abrumada, sonrió.


La cafetería, al igual que el pasillo principal, era una galería de arte minada de retratos de miradas perplejas donde quiera que dirigiera mis ojos. Eran mi fuente de energía, miradas prejuiciosas y despectivas; me hacían florecer como si fuera mi primavera particular.
Sonriente, intransigente y sin cola a ninguno de sus lados estaba la arpía rubia. Le indiqué a Lamiroir que permaneciera lejos y me aproximé cautelosamente a mi objetivo. Me detuve a su lado y me miró.

―¡Oh! ¿Pero a quién tenemos aquí? Es la sopa aguada de ayer. Juraría que sigues oliendo a ella.
―Sabes Ámber, no hemos empezado con buen pie, me gustaría hacer las presentaciones que ayer nos ahorramos―sugerí.
―No creo que haga falta, calditos. Sé muy bien que eres la nueva―esa áspera mirada suya volvió a recorrerme―, pero desde hoy, parece que vas a ser la de los disfraces.
―¡Venga! ¡Insisto! Hagámoslo públicamente―tomé a Ámber de la cintura, girándola hacia el resto de la cafetería, que nos observaba con inquietud y su comida a medio probar―. ¡Un poco de atención, por favor!―los que ya miraban, fingieron no hacerlo desde el principio y nos volvieron a observar. Qué disimulados…
―¿Qué haces? ―susurró Ámber presa del pánico por la incertidumbre.
―Lo que me has obligado a hacer―respondí musitando. Alcé la voz nuevamente a los espectadores―. Todos sabéis que soy de Londres, no me engañáis, porque si algo sois, es chismosos. Seguro además que conocéis la historia del Instituto West London, o como mínimo, los rumores―la cara de Ámber exasperaba curiosidad por saber a dónde iba a ir a parar mi discurso―. ¿Os dice algo el nombre Blackrose?―la exaltante multitud reconoció el apodo.
―¿Vas a contarnos una historia sobre que fuiste una víctima suya? ¿Intentas dar pena, calditos? ―dijo impertinente la arpía.
―¡Silencio! ―exclamé―. ¿Alguien sabe su verdadero nombre?―miré directamente a Lamiroir, que lucía ansiosa porque terminara mi alegato, le sonreí y lo entendió. El mutismo seguía siendo lúgubre.
―La mitad ya me conocéis y sabéis que yo vengo de ese instituto, y os he confirmado cientos de veces que la conocí, pero jamás accedí a deciros su nombre―dijo una entusiasta Lamiroir. El público seguía sin tener idea.
―Sin preámbulos, Lamiroir―insistí con dulzura.
―Nicole Ángela Grey―profirió con potencial cada palabra brindando una última señal hacia mí.
―Exacto―ladeé la cabeza e hice un amago de reverencia a modo de presentación.


El silencio sepulcral que había anteriormente no tenía comparación con el que se apoderó de la sala en ese momento, tal era, que incluso la cocinera dejó de rellenar los huecos del bufet. Las caras que me miraban con desprecio empezaron a volverse asustadizas, temerosas, curiosas… Me volví a girar hacia Ámber, propinando un azote por debajo de su bandeja y haciéndola volar. El golpe del metal contra el suelo rompió el silencio.

―Eso significa que has metido la pata, rubia―miré a sus secuaces―, y vosotras también estáis en peligro desde ahora―sonreí.

Ámber no pudo soltar palabra alguna, el mismo silencio que guardé el día anterior la había dominado en aquel momento. Pasé de largo de ella, empujándole en el hombro y echándola a un lado. La gente permanecía atenta a todos mis movimientos, y cuando me faltaban un par de metros para salir de la sala, me detuve en la puerta, dirigiéndome a todos ellos una vez más.

―Quiero formar una banda de nuevo. Echo de menos aquello y para qué engañaros, veo que me aburriré mucho aquí. Os veo en el aula de música dentro de una hora, no os pisoteéis los unos a los otros―lancé un beso con la mano y me marché. Lamiroir siguió mis pasos a un ritmo propio de una bailarina de ballet.


El casting fue largo, intenso, y sobre todo, ruidoso, para bien y para mal. Lo que no fue ni largo ni intenso fue el tiempo que me tomé para elegir. La chica vampírica resultaba llamarse Suiseki Hiray, y además, resultaba tener un talento innato para tocar la guitarra eléctrica, dejé de seleccionar gente para el puesto cuando la escuché. Otra sorpresa fue la que me pareció que fue la chica que me ofreció su pañuelo con gentileza; se llamaba Belladona Schwarzesherz, y el bajo, era suyo. Sayuri Yazawa, de mi clase, parecía haber nacido con un teclado debajo del brazo. Aunque me parecía un instrumento curioso, acepté a Rinalia Misurizu como violinista ocasional, además de letrista tras enseñarme varios de sus trabajos, igual que Alicia Clearlake, cuyas letras eran sumamente divinas. Como gran amante de la música clásica, al igual que hice con Rinalia, acepté a Mixy Soryn, que compartía alma con las teclas. Puesto que la voz del grupo siempre he sido yo, al menos escogí a Camelia Sagarra y a Yoru Kawakami para hacer los coros y, quién sabe si para compartir canciones. Aún faltaba batería, pero no encontraba a nadie que me arrancara el corazón con cada golpe de baqueta.

―¿Es verdad aquello de que dejaste a una chica dentro del ascensor del instituto un fin de semana entero? ―preguntó Mixy.
―No, no es así―la decepción se reflejó en la cara de todas―. Fue un fin de semana con puente incluido, cuatro días―confesé. La expectación volvió a emerger.
―¿Y eso de que conseguiste espantar a un equipo entero de fútbol solo con decirles tu nombre? ―dijo Rinalia.
―Digamos que sus “novias” las snobs no les habían contado lo que yo era capaz de hacer.
―¿Alguna vez te habrán castigado, no? ―inquirió Yoru.
―Jamás.
―¿Se inspiraron las películas de Saw en ti?―Sayuri parecía esperar un sí.
―¿De dónde diablos habéis sacado ese rumor? ―rieron todas al unísono―. Yo no cometo crímenes, solo castigo.
―¿Qué harás con Ámber? ―preguntó Belladona. Reí diabólicamente.
―Pues…


Antes de que pudiera seguir hablando con las chicas, tan fervientes de conocer cada sucio detalle, irrumpieron en el aula de música. Nathaniel vino hasta mí, sus aniñadas facciones se veían llenas furia y deseosas de respuestas. Me cogió de la muñeca levantándome del suelo a toda prisa.

―¡Ahora vengo! Creo que me he metido en problemas―bromeé con ellas, alejándome a paso ligero.
―¡Y no veas que problemas! ―gruñó el delegado.
―¿Me van a castigar por no llevar el uniforme?―dije con sátira.
―¡No, te van a expulsar por meter un nido de arañas en la taquilla de mi hermana!―exclamó con ira―. Se ha desmayado y no se despierta. Se la han llevado a urgencias. ¡Has caído bajo! ¡Es aracnofóbica, maldita sea!


Ámber merecía todo lo que le pudiera pasar. Lamentándolo por su hermano, mis venganzas jamás tenían marcha atrás. Si me decidía a hacerle imposible la existencia a cualquier persona, sería para siempre, sin pensármelo dos veces. Pongo en su lugar a todo aquel que se atreva a jugar con la dignidad de los demás, yo era pura gasolina.

Mis propósitos nunca fallaban. Sabía lo que hacía, cuando lo hacía y por qué lo hacía.


Lo único que no sabía en ese momento era quién le había hecho eso a Ámber.

Modificado por Nickinicki (El 29/10/2012)

 

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El 21/04/2012 - #11 

 

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Cap. 12 Viernes frenético *

Ya que me había propuesto ser por un día una estudiante normal, me permití también el lujo de hacer las tareas que nos asignaron los profesores―especialmente, el trabajo de arte―, pero los lloriqueos incesantes de Noir no me permitieron terminar de hacer las comprobaciones oportunas en los ejercicios de matemáticas, aunque tampoco es que me importara demasiado, así que le acaricié en el lomo para que entendiera que ya podía dejar de llorar, puesto que iba a acceder a su petición.
Apenas había logrado ponerle la correa a mi bestia peluda cuando llegaron tanto Sara como Albert, simultáneamente, a darme su charlita de cada fin de semana, pero desde luego, estaba segura de que no era la misma que para todo el mundo.

―¿Piensas salir, jovencita? ―dijo Albert en tono serio.
―Solo a pasear a Noir―contesté. La mascota empezó a lloriquear de nuevo al verse tan cerca de la puerta.
―¿Por qué?―preguntó Sara, angustiada.
―No tengo planes, como siempre, desde hace años. Ya lo sabéis.
―Creíamos…―ambos compartieron una mirada cómplice―, que quedarías con tu amiguito ese con el que te juntas tanto ahora en el instituto.
―¿Lysandre? ―pregunté sorprendida, ya que no me constaba que pudieran saber nada al respecto.
―¡Aaaaaaaaaaaaaah! ¡Existe un amiguito! ―gritó Sara. Ambos chocaron las manos en señal de victoria. Me la habían jugado, como cada año de curso, aunque en éste lograron su objetivo―. ¡Existe, existe! ¡Existe, existe! ¡Qué buenos padres somos, cariño! ¡La hemos engañado! ―empezaron a bailotear de manera extraña y ridícula por todo el recibidor, agradecí que la puerta siguiera cerrada. Noir tampoco daba crédito y decidió girarse para no ver el espectáculo.
―¡Eso nos deja algo importante pendiente! ―exclamó Albert. Compartieron otra mirada, pero llena de confusión y se dirigieron a mí―. ¿Quién es? ¿Es mayor que tú? ¿Es buen estudiante?
―¿Qué hacéis en los recreos? ¿Se droga, bebe? ¿¡No te habrá obligado a hacer nada que no quieras, no!?
―¡Queréis parar de una vez! Está en segundo, creo, la verdad, nunca he llegado a enterarme de qué aula es…―protesté.
―¿Os habéis besado ya? ―preguntó Albert.
―¡Eeeeeeeeeeeeeeeeeeeh! ¡Oye! No hay nada de eso. ¿Podéis parar, por favor? ―pedí, avergonzada.
―No hay nada…―musitaron a la vez. Se marcharon cabizbajos.


Noir me puso su pata delantera sobre el pie, le miré y me encogí de hombros. Ninguna entendíamos nada de lo que acababa de suceder, y casi mejor.

Al mirar con atención a mi bola de pelo ártica, vi algo detrás de ella que me dio una idea sensacional para hacer el paseo más ameno para ambas, aunque a Noir no le entusiasmó la idea cuando le señalé los patines, pero estaba tan desesperada por salir a la calle que supongo que ni le importaba hacer un poco de ejercicio.

Terminé de levantarme cuando aseguré los cordones de cada patín, intentando no caerme nada más salir del portal de mi casa y, con ingenio, logré colocarme los auriculares del iPod.
No me importaba tanto la monotonía de aquel barrio cuando escuchaba música con el aire azotándome en las mejillas, al igual que tampoco me importaba la cara de la gente al verme. Podía comprenderlo, ya que no todos los días se veía un perro de raza ártica siendo manejado por una pelirroja en patines que cantaba en voz alta por la calle e incluso se atrevía a marcarse algún que otro baile. Un espectáculo bastante estrafalario lo mirases como lo mirases.

―If you want me, meet me at Electric Chapel… If you wanna steal my heart away…―canté sin afinar.

Quizás debería haberme ahorrado los chorros de voz al final de cada estribillo, pero como ya había mencionado anteriormente, no me importaba lo más mínimo. Llegué a darle, prácticamente, la vuelta entera al barrio, ya que algunos de los jardines empezaban a resultarme familiares. Continué alzando la voz, hasta que una visión aterradoramente bella decidió cortarme el hilo de mis pensamientos y de paso, estropearme la función  locomotora de mi cuerpo. Pegué un garrapiñazo a escasos metros de la boutique de ropa donde antaño me había comprado unos calcetines, y como no puedo hacer el ridículo sin espectadores, allí tenía al dependiente y a Lysandre en la puerta, que vieron interrumpida su conversación para liberarme de las fauces lamedoras de Noir, que me trataba de sanar a su manera.

―¡Nicole! ¿Estás bien? ―dijo el gatuno preocupado.
―¿Qué haces aquí? ―empezaba a sentirme ligeramente acosada. ¡Estaba en todas partes!
―¿Yo? Hablando con mi hermano, en su tienda―vi cómo el susodicho se volvía a meter en su local.
―Ah… yo paseando a mi perra―señalé a Noir, angustiada porque aún no me levantaba de suelo.
―Oh, un poco grande para ti, ¿no crees? ―acarició a mi mascota, que también se quedó anonadada con el aspecto tan apuesto del socorredor. Enseguida empezó a lamerle.
―Un poco, pero me gustan los ejemplares grandes―me apoyé en los codos, aún tirada de espaldas en la acera.
―¿Dónde están mis modales? ¡Qué desconsiderado! ―dejó de atender a Noir y se centró en levantarme del suelo y, con esfuerzo, lograr ponerme de pie, aunque tuve que agarrarme un par de veces a él para no caerme de los patines―. Así mejor.


Me había dañado el tobillo de alguna forma, quizás al caer, pero no iba a dejar que lo notara e hiciera uso de sus galanterías, como siempre. Al soltarme de nuevo, estuve a punto de caerme, y para más inri, no pude ni evitar soltar un ligero gemido y encoger el pie aprisionado con el patín. Desgraciadamente, era tan observador que lo notó.

―Te has hecho daño―dijo serio y contundente.
―Algo, pero ahora voy a mi casa andando y…―antes de que terminara de formular la frase, Lysandre me había cogido en brazos, sosteniéndome en volandas―¡Eh eh eh! ¿Qué diantres estás haciendo?
―Llevarte a tu casa―miró a algún punto perdido y de nuevo a mí―. Me supongo que vives por aquí.
―¡Muy lejos! ¡Vivo muy lejos! En una calle de la periferia.
―¿Y has llegado en patines desde tan lejos? ¿Y madrugas excesivamente para acudir a un instituto que te queda lejos? ―inquirió, frunciendo el ceño.
―Uf…―me tapé la cara, horrorizada por lo que iba a hacer. Señalé con una mano al frente―. Vivo cinco casas más hacia allá.
―Así que lejos, ¿no? ―puso los ojos en blanco.


Si ya era algo alocado ir por las calles en patines y con un perro gigantesco, más ridículo me parecía ir en brazos de un chico vestido de época en pleno siglo veintiuno, acompañada del mismo animal enorme y con los patines puestos. No me extrañaría que mis vecinos llegaran a pensar que me ganaba la vida haciendo espectáculos en vivo en mitad de la calle, ya que a final de cuentas era lo que parecía más verosímil, eso o que estaba mal de la cabeza.

Sara y Albert oyeron los ladridos de Noir, que muy amablemente―nótese el sarcasmo―, había delatado nuestra llegada antes de que pudiera convencer a Lysandre para que se marchara y así, evitar un numerito por parte de mis tíos. Tarde. Ni siquiera logré desaprisionarme de los brazos del gatuno cuando el pomo de la puerta empezó a girar.

―¿Noir?... ―ambos se quedaron eclipsados por la particular belleza de Lysandre, el cual, sabía camelarse muy bien a la gente de modo desconocido.
―Buenas tardes, lamento las formas, pero les traigo a su hija. Ha sufrido un pequeño accidente patinando―escogió ese momento para sonreír. Muy astuto.
―Es Lysandre…―musité disgustada.
―¡Ah! ¡Ah! ¡Es el amiguito de la niña, cariño! ¡Es real! ―exclamó Sara, más feliz que nunca.
―¿Disculpen? ―preguntó Lysandre, algo inquieto.



Antes de que el melodrama prosiguiera, me dejé caer de los brazos de Lysandre, aguantando el dolor del impacto sobre los patines y agarrándome a la barandilla. Me los quité y bajé las escaleras en calcetines, no sin sufrir el dolor del tobillo, pero el estrés era superior a cualquier aflicción.

―¿A dónde vas, cielo? ¡Íbamos a invitar a tu amigo a tomar el té! ―Albert hizo un inciso para dirigirse a Lysandre―. ¿Has probado el té inglés, muchacho?
―¡Me voy! ¡He quedado! ¡Otro día será! ¿Vale? ―los tres me miraron serios mientras cruzaba la calle casi descalza.
―¿Con quién? ―preguntaron a la vez.


Confusa, aturdida por el dolor y exasperada por esquivar una tarde de té y pastas con Lysandre y mis tíos, miré a mi alrededor y señalé a mi vecina Hailyn, con la que apenas había cruzado unas palabras desde que llegué. Ni siquiera hablábamos en clase aunque compartíamos aula en todas las horas.

―¡Con ella! ―grité. Hailyn, que estaba regando el jardín, se quedó boquiabierta al contemplar el panorama que había en la puerta de mi casa. Debió notar la desesperación en mi mirada.
―¡Sí! ―alzó la voz en exceso―. ¡Quedamos en que saldríamos a dar una vuelta esta noche! ―ni ella se creía sus palabras.
―¡Nicole va a salir! ―gritó Albert, entusiasmado por la idea. Se abrazó a Sara como si le hubieran dicho que iba a prometerme con el príncipe Enrique de Gales. Por dios.
―Sí, voy a salir…―me sonó extraño. Me llené de un falso orgullo―. Lo siento Lys, pero tendremos que vernos el Lunes, ¿de acuerdo?


Lysandre, caballeroso como siempre, se despidió de mis tíos y bajó a besarme la parte superior de la mano, comentando en voz baja que estaba deseando que comenzara la semana de nuevo para compartir más charlas. Sin embargo, yo no.

Guardé mis cosas en mi pequeña y roída mochila negra―mi favorita desde siempre―y cogí el primer par de botas que encontré medio adecentadas detrás de mi puerta para acto seguido salir disparada hacia la casa de Hailyn. Fue tan extraño para mí como para mi vecina el verme cruzar el umbral de su casa.

―Me has salvado la vida―suspiré, apoyada en la puerta principal.
―De nada…―dijo, ligeramente sonrojada―. ¿No te cae bien Lysandre?
―Congeniamos, pero cuando empieza a hacer uso excesivo de sus modales me vuelve loca―suspiré e hice una aclaración―. Loca en el peor de los sentidos―anduve hacia el interior con una sutil cojera.
―¿Estás bien? ―preguntó.
―Tengo el tobillo ligeramente magullado, pero no es nada. He salido de situaciones peores―sonreí. Miré el salón, vacío y apagado―. ¿Estás sola?
―Mi madre está trabajando, hoy le tocaba turno doble en el hospital―suspiró―. Así que no temas, no me has destrozado los planes.
―Ah… ¿es médico? ―pregunté.
―Traumatología―me miró el pie―. Yo puedo vendártelo de manera apropiada, le he visto hacérmelo mil veces cada vez que me caía de un árbol
―¿Un árbol? ―repetí anonadada.
―No preguntes…―rió―. Me gusta subirme a los árboles, es dónde estoy a la hora del recreo.
―Ya decía yo que eras la única a la que no lograba divisar en mis paseos rutinarios… No debes de tramar nada bueno―dije burlona.
―¡No, no! ¡No tramo nada! ¡En serio! ―exclamó, algo atacada de los nervios.
―¿Eh? ―enseguida caí en la cuenta―… ya veo que tú también tienes muy presente lo de Blackrose―me eché el flequillo a un lado―, soy más que eso, créeme. Aunque me guste el respeto, me fastidia de vez en cuando que me miren como si fuera un león fuera de la jaula.
―Vaya… perdona entonces, es que hay demasiados rumores en torno a tu nombre―soltó una sonrisa algo forzada.


Cuando terminó de vendarme el pie sentí un gran alivio, podía andar, no demasiado, pero no sentía tanto dolor al hacer movimientos. Hailyn se fue a guardar el botiquín de nuevo, y aproveché para asomarme un poco por su ventana, ya que había oído a Noir aullar―solía ponerse tensa cuando no estaba en casa―. No me sorprendió verla ejercitando sus cuerdas vocales por mi ventana, pero también le acompañaba Persia, que maullaba a ritmos conjuntos con Noir. Tenía un concierto en mi dormitorio y yo, sin saberlo.

Inconscientemente, desvié la mirada hacia una figura que permanecía paralizada en frente de mi casa. Si no hubiera sido por el estilo de ropa que parecía llevar hubiera pensado que Lysandre había perdido el juicio y me observaba desde la calle, pero este misterioso visitante no vestía igual, aunque tenía el cabello mortecino, como el viajero del tiempo. Por culpa de mi imprudencia, notó un movimiento de cortinas desde mi posición y comenzó a andar disimuladamente en dirección opuesta.

Hailyn estaba bajando de las escaleras cuando, sin dar explicación alguna, le grité un “ahora vuelvo” y eché a correr ―dolorosamente― en busca del desconocido, parando detrás de cada elemento urbano tras el que me pudiera esconder.
Tenía que averiguar qué clase de lunático se detiene un tiempo sin mesura en frente de una casa que no conocía―al menos, eso creía yo―. Podía ser un viandante cualquiera, atraído por la fina arquitectura lejanamente victoriana de la casa, alguien perdido o simplemente, un psicótico. Este último puesto debía quedar plenamente reservado para mí.

Cada vez que me escondía se lograba distanciar más, parecía intuir que alguien le estaba observando. Finalmente, en uno de mis últimos escondrijos, le perdí de vista, ya que mi cojera no me permitía ir a mayor velocidad sin sufrir dolor alguno, así que, perdido el rastro―que duró unas tres manzanas―, me di por vencida y aguardé unos minutos mientras el crepúsculo terminaba de oscurecer la calle, esperando que el dolor se apaciguara.
Eché a andar un par de pasos, tranquilos, pausados―no tenía prisa por volver, aunque Hailyn estaría consternada―. Cinco pasos me bastaron para perder la serenidad del paseo de vuelta a casa; alguien me sorprendió por la espalda, clavando sus garras en mi hombro y empujándome contra la pared más cercana. Volví a sentir la ardiente llama del dolor en mi tobillo.

―Así que siguiendo a desconocidos sin protección alguna… la pequeña Blackrose nunca aprenderá ¿verdad? ―dijo mi atacante.

Cuando logré librarme de la ceguera del dolor, alcé la mirada, empezando por observar el ridículo uniforme escolar de mi agresor―deduje que tendría mi edad―, también vi que tenía uno de sus brazos impidiendo mi huida por el lateral izquierdo, con la mano fuertemente presionada contra la pared―atrapando algunos mechones de mi cabello―. Un atisbo de dolor seguía manteniéndome en la confusión.

―¿Qué? ―dije, ligeramente difusa.
―Oh… Nicole, no me dirás que―acercó su cara, haciéndola visible con los últimos rayos de sol que se despedían por el otro extremo de la calle―te has olvidado de mí.


Tan pronto como reconocí aquel endiablado rostro, esa maldita voz, tuve su nombre rebotando entre las paredes de mi cabeza, una pequeña corriente de oscuridad empezó a recorrerme el cuerpo. Agarré su brazo y le hice una llave aprisionándole contra la pared.
―¿Qué haces aquí, Hayer? ―rugí. Gimió contra la pared, y a la vez, empezó a reír.
―¿Ahora me vienes con formalismos? Creo que nos conocemos lo suficientemente bien como para tutearnos, Grey.
―Como quieras―apreté su brazo para seguir infringiéndole dolor―, bien, Zac, responde de una maldita vez.
―¿Es que te crees que eres la única con derecho a cambiar de aires?


Me disponía a seguir presionándole contra la pared, pero le dio una fuerte patada con el talón a mi tobillo herido, dejándome sin aguante, instante que aprovechó para volver a arrojarme contra la pared, presionando entre sus dedos mi cuello. Resultaba imposible respirar, y no digamos ya librarme de él.

―Solo estoy buscando una nueva oportunidad en la vida, una nueva ocasión para ser una persona mejor…―apretó la mano― ¿te suenan todas esas estúpidas palabras? ―preguntó, y se respondió a sí mismo―. Claro que sí, esa solía ser tu primera frase de bienvenida a tus víctimas―recalcó con furia la última palabra―. ¿No te sugieren nada?
―¿Qué quieres? ―musité sin aire.
―Quizás una súplica de perdón estaría bien, para empezar―rió.
―Ni en tus mejores sueños, imbécil―respondí. Me empezaba a faltar el oxígeno, y podía notarlo.
―Empieza a florecer la pequeña rosa con espinas, justo como quería―sonreía convencido.
―Prefiero―cogí aire―morir ahora mismo a dar mi brazo a torcer contra un enclenque como tú.
―Yo no diría que soy tan enclenque, podría dejarte muerta ahora si quisiera. Es lo bueno de Amoris Ville, que nadie suele pasear de noche.
―Pero no quieres hacerlo―afirmé desafiante.


Hinqué mi rodilla en su entrepierna, llevándome mi mano a la garganta y apartándome varios metros de él, que sufría los efectos secundarios de un golpe que le dejaba en desventaja por el mero hecho de ser hombre.

―Ese es tu problema Zac, nunca has tenido el suficiente coraje para terminar nada, idiota. Vuélvete a Londres si no quieres acabar de rodillas―le recorrí con desprecio―, como ahora,  pero el resto de tu vida.

Antes de que éste pudiera recuperarse del golpe, escuché una voz femenina clamar mi nombre; el llamativo gorro bufonesco delató que se trataba de Hailyn, que no se quedó convencida con mi despedida anterior. Le di la espalda a Zac y me dispuse a andar un poco.

―No te hagas la ingenua, sabes perfectamente qué hago aquí, y si no, ya lo sabrás.
―Déjate de misticismos, payaso―grité sin girarme.
―No puedes huir eternamente, tarde o temprano te quedarás sin sitios en los que esconderte de tu destino, y bajarás la guardia, Nicole, la bajarás, y lo mejor de todo es que no puedes hacer nada para que me vaya, ya que cualquier cosa que dijeras contra mí, iría contra ti también―siguió diciendo en voz alta, aunque yo fingí no oírle mientras llegaba al encuentro de mi vecina.


Eché mis cabellos hacia delante, esperando poder disimular el signo de agresión al que me había sometido el estúpido despojo de mi pasado, y caminé sonriente hacia la chica con la que compartía ventana con ventana. Me marché con ella en dirección a nuestras casas, confiando en que Hayer no sería tan imprudente como para intentar atacarme con un testigo a mi lado.

Jamás había contado con la certeza de que en Amoris Ville podría emprender una vida diferente a la que llevaba en Londres, ya que desde los comienzos de mi estancia en el instituto tuve que hacer partícipes a todos de mi vida pasada, que volvería a ser la actual aunque no quisiera.

Cuando los cimientos de tu vida se basan en el terror, el castigo, las mentiras y el resentimiento, resulta difícil librarse de columnas tan fuertemente establecidas, lo cual incita a viejas alimañas a regresar en tu búsqueda.

Y contra todo pronóstico, cualquiera diría que sería difícil llevar una vida tan compleja como la mía, pero he de confesar que era fácil ser yo, pero mucho más fácil me resultaría serlo desde ese instante.



Cap. 13 Señales más y menos obvias *

Fue decepcionante comprobar que las marcas seguían ahí, indemnes, recorriéndome el cuello con el perfecto contorno de una mano. Si no fuera por la irregularidad, hubiera parecido que tenía una flor de suave escarlata trazada por las finas formas de mi pálida y sedosa garganta. Probé con correctores verdes, pero era imposible disimular esa consecuencia de guerra, por lo que opté por lo tradicional; un pañuelo palestino―del que seguramente, todos sacarían ideas precipitadas―. Suerte que conseguí salir sin que Sara ni Albert me vieran y pudieran preguntar lo más mínimo.

No era un día de esos en los que sientes que todo va a ir bien, o normal, ya que las malas noticias no se hacían esperar, iban a pares. Era imposible no percatarse de los numerosos carteles publicitarios que había por la entrada, pasillo y taquillas del instituto, aunque tardé un tiempo en interesarme en leer uno, tomándolo violentamente de la puerta de mi taquilla.

―¿La Vampire Époque? ¿Esto es una broma?―refunfuñé.
―Por lo visto el instituto cumple veinte años desde su apertura, y van a tirar la casa por la ventana en una fiesta de Halloween mezclada con un baile de máscaras―comentó Alicia.
―¿De quién es la fabulosa idea? ―pregunté.
―Tanto el plan como la organización corren de mano de Lysandre―añadió Suiseki.
―¿Cómo no? ―golpeé la palma de mi mano en la frente con sonora frustración.
―Me parece una idea curiosa―opinó Rinalia, la cual se guardó uno de los carteles en la mochila.
―¿Sí? Pues yo lo veo absurdo. No es más que otra escusa barata para ligar en el instituto―sugerí.
―Tienes toda la razón―se sumó Belladona―, aunque mira la que fue a hablar―señaló mi pañuelo negro con cuadrados blancos.
―He cogido frío este fin de semana―juré, aunque la inquisidora me miró dudosa, pero prefirió no comentar nada más―. Paseando a Noir―agregué―. ¡Dejad de mirarme! Vamos a clase o llegaremos tarde.


Cuando me disponía a entrar a la clase me interrumpieron con sutiles y escalofriantes toques en la espalda, pero no me giré demasiado conmocionada por los escalofríos, y me limité a contemplar al origen de aquellas impresiones.

―¿Korax? ¿Qué quieres?
―Yo…―murmuró de manera casi inaudible. Empezó a gesticular de aquella manera tan extraña, como ya hizo en su día. Comenzó a sudar.
―Oye… no puedo quedarme eternamente a esperar a que te decidas a hablar…―me golpeó en el brazo y se apartó unos centímetros―. ¿Qué demonios pasa contigo? ―me acerqué hasta donde estaba ella para devolverle el golpe, pero siguió dando torpes pasos marcha atrás.


Perdimos la noción del tiempo con ese absurdo juego, de tal manera que nos cerraron el aula.

―¡Arg! ¡Estarás contenta! ―dije. Ella negó con la cabeza―. ¿Podrías decirme al menos que te pasa?

Empezó a señalarme a mí, a sí misma, hizo círculos con los dedos y empezó a menear las manos en el aire…

―¿Estás invocando la lluvia? ―pregunté seriamente.

Repitió los movimientos innumerables veces hasta que perdí la paciencia y le di una contundente colleja en la cabeza. Siguió sin hablar, pero con gesto más enfurecido.

―Me rindo… creo que después de todo no fue buena idea ofrecerte el puesto de batería―miré al techo.

Tras mis palabras, empezó a dar brincos y palmas, volviendo a repetir la danza de la lluvia de antes.

―¿La banda? ¿De eso quieres hablar? ―asintió con la cabeza―. ¿Quieres formar parte, entonces? ―volvió a dar brincos―. Ya empezamos a entendernos.
―¡Sí!―exclamó la siniestra.
―¿Puedes explicarme ahora por qué no has hablado directamente? ―dije. Se encogió de hombros―¿Otra vez? ―pregunté molesta―¡Deja de jugar a las adivinanzas, por Dios!


Perdí la cuenta de todas las frases que tuve que adivinar de aquella individua en una hora de clase, pero transcurrido ese tiempo, empecé a entenderla sin que apenas gesticulara. Las rarezas se transmitían muy fácilmente cuando el aburrimiento era prácticamente palpable.

Decidí saltarme la segunda hora ya que era de la misma profesora que inició la mañana. Caminamos lentamente hasta las escaleras de la otra punta del edificio. Tras la oscuridad de las escaleras se oían risas, demasiado graves para ser de chicas. El pelirrojo emergió de ellas.

―¡Eh, Korax! Creía que no vendrías―dijo, pero enseguida se cortó―. ¿Por qué has traído a esa? ―añadió, señalándome con la mirada―. Ven, anda―la tenebrosa se escondió detrás de mí.
―Parece que no quiere irse contigo hoy―comenté en tono burlón.
―¿Qué le has hecho? ―preguntó seriamente―¿Le has sorbido los sesos con tu irritante vocecilla de pitufo?
―Mira pelirrojo, como sigas, vamos a acabar armándola―me acerqué hacia él en pose agresiva.
―Cuando tú quieras―continuó, encarándose contra mí.
―¡Venga chicos! ¡Es muy temprano para pelear! ―se sumó otra voz masculina. Korax volvió a ocultarse detrás de mí con mayor insistencia.


De entre las sombras, apareció Zac, con todo apaciguado y pose relajada, pero yo podía ver cuántos insultos ocultaban sus violáceos ojos.

―Buenos días Nicole, ¿saltándote clases desde tan temprano? ―soltó una media sonrisa sátira―, aunque no te culpo, aquí estamos nosotros, haciendo lo mismo.
―Buenos días Hayer―me guardé el “sabandija” y “rata de cloaca” para mis adentros.
―Otra vez con formalismos, ¡que son muchos años, Nicole! ―dijo.
―¿Os conocéis? ―preguntó Castiel, anonadado.


Zac avanzó cual serpiente hasta mi lado―logrando que se apartara la siniestra―, acto seguido me pasó el brazo por los hombros.

―Aquí la encantadora pelirrojita y yo nos conocemos de Londres, éramos muy amigos―entonó la última palabra con una enfermiza voz burlona y luego deslizó su dedo índice por mi pañuelo palestino.
―Ya veo…―rió ligeramente el matón pelirrojo, aunque con el ceño fruncido.
―Quita tus zarpas de encima―agarré la mano del hipócrita y se la lancé al pecho, escapando así de su lado. Castiel no comprendió mi reacción, o incluso me atrevería a decir que formuló sus propias ideas en su cabecita hueca―. No te atrevas a tocarme.
―Vaya, vaya… está que muerde la culebrilla naranja, ¿eh? ―le dio un ligero codazo al pelirrojo, y éste le devolvió una mirada cómplice, algo menos convencido.
―Siempre es así de agradable―miró fijamente a mis ojos y percibí un centelleante desconcierto en su expresión. Se giró hacia Zac, ignorando esas dudas―, aunque  tú debes de saberlo mejor que nadie, ¿eh? ―preguntó.
―No sabes cuánto sé de esta fierecilla, no sabes cuánto…―rió para sus adentros, aunque yo lo pude notar.


Me giré sin mencionar palabra alguna, marchándome a paso firme y veloz. No tenía nada que hacer allí, salvo evitar que saliera lo peor de mí.

―¡Adiós princesita! ―gritó por el pasillo la escoria blancuzca.

Seguí caminando tanto tiempo y tanta distancia como pude permitirme antes de sentir como mi sangre hervía clamando descontrol, ordenando un despilfarre de violencia. Mantuve las ganas tan solo porque había dos testigos que podrían resultar implicados de no conseguir domarme. Cogí aire, y al ver el exagerado acto, Korax me dio un ligero toque sobre el brazo.

―Estoy algo alterada, solo eso―decidí complementar un poco la escusa―. Estoy en esos días del mes que… tú ya sabes…
―Entiendo―asintió con la cabeza. Le miré fijamente sin gesticular.
―Algún día comprenderé cómo eliges cuándo hablar y cuándo callar.
―No creo que logres comprenderlo―se rascó la nariz―, ni yo misma lo sé.
―Dime una cosa―decidí abordar otro tema que me inquietaba más―, ¿por qué no estás ahora mismo con tu amigo del alma?
―Lleva semanas juntándose con tu amigo y no lo aguanto más. Me cae mal―confesó.
―No es mi amigo―reí, aunque tenía ganas de rugir.
―He podido notarlo, ciertamente, ha resultado obvio para cualquiera―se detuvo un instante e hizo un inciso―Mmmm… cualquiera menos Castiel.
―Ese que piense lo que quiera, ya ves qué problema me supone…―apunté.


La chica de pelo enmarañado se detuvo en mitad de nuestro paseo por los pasillos y empezó a rastrear en el aire con la nariz alzada.

―Naranja, flores, manzana, cedro… huele suave por ahí―comentó con el ceño fruncido.
―¿Eh?
―Maldición, debe de estar cerca―continuó―. Vámonos―empezó a tirar de mi brazo, pero no me dejé arrastrar.
―¿Quién viene? ―pregunté intrigada.


Debería haberme dejado llevar por Korax, o no. Realmente me daba igual. Como consuelo al menos, servía, ya que conforme se acercaba iba sintiendo la neutralidad abordar mi espacio.

―Buenos días Lysandre―dije. El manchurrón se oculto detrás de mí.
―No puedo decir que me alegre comprobar que no asistes a clase con tanta regularidad como deberías, pero sí puedo afirmar que, de forma irrevocable, me alegro de verte.
―Sí, eso, buenos días decía yo―repetí.
―Buenos días… ¿qué… sucede? ―preguntó. Sintió especial interés por mi tono.
―Muchas cosas, y ninguna de ellas buena―vi de reojo a Korax y rememoré lo único positivo―Oh…―dije ligeramente más alto.
―¿De qué te has acordado? ―sonrió ligeramente, una mera contorsión casi imperceptible.
―Mi banda ya está completa―señalé a la pequeña sombra que sobresalía a mi lado―. Ya tengo batería―sonreí.
―Estupendo―celebró ligeramente con una reverencia de manos―. ¿Qué clase de música vais a tocar? ¿Qué tipo, que precise batería?
―Algo salvaje―basándome en lo mismo que él dijo en su momento, le imité y añadí―, ya lo verás un día, cuando me parezca oportuno―levanté el pulgar.
―Buena jugada―sonrió. Arrancó uno de los carteles de la pared con delicadeza―. ¿Has visto ya esto? ―dio la vuelta al papel, mostrándome el título.
―Sí―contesté con estridente hastío.
―¿Y? ―torció la cabeza como fruto de su interés.
―Y nada, no pienso ir, Lysandre.
―¿Por qué? ¿No es esto lo que le suele gustar a todas las estudiantes de primero? ―parecía realmente confundido.
―¿Lysandre? ―farfullé.
―¿Si?
―Espero que no hayas ideado todo―hice círculos con el dedo índice alrededor del cartel―eso por verme con un enorme y pomposo vestido de época sobrecargado de volantes y lazos… porque―recorrí el pasillo con la mirada―, no pienso ir―esbocé una amplia sonrisa.
―¿Por algún motivo en particular? ¿Algo que pueda hacer? ―ni aún con un gran interés en sus palabras le cambiaba su ya habitual tez seria.
―Por todo y por nada…―suspiré―. No pienso ir, Lysandre, y es mi última palabra.
―Queda un mes―enrolló la hoja sobre su rodilla y alzó la mirada―. Aún puedo convencerte.


Me parecía hasta divertido el hecho de que estuviera mínimamente esperanzado en que yo decidiera acudir a esa fiesta, pero no pensaba de ninguna manera presentarme, aunque… ¿por qué destrozarle las ilusiones? Me acerqué a él y le di un chorlito en la nariz. Hizo un gracioso movimiento con la cabeza muy similar al que hacia mi gato cuando asomaba el hocico por la ventana en un día de lluvia. Aturdimiento.

―Prueba suerte―sonreí. Me devolvió la sonrisa y se dio media vuelta, mirando unas cuantas veces hacia atrás mientras se marchaba. Suspiré―. ¿Piensas explicarme al menos por qué te desagrada también este chico? ―deshice el escondite de Korax al moverme hacia un lado.
―Es tan petulante que me dan ganas de vomitar, da incluso la impresión de resultar pérfido.
―Dime otra cosa―pregunté.
―¿Qué?
―¿Sueles hablar así de todo mundo? ―se ruborizó.
―Casi siempre―sonrió con sus mejillas aún ligeramente rosadas.
―Empiezas a hacerme gracia―miré el reloj de la pared, el mismo y mísero artefacto fabricado en serie que había por todas las estancias. Estaba a punto de comenzar la siguiente clase y me había recuperado del trance con la serpiente de Hayer; podía intentar ser una alumna―. Oye, te diré que haremos; nos iremos a clase y si a la hora del recreo sigues sin poder estar a gusto con tu amigo el pelirrojo, ven a buscarme―la chica siniestra asintió con la cabeza y juntas entramos a clase como si no hubiéramos faltado en todo el día.



Como supuse en un principio, Castiel se resistía a desprenderse de su nuevo gran amigo, por lo que en esta ocasión contábamos con la compañía integral de la banda, sólo nosotras. Era el momento de empezar a plantearnos algunos temas sobre nuestra formación y nuestro objetivo.

―Decidido, me ha encantado tu idea Nicki―siguió Suiseki―, Taming the Madness es un nombre bastante curioso para un grupo.
―Desde luego no nos condiciona bajo ningún significado concreto, podemos ir tanto de rosa y amarillo como de negro y púrpura, que el nombre concuerda con lo que elijamos―comentó Belladona.
―Pero no tengo ni la más remota idea de dónde podríamos hacer los ensayos―protesté.
―Habla con Lysandre―sugirió Zuh―, seguro que no pone impedimentos para prestarte el aula de música unas horas.
―Seguro que dice que sí, porque con los ojitos que te echa de cuando en cuando…―prosiguió Sayuri. Compartieron unas risas y cortaron enseguida la broma al contemplar mi rostro. Debía de ser realmente horrible.
―Todo eso que decís suena genial, pero…―murmuró Korax.
―¿Pero? ―repetimos al unísono.
―En fin, ¿cómo vais a lograr que la gente os conozca? Me parece sensacional que lo tengáis todo preparado pero, ¿para quienes, si seremos anónimas?
―Marketing―soltó Belladona sin pararse a pensarlo. Sus palabras resonaron continuamente entre los murmullos de todas.
―Tenemos que liar una buena movida chicas―dije.
―¿Qué se te está ocurriendo, Nicki? ―preguntó Rinalia bastante confusa.
―Algo muy grande―respondí.
―Me encanta cuando pones esa mirada―señaló Suiseki.
―Y no creo que vayas desencaminada con la intuición que debe de estar recorriendo tu mente―me levanté de las escaleras, sacudí mi falda y me dirigí, con genio, hacia ellas―. Coged ideas, porque esta tarde nos vamos de tiendas. Paga Grey―me señalé a mí misma por si no había quedado claro.


Finalmente iba a poder recurrir al único medicamento que podía transportarme lejos de la ira y del desfase emocional, esa droga que podía mantenerme despierta durante días y  a la vez, cada noche, tras probarla, dejarme dormir como un bebé. Acabaría tan agotada que me olvidaría de las arañas, de Zac y de todo lo que carecía de importancia en esos momentos. Por fin iba a cantar, y no solo eso; espectáculo. Amaba el espectáculo que solía dar, combinando lo grotesco y lo obsceno, llevándolo de la mano de algo de dulzura. Se me erizaba la piel de pensarlo

Nadie olvidará el día de mañana.



Cap. 14 Madnessio

VOZ DE NARRADOR
El estado de ánimo en Amoris Ville seguía siendo el de siempre antes de la hora del recreo. Entusiasmo y nerviosismo por doquier. Estudiantes contando puntillosamente todos y cada unos de los movimientos de la aguja segundera del reloj que cada aula tenía sobre la pizarra. El justo momento en el que el timbre empezaba a chirriar se alzaban las pulsaciones y, como una embestida de fieras salvajes, los alumnos se arrojaban contra las puertas, dejando atrás los últimos quince minutos de lección.

Había una serie de instantes únicos, como el afable rato que se pasaban muchos de ellos frente a las taquillas, guardando libros que realmente no habían leído, farfullando sobre lo último que habían oído sobre sus compañeros de clase y sus vidas tan trágicamente similares a las suyas. Compartiendo los planes de un fin de semana que se sentía más lejano de lo habitual. Susurrando promesas acerca de estudiar que no se solían tomar en serio. Pero nada tan único como lo que realmente iba a pasar, nada tan extraño había ocurrido en todos los años de pacífica historia del instituto.

Unos estruendos  provenientes del exterior del edificio perturbaron la paz de todos aquellos alumnos que, desde ese momento, se consideraban a sí mismos como víctimas de algún acto de terrorismo o un ataque nuclear.  Por si fuera poca la histeria ya provocada, no podían salir a comprobar de qué se trataba ya que las puertas estaban cerradas por el mordaz abrazo de unas cadenas. Por extraño que pareciera, permanecían inquietos en el pasillo principal―el cual comunicaba con otro pasillo que conducía a la cafetería que, teóricamente, estaría cerrada en ese momento―, a la espera de que algo sucediese de un momento a otro.

Los megáfonos del instituto empezaron a toser extraños chirridos, clásicos cuando alguien golpeaba el micrófono de los susodichos.  Tras numerosos silbidos y lo que parecieron múltiples golpes o incluso fallidos intentos de empezar a hablar, se oyó un rugido atronador que raramente podría pertenecer a una voz humana, pero no quedó la menor duda cuando ese rugido intentó pronunciar algunas palabras, delatando al final de cada una que la dueña de aquella voz era de sexo femenino―o un castrati, pero dado que esa práctica ya había desparecido, era más probable que se tratara de una chica―. Los murmullos confusos de los estudiantes no se demoraron más de cinco segundos, y menos conforme los alumnos de segundo también se iban incorporando a la muchedumbre que atoraba un pasillo sin salida en la planta baja.
Era evidente que alguien había entrado al despacho de la directora y ésta probablemente se habría enterado a la par que todos ellos, pero ¿dónde estaría esa mujer? Pregunta que bien podrían contestar las pobres Nana y Hailyn, que se habían encargado de alejar a la anciana de todo el meollo y dejarle el camino libre a la fiera de rugido inhumano.

No quedaba un alma por dirigirse al pasillo donde estaba concentrada toda la multitud, esperando una respuesta, una apertura de puertas, una explosión. Diez minutos después del grito feroz se oyeron unos últimos pasos bajando desde las escaleras del final, a la par que seguían repitiéndose rugidos en menor volumen por los viejos altavoces que fueron cambiando a ligeros cantos líricos desafinados repitiendo una única frase. “Love us, hate us, never indifferent”. Una y otra vez, repitiendo el mismo juego de palabras. Una sola chica se percató de la tropa que terminaba de bajar por aquellas oscuras escaleras, y un sutil comentario de la susodicha bastó para que todos los estudiantes empezaran a girarse como si de una especie de efecto dominó se tratase. Se abrió un camino en mitad del bullicio cuando se percataron de la actitud que traían aquel grupo de féminas dementes, dispuestas quizás a arrollar a cualquiera.
Una vez perdido el eco de la frase que insistentemente se repetía por los altavoces, se volvieron a escuchar golpes y crujidos. Silencio, y de nuevo ruido. De buenas a primeras empezó a oírse una música ruidosa, poco habitual en cualquiera de los locales de la ciudad. Una grabación únicamente de instrumental había tomado las riendas del ambiente entre los allí presentes. Muy pocos fueron los que reconocieron el género a los primeros golpes de percusión, y el resto lo entendieron cuando empezaron unas breves muestras de guitarra eléctrica.

Y sin más, la música perdió el protagonismo.

Negro, violeta, gris, azul, blanco, rojo… agresivo e intenso cada color en la indumentaria de las chicas que llegaron finalmente hasta el pasillo, lideradas por una ya reconocida pelirroja que, aunque no muy lejos de su apariencia habitual, llevaba el cabello ondulado y los labios dibujados en negro. Desiguales eran además sus rostros, que a diferencia del resto de los alumnos―y algunos profesores que venían bajando las escaleras―, que vestían de extrañeza sus miradas, ellas desbordaban soberbia, narcisismo, ceños fruncidos pero incipientes sonrisas descontroladas. No miraban a nadie en particular, como si acaso no tuviera importancia alguna lo que cualquiera de ellos hacía o que transmitía. No había nada más relevante en esa sala que no fueran ellas. Se retiraban el cabello del rostro con la misma fiereza con la que, muy de cuando en cuando, dedicaban miradas a algunos de los estudiantes que, estupefactos, perdían la sensibilidad facial al dejar caer sus mandíbulas por completo.

Empujando para ensanchar el camino abierto entre sus compañeros, cerrando taquillas a golpe de muñeca y emitiendo risas infantiles. De esta guisa, Nicole arrancó de los brazos de Ámber los libros que llevaba en ese momento, abriéndolos y arrancando un puñado de páginas para después tirárselas por encima a la rubia. El resto de fieras le dedicaron múltiples gestos, como sonreírle con sátira, pellizcarle las mejillas o encogerse de hombros dando a entender que era ley de vida que el pez grande se acabara comiendo al pequeño. Las esclavas de Ámber recibieron una partida de gestos similares.
Libros desparramados, apuntes pisoteados, un grupo de pumas por el pasillo y aquella música que seguía quebrando los altavoces. El caos era casi tan palpable en el aire como la curiosidad que despertaba en todos los estudiantes de Amoris Ville.
Si bien Nicole no estaba dispuesta a darle más importancia a ninguna persona ajena a su banda, no pudo evitar intercambiar una única y breve mirada con Zachary, en la que ninguno de los dos pasó de una media sonrisa forzada. Él la miraba con suficiencia y ella le respondía con hastío. Compartieron el desprecio mutuo que se tenían, aunque para cualquiera que hubiera intentado entender aquel único segundo, podría significar una infinidad de cosas muy alejadas de su negra realidad.

Entre todas las individuas protagonistas del caos golpearon fuertemente las puertas de la cafetería, logrando que el pequeño cerrojo superior de la puerta estallara de la roída madera del marco. Era indiscutiblemente un trabajo maestro ya que, sin poder esperárselo nadie, había un improvisado escenario a base de unir todas las amplias mesas de la cafetería con cadenas, formando además una corta pasarela por delante, adoptando así forma de T.
Mientras las chicas se subían al escenario  y la cafetería se llenaba de curiosos y criticones, Nicole empezó a jugar con el cuadro de luces principal del edificio―que como no, se encontraba en esa sala―, provocando un corte general de electricidad en todas las estancias menos en la cafetería, consiguiendo de ese modo que dejaran de oírse los altavoces y el instrumental grabado del despacho de la directora. Quedó una única fila de focos iluminando la oscurecida habitación de persianas bajadas.
Con la ayuda de sus compañeras de banda, Suiseki y Belladona, la pelirroja subió a la plataforma de mesas, y acto seguido Sayuri le acercó un micrófono. La gente permanecía expectante a que aquel extraño rito se iniciara y descubrir qué era lo que pretendían―aparte de alborotar―. La estrafalaria británica pulsó el ON del micrófono.

―Pequeños pueblerinos insulsos, me dispongo desde este momento a cambiar vuestra percepción sobre el ambiente al que estáis acostumbrados en este vecindario ¡Dejaros dominar por algo distinto!  ¡Permitid a Taming the Madness adentrarse en vosotros!―gritó, y añadió un ya reconocido rugido atroz al final de su breve discurso.

Un par de toques de platillos por parte de Korax iniciaron el espectáculo, dando pie al resto de chicas a empezar sus correspondientes partes. Quizás podría parecer que el papel más sencillo era el de cantante, pero tenía sus serias dificultades al igual que sus compañeras; el directo.  La sincronización era importante, pero por algo habían pasado las últimas cinco horas del día anterior haciendo un continuo ensayo. La parte que más temía Nicole probablemente era respetar los tiempos y el juego de movimiento-voz, su naturaleza torpe podría inclinar la balanza para que todo resultara un éxito o acabaran siendo el hazmerreír.

Sus otras compañeras, Rinalia, Alicia, Camelia y Yoru tuvieron que ejercer de bailarinas para acompañar a la parafernalia que había armado Nicole en extrañas e inviables coreografías. Ligeros movimientos, alguna contorsión e imitar curiosos espasmos musculares en numerosas ocasiones.  Algunas de las músicas de la banda se esforzaban tanto en aguantar la risa al contemplar a su vocalista hacer extraños movimientos como en tocar bien sus instrumentos, aunque ellas tampoco dudaban en dar algún golpe de melena o un alegre brinco, vivían intensamente el descontrol de toda aquella situación. En sus vidas jamás habían podido tocar tan de cerca el abismo que separa la vida monótona y cotidiana de lo que se sentía al rozar la fama―aunque no fueran más que estudiantes en ese momento―. La diversión era lo único que les importaba entonces.

Nicole avanzaba a categóricos pasos por aquella pasarela, igual de inestable que el resto del escenario. Como buena polemista, sabía perfectamente cómo moverse para que jamás olvidaran los presentes ni un solo detalle de la función. No se limitaba a dar golpes en el aire a compás con sus compañeras, sino que no perdía ocasión para jugar con su travieso aspecto. A veces se auto fustigaba a base de azotes mientras hablaba en la canción de cómo le gustaba jugar con los chicos, hablando de ellas como una droga de la que no se pueden distar. Se recorría el escenario gateando y dando golpes de melena al aire, dejando su sátira mirada al descubierto para los que estaban más a ras del escenario.
Los estudiantes, lejos de consternarse, se dejaron llevar por la locura de ese día. No estaban en el recreo, no estaban dando clases, no estaban viendo la televisión; sin quererlo, se vieron inmersos en un humilde concierto de metal con unas chicas exageradamente atractivas, cada una a su manera. Contaban con la iluminación apropiada, unos altavoces suplementarios de ensueño para cualquier discoteca de la zona y una vocalista que ya era famosa por ser una especie de justiciera cruel. Con semejantes atributos, resultaba más que creíble todo lo que proclamaban en sus notas musicales.

Uno de los momentos más practicados―y fallidos― estaba a punto de comenzar. Las chicas debían de acelerar el ritmo con sus instrumentos, darle un toque desenfrenado, psicótico y veloz al ambiente. Nicole se levantó, dejando casi toda su melena cubriéndole el rostro, mientras que las bailarinas se quedaron en cuclillas junto a ella formando un prisma a su alrededor. La pelirroja levantó los brazos y ellas se levantaron, agitó los dedos y las cuatro empezaron a sacudir sus melenas de forma violenta. A los cuatro segundos exactos, se detuvieron tanto dedos como cabezas, volvió a subir y bajar las manos, a lo que ellas, como imanes, imitaron el gesto con todo su cuerpo. Repeticiones y zarandeos por doquier, hasta que la música paró de repente, tanto voz como instrumental. Las bailarinas quedaron de rodillas, dándole la espalda a la gente. Había salido a pedir de boca.
La pelirroja se dejó caer, tumbándose bocarriba en el escenario y únicamente con las rodillas alzadas. Levantó el micrófono y en ese instante, la música volvió a sonar pero mucho más suave que al principio.

―I’m your pleasure in your pain―empezó a cantar con un tono de voz menos feroz y más sutil. Se enderezó sobre su otro brazo y con propósito de puntualizar su mirada al vacío, pero tropezó con la mirada fija de un espectador que contemplaba el show serio y sin perder detalle―, I numb your fear just like cocaina, I’m your treasure―una extraña sonrisa se le escapó a la pelirroja, que cortó la conexión que había entre su mirada y la del espectador imperturbable. Cogió aire, tan fuerte que se oyó la respiración por los altavoces y entonces, volvió a rugir con palabras―. SAY MY NAME.

Al acabar el eco producido por el grito estridente de Nicole, las chicas de cuerdas dieron un ras fuerte y rápido para devolverle a la canción la fuerza inicial. Las demás prosiguieron. Milagrosamente, Nicole se limitó a continuar cantando y danzando de manera menos obscena sobre las mesas, percibiéndose incluso atisbos de dulzura en su voz, y finalmente se limitó a repetir un estribillo de una única frase cada diez segundos.

―I’m your favourite drug―cantaba con finales líricos, abandonando el rugido.

Tras los últimos acordes, el silencio se apoderó de la cafetería, que durante cinco minutos dejó de ser lo que era para convertirse en una perfecta sala de conciertos. Las chicas, extasiadas y al borde de la deshidratación, permanecieron expectantes a la reacción final de los estudiantes, que no fue otra que estallar en aplausos, gritos y algunos halagos ligeramente salidos de tono. Cuando bajaron, cada una contaba con su propio grupito de admiradores y admiradoras, los cuales se deshacían en piropos y frases de admiración, recalcando que nunca se habrían esperado eso de ellas, tan correctas y educadas como solían ser en el instituto. Nicole permaneció encima de las mesas, esquivando al posible grupito que se podría formar a su alrededor, pero sin comerlo ni beberlo, una chica saltó encima del escenario y cogió de las manos a Nicole, la cual, se quedó paralizada del impacto.

―Me declaro tu mayor fan Nicki―dijo la chica―. Soy Jane, de 1ºB. ¡Me encantas! ¡Por dios! ¡Quiero hacer lo mismo que has hecho encima del escenario! ¡Ha sido tan sexy! ¡Enséñame a que no me dé vergüenza! ¡Sé mi mentora!
―Esto… ¿Jane, verdad? ―respondió la pelirroja, menos atemorizada―. Desvívete, no pienses en que te están mirando y tan solo siente como si fueran focos los que te recorren de pies a cabeza.
―Focos... Miradas recorriéndome―murmuró. Le empezó a sangrar la nariz y se desmayó. Nicole quiso ayudarla pero unos compañeros de clase de Jane la cogieron para socorrerla.
―¡Faust! ¡Agárrala bien! ―gritó la chica.
―Ya lo hago Jessica―dijo el chico de armonioso contraste de belleza―, ¿cuándo aprenderá a que no debe pensar en cosas así?


Nicole decidió bajar de la plataforma. El nerviosismo había pasado y la gente había empezado a salir al patio―que abrieron los profesores para evitar que se pisaran unos a otros allí dentro―. Se espantó un poco cuando una chica de cabello corto y oscuro se acercó para hablarle.
―Eso ha sido genial―murmuró la chica.
―Gracias―contestó Nicole―. ¿Eres nueva? ―preguntó.
―No, habitualmente no suelo estar a la vista pública de todos, ¡de otro modo, no veo cómo podría indagar decentemente sobre la gente!―señaló a los estudiantes que quedaban alrededor de las demás chicas de la banda. Volvió a mirar a Nicole―. Creía que eras como ellos, pero veo que aún le deparan muchas sorpresas y noticias a este barrio.
―Gracias de nuevo―guiñó un ojo―. ¿Cómo te llamas?
―Peggy, me llamo Peggy―se estrecharon ambas las manos―. Bueno, me marcho, solo he salido de mis sombras habituales para darte la enhorabuena, os seguiré de cerca, Taming the madness.
―Eso espero―rió Nicole.


A la vez que la chica se alejaba, un conocido amigo se acercó a la vocalista psicótica con el semblante serio de siempre. La elegancia de sus movimientos transportaba siempre a quién le contemplara a su pasado lejano, cuando aún quedaban caballeros que dejaban caer sus abrigos para que las damas no pisaran los charcos, algo condenadamente absurdo para la pelirroja.

―Así que mezzosoprano… ya, ya…―murmuró Lysandre.
―Solo jugaba a distorsionar un poco―dijo. Sonrió algo pícara y le propinó un chorlito en el cabello de puntas negruzcas―. Al menos tú me has oído.
―Ojala solo hubiera oído eso―se rascó la nariz, con timidez―. Por culpa de tu danza particular sobre el escenario he tenido que escuchar un montón de obscenidades innecesarias para alguien de mi clase. No es cómodo oír ciertas cosas de esas mentes calenturientas de primero―carraspeó un poco―, y de segundo, claro está. No me ha parecido apropiado organizar todo ese espectáculo en un centro público.
―Perdone usted entonces―refunfuñó, molesta―, pero solo quería que llamáramos la atención enormemente. Esto de hoy ha sido marketing. Había que vender el nombre―frunció la nariz―. No es algo que piense hacer siempre, ¿sabes, Lys? ―el fastidio de sus palabras podría cortar incluso una roca.
―Voy a felicitar a las demás, han hecho un trabajo excelente y necesitan que alguien con experiencia las anime―comentó, marchándose sin despedirse de la pelirroja, aunque a ésta no pareciera importarle demasiado.


VOZ DE NICOLE
El hastío de sus palabras al referirse a mis danzares sobre el escenario me pareció excesivo, aunque no creía que necesitase la aprobación de nadie, y menos a mi edad, por lo que para evitar un inminente impulso de mi afán por dejar las cosas bien claras, me centré en cómo de relajados tenía los músculos de mi cuerpo, cómo la sangre fluía despacio, recorriendo las venas de forma pausada. Desahogar todo el estrés sobre el escenario impedía que pudiera perder los estribos tan fácilmente, lo peor de mí había salido a base de agites y gritos ensordecedores, por lo que no quedaba más que retener o desahogar. Casi podía sentir mi piel de gallina al recordar ese dulce momento en el que deslizaba mis brazos por las mesas y cantaba como los ángeles―al menos, para mí.

―Un día interesante y para recordar―comentó alguien en mi retaguardia.
―Es lo que pretendíamos, Nathaniel―contesté―, dime, ¿te ha parecido excesivo? ―sonreí.
―No, no… bueno―se sonrojó―, quizás un poco.
―Un poquitín―hice un gesto de cantidad con los dedos. Me empezó a mirar fijamente a la altura de la barbilla―. ¿Qué? ―pregunté.
―¿Qué es eso? ―acercó su mano para comprobar algo, y entonces lo recordé. Los hematomas que me produjo Zac. Por lo visto había perdido el pañuelo a lo largo de la función. Siguió mirándome fijamente y me llevé la mano al cuello inconscientemente.
―Tengo que irme―dije nerviosa, y me dirigí apresuradamente hacia la salida y corrí por el pasillo, pero tropecé con alguien.
―¡Eh eh! ¡Más cuidado y mira por dónde andas! ―exclamó Castiel. Repitió la misma mirada extrañada de Nathaniel―. ¿Qué es eso? ―preguntó, pero, a diferencia del rubio, optó por cogerme de la barbilla y apartar mi cabello de un rápido movimiento. Sin delicadeza.


Las marcas debían de estar ligeramente moradas, por lo que resultaban más cantosas que el día anterior. Apartó las manos cuando cayó en cuenta de qué se trataba. A raíz de su mirada pude deducir que seguramente había empezado a sacar conclusiones precipitadas. Nada bueno, tal y como era en realidad.

―No te metas donde no te llaman―le empujé y seguí huyendo por el pasillo.


Adiós, relax, he disfrutado mucho de ti, pero me has hecho bajar la guardia y ahora la voz no tardará en correrse por todo el instituto, y no solo los cotilleos acerca del espectacular concierto, sino de los hematomas que sufría la cantante en el cuello.

Modificado por Nickinicki (El 05/05/2013)

 

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El 21/04/2012 - #12 

 

¡Me encanta, me encanta, me encanta! *w* fantástica sin duda, como te dije ayer. ¡Adoro este fic! *o* esperando ansiosa al tercer capítulo >_< espero que no sea tan tarde como ayer xD! porque no sé si podré quedarme hasta esa hora hoy D;
y aquí va de nuevo... ¡Me encanta!


 

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El 21/04/2012 - #13 

 

Muchas gracias chicas!! ^^U Es mi primer fic (pero no mi primera historia), como ya he dicho, suelo escribir para mí misma, pero no publicamente jijiji.

Intento que sea lo menos largo posible (ya que, cada capítulo de mi novela tiene una media de 15-30 páginas, pero aquí no puedo haceros esa tortura Ò.ó)

Ya tengo el capítulo 2 terminado (esta madrugada lo terminé xD Me salió solo, ¡quería saber qué pasaba!) solo me falta darle el repaso de últma hora, ya sabéis... ¡como pueda, también acaba saliendo el tercero esta noche! D: xD Jajaja

Empiezo a mencionar a gente de la clase, pero poco a poco cada uno empezará a cobrar más protagonismo en el momento adecuado big_smile (no me gusta mucho que todos los personajes cobren atención al mismo tiempo, se monopolizan y no sabes al final quién era quién)

Calculo que en el capítulo 4 o 5 se terminará de conocer a todo el mundo (y a la banda). ^^

Mil gracias de nuevo

.

>> NOVEDADES

El capítulo 2 ha sido publicado finalmente. Empezad a conocer algunos nombres de la trama, ¡y recordad ser unas señoritas, porque en cualquier momento las formas pueden perderos, cómo a Nicole!
Nada es lo que parece, y al igual que digo esto, insisto en que pronto se hará vigente la norma general de este fic: misterio. Pero misterio del siniestro. Mientras, seguid disfrutando de los primeros y desastrosos días de todo estudiante.
>> Y ADEMÁS

Esta noche trabajaré en el capítulo 3, y añado a esto, presentar varios dibujos que publicaré en este tema y clasificarlos según el capítulo al que pertenecen. ¡No tendrán desperdicio! ¿Nadie quiere ver como fue ese momento salto-de-ardilla? wink

¡Ah! Se me olvidaba. En un par de capítulos haré el primer video-teaser-trailer (con dibujos) del Fan-Fiction. Os hará saber a qué os enfrentaréis conforme avance la historia. ¡Estoy trabajando poco a poco en él!


Gracias, y recordad que este fic no sería nada sin vosotras, personajes y lectoras que hacéis esto posible

Zuh dijo:

¡Me encanta, me encanta, me encanta! *w* fantástica sin duda, como te dije ayer. ¡Adoro este fic! *o* esperando ansiosa al tercer capítulo >_< espero que no sea tan tarde como ayer xD! porque no sé si podré quedarme hasta esa hora hoy D;
y aquí va de nuevo... ¡Me encanta!

No creo que tarde mucho D: ¡Visualizaré el capítulo mientras oigo música en el bus, camino a casa de mi padre (de visita)! Traeré la trama pensadita ^^ A ver que tal.

PD: ¿Os parecen demasiado largos? :S


 

Parlanchina Mensajes: 1449
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El 21/04/2012 - #14 

 

A mi no me parecen largos en absoluto, además cuando se trata de una historia entretenida todo se hace corto y entretenido big_smile


 

ModeraDoces Mensajes: 3167
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El 21/04/2012 - #15 

 

Valoro vuestras opiniones, a final de cuentas, escribo para vosotras xD (y para mí que cada vez que me siento a escribir, soy tan inconciente de todo como vosotras) XD

Es que, repito, en mi novela (la real), los capítulos tienen una media de 15-30 páginas, pero no puedo hacer esa salvajada aquí D: jajaja y es difícil resumir al máximo para que no agobie. Pero me alegra saberlo, mucho mucho. Al menos, me aseguro que "algo" pase en cada uno. ^^

Jo, que ilusionada estoy >.< Me entregaré al máximo ¡lo juro! (si voy a hacer hasta trailer O.o)


 

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El 21/04/2012 - #16 

 

¡WOW! Está realmente genial. Me agrada mucho cómo escribes y el cómo llevas los acontecimientos. Me parece una forma realmente interesante y te felicito, de veras. Ojalá subas el próximo capítulo pronto, que se está poniendo todo muy interesante. (:


 

Parlanchina Mensajes: 1109
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El 21/04/2012 - #17 

 

Jajaja No me parecen largos!
Están geniales.

Nos agradeces a nosotras, pero eres tu la que lo escribe y pone todo su cariño en el!!
Nosotras disfrutamos leyendo y vaya que si.
Me he reído mucho con el salto de ardilla y me va a encantar ver los dibujos.
Estoy deseando ver el siguiente! wink
(Y aparecer! jaja)


 

ModeraDoces Mensajes: 3167
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El 21/04/2012 - #18 

 

>3< Os voy a meter en mi ensalada aliñadas y os voy a comer esta noche.

^^ MIL GRACIAS jopé! Ahora mismo Nicki es muy antisocial como habréis visto D: Habla mal de todo el mundo... pero le toca cosas peores que pasar aún. Y entonces, empezará la locura en el instituto, y entre esas, hará unas audiciones "anónimas" para formar una banda. Impulsará el movimiento rock a través de los pasillos de ese instituto de snobs, y las que amaban en silencio esa cultura musical, emergerán también smile

>.< Ahí esta lo normal big_smile

...Lo paranormal aún no toca mencionarlo Ò.ó JM JM JM!

^^ El dibu de salto de ardilla será a base de chibis/superdeformers que tengo ya en mente desde que me fui a dormir anoche >.< Jijiji (y alguno más si puedo Dsmile


 

Habladora Mensajes: 521
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El 21/04/2012 - #19 

 

Me encantaaaaaaaaa! XD Y la idea de ser prima de Lamiroir *¬* ahora me gusta mucho más!!!! XD Sigue pronto con el siguiente o me va a dar algo! Jajajajaj


 

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El 21/04/2012 - #20 

 

Aeren2000 dijo:

Me encantaaaaaaaaa! XD Y la idea de ser prima de Lamiroir *¬* ahora me gusta mucho más!!!! XD Sigue pronto con el siguiente o me va a dar algo! Jajajajaj

En fin, sois rubias y tiernas D: No sé, más idénticas no podíais ser, y mejor que juguemos a que sois parientes a que no lo sois porque quedaría como un papel "repetitivo" el de chica serena y dulce, pero si sois familia, es inevitable big_smile

^^ Enseguida me pongo manos a la obra con el tercero, a ver qué sale >.<

*musiquita* Liroriroriroriro Riiiii.... *


 

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El 21/04/2012 - #21 

 

*//////////////* ME. ENCANTA. ¡Escribes con una maravillosa maravilla tan... maravillosa! (?) XDDDD No sé si eso tiene sentido, pero espero que me hayas entendido XD Dios, es que escribes MUY bien, se me hace muy ameno de leer >w<
¡Los calcetines! XDDDD ¡Menudo lío con los calcetines!
>w< Esperara (im)pacientemente el siguiente capítulo *w*


 

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El 21/04/2012 - #22 

 

Me encantaaaaaa!  Conque calcetines eh?? jajajajaj  xDDDD


 

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El 21/04/2012 - #23 

 

Fue lo primero que se me ocurrió cargarme xDDDDDDD ^^ MIIIIILES DE GRACIAS.

He terminado el capítulo 3, le doy un repaso buscando erratas (típicas de mis agitados dedos de escritora lunática) y lo publico ^^ ¡Y empezaré a dibujar!

Y a maquinar el 4, que mañana, estará terminado seguramente.


 

Habladora Mensajes: 583
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El 21/04/2012 - #24 

 

Ayer vi que empezabas a publicar pero me he tenido que aguantar hasta ahora (¡y ha sido duro!) para poder devorarlo.
¡Fan-tás-ti-co!
Lo adoro desde ya mismo, al igual que tu habilidad para ir situando a los personajes. Cuando dijiste "se lo que hago" en el casting lo decías bien en serio.
Que sepas que me están entrando ganas de dibujaros hasta a mi XDD.
Va a ser grande, muy grande. ¡Felicidades!

P.D- Métele caña a Pelo-Rojo, que en el fondo le gusta.


Modificado por Abernathy (El 21/04/2012)